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LA VOZ DE LOS SIN VOZ- LUCRECIA SEPÚLVEDA
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SARMIENTO

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«Si [Descartes] acabó por creerse capaz de explicarlo todo, al menos empezó por dudar de todo; y las armas mismas de que nos valemos para combatirle, no le pertenecen menos por el hecho de que las dirijamos contra él…»  – D’Alembert

Político, escritor, docente, periodista, militar… toda esta intensa y variada actividad no pudo evitar que a un hombre tan multifacético se lo haya simplificado en el recuerdo como al “Padre del aula”, en el más benévolo de los casos; o como al autor de aquella tristemente célebre carta a Mitre donde le aconseja “no economizar sangre de gaucho”; o por su rechazo a la herencia hispana e indígena y su aversión a los caudillos; o por haber planteado la dicotomía de “Civilización y Barbarie”, verdadera grieta.

Todas esas cosas, que en efecto fue Sarmiento, por sí solas nos pintan a un típico antihéroe del panteón revisionista, a un fiel representante de la oligarquía porteña, cuando en rigor de verdad se trata de uno de los personajes más inclasificables, contradictorios, polémicos y políticamente incorrectos de nuestra historia.

Inclasificable. Ilustrado, pero del Interior, y con escasa trayectoria escolar, pues fue un autodidacta. Perteneciente a la “gente decente” de San Juan, pero no a la oligarquía terrateniente, y proveniente de una familia con muchísimos menos recursos y alcurnia que la mayoría de los caudillos federales.

Contradictorio. Despreciaba profundamente a los gauchos a los que llamaba “el soberano” y que se empecinaba en educar y en convertir en pequeños propietarios.

Polémico. Con Sarmiento volvemos al tiempo donde las auténticas polémicas (con Alberdi, por ejemplo) se dirimían esgrimiendo ideas y proyectos concisos plasmados en obras que ya el tiempo ha consagrado como clásicas y que como tal nos siguen enriqueciendo.

Más allá de su indudable aporte al país en materia de educación que el consenso le reconoce, Sarmiento es un hombre –no sólo ahora, sino siempre– políticamente incorrecto, y por cierto despreocupado de su incorrección.

Esto lo llevó a enfrentarse a la oligarquía, representada, al igual que ahora, en la recientemente creada Sociedad Rural Argentina (1866, dos años antes que asumiera la presidencia). Crítico de la forma en que la Argentina se venía insertando en el mercado internacional a través del agro, le reclamaba abiertamente a la Sociedad Rural que “el ganado y sus productos como industria exclusiva y única del país, tiene el inconveniente de que su precio no lo regulamos nosotros, por falta de consumidores sobre el terreno, sino que nos lo imponen los mercados extranjeros, según su demanda”.

Durante su gestión intentó promover colonias de pequeños agricultores en Chivilcoy y Mercedes, siguiendo el modelo referencial del farmer norteamericano, para la consecución de la necesaria doble condición del soberano: propietario y ciudadano, con gran resultado pero contra todos los designios de los latifundistas, que en persona de Eduardo Olivera, presidente de la Sociedad Rural, le comunicaron a Sarmiento que era “inconveniente implantar colonias como la de Chivilcoy donde ya estaba arraigada la industria ganadera”. La respuesta del sanjuanino fue categórica: “Nuestros hacendados no entienden jota del asunto, y prefieren hacerse un palacio en la Avenida Alvear que meterse en negocios que los llenarían de aflicciones. Quieren que el gobierno, quieren que nosotros que no tenemos una vaca, contribuyamos a duplicarles o triplicarles su fortuna a los Anchorena, a los Unzué, a los Pereyra, a los Luros, a los Duggans, a los Cano y los Leloir y a todos los millonarios que pasan su vida mirando cómo paren las vacas. En este estado está la cuestión, y como las cámaras [del Congreso] están también formadas por ganaderos, veremos mañana la canción de siempre, el payar de la guitarra a la sombra del ombú de la Pampa y a la puerta del rancho de paja”. A pesar del fracaso final de sus proyectados “cien Chivilcoyes” para sus seis años de presidencia, Sarmiento mantuvo una permanente crítica al régimen de tenencia monopólica de la tierra, vista como una distorsión fiscal y económica, pero fundamentalmente un problema político.

También, en la cuestión de los ferrocarriles, chocó Sarmiento contra los intereses coaligados de la oligarquía y Gran Bretaña cuando proyectó la extensión de las líneas férreas según el modelo, también referencial, de Norteamérica. Éste, en forma de telaraña, buscaba conectar las distintas regiones para impulsar el comercio y el mercado nacionales. En cambio, terminó construyéndose en forma de abanico, es decir, convergiendo hacia el puerto, según la prioridad de los intereses agroexportadores.

Fue así que muchos de los proyectos de Sarmiento carecieron de un sólido apoyo político, a la vez que tuvo que soportar tanto la oposición implacable de la prensa (del diario La Nación –sí, el mismo) como del Congreso. Siendo senador en 1856, durante la discusión por el presupuesto destinado al tendido de líneas férreas, los legisladores consideraron excesiva la suma de 800 mil pesos fuertes, a lo que Sarmiento respondió que “no he de morirme sin ver empleados en ferrocarriles de este país, ¡no digo 800 mil pesos sino 800 millones de pesos!”. El Senado entero estalló en risas; Sarmiento, seguro de sí mismo, pidió que aquellas risas constaran en las actas, “porque necesito que las generaciones venideras sepan que para ayudar al progreso de mi país, he debido adquirir inquebrantable confianza en su porvenir. Necesito que consten esas risas, para que se sepa con qué clase de necios he tenido que lidiar”.

Y el desprecio era mutuo. Otro legislador, estanciero, lo acusó de ser pobre y que si se lo ponía patas para arriba no se le caería un solo peso. Otra vez la respuesta del verborrágico sanjuanino fue lapidaria: “Puede ser, pero a usted, lo pongan como lo pongan, nunca se le caerá una idea inteligente. […] Yo estoy hace tiempo reñido con las oligarquías, las aristocracias, la gente decente, a cuyo número y corporación tengo el honor de pertenecer, salvo que no tengo estancias”. Efectivamente, Sarmiento no soportaba al hacendado pampeano, cuya “respetabilidad la debe a la procreación espontánea de los toros alzados de su estancia”.

Sarmiento, también, es Argirópolis. Ese es el título de una de sus obras (1850) que recoge la propuesta de una ciudad imaginaria (que se ubicaría en la isla Martín García) como capital de los Estados Unidos del Río de la Plata (Argentina, Uruguay y Paraguay), logrando así una integración regional a una escala que cambiaría favorablemente su posición en el mercado internacional.

Tal vez más visionario pero llevado a la práctica resultó ser la rareza de que durante la gobernación de Sarmiento en la provincia de San Juan (1862–1864) se otorgó por vez primera en nuestra historia el voto calificado a nivel municipal para las mujeres, antecedente que precede en 57 años a lo establecido para los comicios comunales en la constitución santafesina de 1921, y en 83 años al voto femenino promulgado por el peronismo en 1947.

Hoy, en tiempos en que el término “polémico” se utiliza para promocionar frivolidades, simulacros de debate y diálogos sordos que refuerzan posverdades, mientras se considera “adoctrinamiento” al tratamiento desde las aulas de temas trascendentales de actualidad política como el caso Maldonado; donde en pos de la “eficiencia y la racionalidad” se amenaza con cierres de ramales ferroviarios; donde la oligarquía representada en la Sociedad Rural halaga al gobierno nacional porque “la quita de retenciones generó confianza” (Etchevehere, presidente de la Sociedad Rural, julio 2017); donde los medios (entre ellos, el mismo diario mitrista) otorgan un blindaje para crear consenso ante el ajuste y derechizar la agenda; donde se abandonan proyectos de integración regional; dada la situación, sería al menos imprudente condenar de plano a Sarmiento, o, aún peor, rescatarlo sólo como “Padre del aula”. Que no se lo pueda hacer entrar, ni a la fuerza, en la línea “nacional y popular” de San Martín–Rosas–Perón, no impide que podamos recurrir a una luminaria del siglo XIX como lo fue el sanjuanino, para combatir, con los trazos dejados por una pluma privilegiada, a quienes esencialmente siguen siendo los mismos enemigos del desarrollo de la Nación, a quienes siguen representando a los mismos grupos de poderes fácticos.

Juan Manuel Reche – Profesor de Historia