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Chacho Peñaloza
noviembre 12, 2017

REELECCIÓN DE PERÓN 1951

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Analizar las elecciones presidenciales de 1951, los números que arrojaron, sus características distintivas y novedades, es en buena parte ir verificando los cambios producidos en el ejercicio de la ciudadanía por la irrupción del peronismo. La cantidad de electores, el número de votos obtenidos por la fuerza mayoritaria, el voto femenino, la evolución del porcentaje de participación, la posibilidad de la reelección, el sufragio directo e incluso una curiosa e inédita elección para vicepresidente (cuya candidatura, por aclamación popular, hubiera pertenecido a Eva), son todos datos que inauguran esta segunda presidencia y que reflejan la obra de la primera.

El 11 de noviembre de 1951, el presidente Juan Domingo Perón, acompañado de su vice, Juan Hortensio Quijano, resultó reelecto con el mayor porcentaje de sufragios de la historia argentina: 62.49% de los votos.

El espaldarazo electoral venía a ratificar el apoyo efectivo de las masas de trabajadores, a los que ahora se sumaban las trabajadoras, ya que en los comicios de 1951 las mujeres pudieron ejercer su derecho al voto, recientemente adquirido en 1947.

Por otra parte, se trató de la primera reelección presidencial, habilitada por la Constitución del ’49. El artículo habilitante, inserto en todo un corpus de constitucionalismo social que por primera vez en nuestro país consagraba los derechos sociales, luego sirvió a los golpistas para derrumbar todo el edificio jurídico del Estado de Bienestar, con la excusa de que la CN del ’49 tuvo como único fin la reelección indefinida de Perón (http://www.cepid.com.ar/aramburu-anula-la-constitucion-del-49/).

También en las elecciones de 1951 se aplicó una novedad democrática establecida en el art. 82 de la CN del ’49: el sufragio directo o elección directa. Hasta la fecha, incluidas las elecciones del ’46 que ganó Perón, el voto popular no elegía sino tan sólo a miembros de un colegio electoral que a su vez seleccionaba al candidato ganador, sistema dieciochesco verdaderamente distorsivo de la voluntad popular que aún hoy tutela la democracia en países como los EE.UU., donde permite que el candidato electo no sea necesariamente el que más votos haya obtenido (el caso más reciente es el de Donald Trump, en 2016, al que deben sumarse cuatro más: John Quincy Adams, 1824;  Rutherford B. Hayes, 1876; Benjamin Harrison, 1888; y George W. Bush, 2000).

En otro orden de cosas, el peronismo activó poderosamente el ejercicio de la ciudadanía, y el fervor popular que se expresaba en la movilización de masas también se reflejó en un mayor compromiso de participación electoral. Lo dicho puede apreciarse claramente cuando comparamos la demografía electoral de diferentes períodos, es decir, la relación Hab. inscriptos / Votantes, que da como resultado el porcentaje de participación en los comicios. Ya en las elecciones de 1946 (83.30%) se había dado un aumento considerable con respecto a las anteriores (fraudulentas) de 1937 (76.16%), proporción que volvió a ampliarse en 1951 (87.95%). Estamos hablando de casi un 12% más de votantes movilizados durante el peronismo, un aumento que hoy equivaldría a unos 3.850.000 ciudadanos argentinos más que concurran a las urnas. En las elecciones presidenciales de 1958 (que consagran a Frondizi) el porcentaje de participación ciudadana sigue subiendo, pero vuelve a caer en 1963 (Illia), lo cual se debe a que en 1958 Perón desde el exilio ordenó votar al candidato radical que prometía levantar la proscripción, mientras que en 1963 el pueblo peronista se decidió por el voto en blanco, cuyo porcentaje se ubicó en segundo lugar y a poco más de 5 puntos de la fórmula finalmente electa.

La vicepresidencia también es un elemento de análisis clave que hay que tener en cuenta, ineludiblemente, para comprender las elecciones de 1951 e incluso para predeterminar algunas características distintivas que tuvo la segunda presidencia con respecto a la primera.

En democracias presidencialistas como la argentina y con un poder ejecutivo de carácter unipersonal, la figura del vice, con igual legitimidad de origen, no es menor. Sarmiento, al referirse a su vice Adolfo Alsina, dijo que su única función sería “tocar la campanilla en el Senado”; es que el art. 57 de la CN le confiere presidir el Senado, donde no tendrá voto sino en el caso que haya empate en la votación, y así todos recordamos el protagonismo de Julio Cobos en uso de dicho artículo, por nombrar un caso reciente, aunque también cabría citar otras fórmulas conflictivas como la de Frondizi–Alejandro Gómez o De la Rúa–Carlos “Chacho” Álvarez. A pesar del rol potencial de la vicepresidencia (en el caso de acefalía del primer mandatario), ningún vicepresidente argentino logró ser electo después presidente, aunque 7 de los 22 vicepresidentes electos hasta la fecha llegaron a la presidencia por “accidente”. La proporción (1 cada 3) no es para nada insignificante.

Fue por esto y demás razones que la vicepresidencia fue la candidatura más disputada en 1951, ya que la presidencial pertenecía incuestionablemente a Perón.

La carrera a la vicepresidencia tuvo su pico de tensión en ocasión del Cabildo Abierto Justicialista del 22 de agosto de 1951. Convocado por la CGT desde principios de mes, el acto se realizó sobre la Avenida 9 de Julio donde un palco se levantó frente a dos millones de personas. Colgaba del balcón un cartel que decía “Juan Domingo Perón-Eva Perón – 1952-1958, la fórmula de la patria”, impulsada desde la CGT y el Partido Peronista Femenino para hacer frente al binomio Ricardo Balbín–Arturo Frondizi (UCR).

José Espejo, secretario general de la CGT, tomó el micrófono y proclamó la candidatura vicepresidencial de Eva, ante el delirio de la multitud. Luego fue el turno de Evita. Se entabló un diálogo, sorprendentemente fluido, entre la oradora y el pueblo peronista reunido frente al actual edificio de Desarrollo Social, en entonces Ministerio de Obras Públicas. La multitud presionaba a Eva para que aceptara, que sólo atinó a pedir algunas horas para meditar la propuesta, pero la decisión ya estaba tomada: “Compañeros –dijo ante su pueblo expectante, para la historia de las citas célebres y los grandes renunciamientos–. No renuncio a mi puesto de lucha, renuncio a los honores”. La respuesta concluyente no llegaría sino nueve días más tarde. Por cadena nacional de radiodifusión, Evita anunció su “decisión irrevocable y definitiva de renunciar al honor con que los trabajadores y el pueblo de mi patria quisieron honrarme”.

¿Por qué su candidatura no fue apoyada por Perón? ¿Debido a que conocía el delicado estado de salud de Eva? ¿Debido a las presiones de sus camaradas militares sumadas a las de la jerarquía eclesiástica? Parecen ser estas últimas razones las que frustraron aquel Cabildo que podría haber sido el 17 de octubre de Eva (http://www.cepid.com.ar/17-octubre-1945/).

Hubo que esperar 22 años para ver finalmente en el cuarto oscuro a la fórmula “Perón–Perón”, pero esta vez el General puso a Isabel (es decir, a López Rega), no a alguien que representara a la CGT en la Rosada, y, más grave aún, a sabiendas de que ahora, en 1973, el que estaba en un delicado estado de salud, era él.

Como fuere, la frustrada candidatura vicepresidencial fue a parar, nuevamente y por decisión de Perón, al vice de su primera presidencia, el Dr. Juan Hortensio Quijano. Pero la salud de este radical correntino de Junta Renovadora estaba peor que la de Eva. Murió antes que ella, el 3 de abril de 1952, y antes de asumir, por lo que se decidió convocar a una inédita elección para la vicepresidencia, aunque recién en 1954. En aquellos comicios se impuso por el 63.85% de los votos el candidato oficialista Contralmirante Alberto Teisaire sobre el radical Crisólogo Larralde (32.20%).

A pesar de las dificultades económicas que se venían advirtiendo desde 1952, el peronismo parecía más fuerte que nunca, arrasaba en las urnas y su presencia en el Congreso de la Nación era abrumadora: la totalidad de los miembros del Senado eran peronistas, mientras que la Cámara Baja sólo contaba con 12 diputados de la oposición (UCR), sobre un total de 173. Es que, como apunta la politóloga y doctora en Historia Sabrina Ajmechet, “las elecciones que le sucedieron [a la de 1946] tenían el nombre del ganador de antemano, fueron momentos que respondieron más a plebiscitar al gobierno que a elegir autoridades”. Así Perón, cuando los guarismos comenzaron a indicar la victoria, pudo afirmar satisfecho: “Me hallo por primera vez con la comunidad argentina organizada”.

Pero el apoyo popular electoral nunca fue suficiente para sostener gobiernos. En la cumbre del poder y ampliamente plebiscitado, como Rosas al final de su mandato, el final estaba cerca. A fines de ese mismo año, 1954, comenzó el conflicto entre el gobierno peronista y la Iglesia Católica (http://www.cepid.com.ar/golpe-del-55/); al año siguiente se produjo el bombardeo en Plaza de Mayo y el 16 de septiembre comenzó la asonada en Córdoba que el bando golpista cívico-militar al mando del general Eduardo Lonardi terminó derrocando al Presidente constitucional con mayor caudal de votos de nuestra historia.

Juan Manuel Reche – Profesor de Historia