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POZO DE VARGAS: FELIPE VARELA

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A Felipe Varela hay que ubicarlo entre los caudillos federales tardíos que, tras la suerte sellada en Pavón con la derrota de la Confederación frente a Buenos Aires en 1861, resistieron a la “política de unificación” mitrista y “pacificadora” que en nombre de la “organización nacional”, el “progreso”, la “civilización”, etc., se abalanzó sobre el interior para dominarlo e imponer el modelo porteño a partir de 1862. La batalla de Pozo de Vargas, del 10 de abril de 1867, fue el último estertor del federalismo en la llamada Revolución de los Colorados.

 

Este modelo político, económico y social, que buscaba, respectivamente, la unidad con hegemonía porteña, la dependencia librecambista y la erradicación de la “barbarie” (que sólo pudo aplicarse mediante una violenta represión sistemática), tuvo a sus tenaces opositores en los pueblos del interior que lucharon por conservar sus autonomías, así como en pueblos vecinos, como los blancos federales en la Banda Oriental y, especialmente, el Paraguay de Solano López.

Son estos pueblos de las provincias que van a proporcionar los hombres para esa gesta popular de “gauchos en montón”, las llamadas “montoneras”, lideradas por los lugartenientes de viejos caudillos federales, tales como Ángel Vicente “el Chacho” Peñaloza en La Rioja (http://www.cepid.com.ar/chacho-penaloza/), Juan y José Felipe Saá en San Luis, Ricardo López Jordán en Entre Ríos y Felipe Varela en Catamarca.

«Nacido en Guaycama, Catamarca, [en 1821, Felipe] fue criado en Guadancol, La Rioja. […] Creció a la vera de un caudillejo amigo de su padre, Pedro Castillo, con cuya hija se casó y tuvo varios hijos» (1). Al igual que el Chacho Peñaloza, se levantó contra Rosas en defensa de los intereses de las provincias, postergados indefinidamente por el gobernador de Buenos Aires, pero fue derrotado y debió exiliarse en Chile. Allí «conoció y compartió en conversaciones con políticos e intelectuales –quizás entre ellos Juan Bautista Alberdi– el americanismo de las incipientes naciones independizadas que sostenían el ideal bolivariano de una necesaria unión panamericana para enfrentar las ambiciones de las potencias europeas, en especial Gran Bretaña» (2).

Tras la caída de Rosas en 1852, Varela retornó para integrar primero el Ejército de la Confederación al mando de Urquiza y, luego de la derrota de Pavón en 1861, se dirigió a La Rioja para ponerse a las órdenes del Chacho. De nuevo en Chile tras el asesinato de Peñaloza en 1863, Varela escribe a Urquiza exhortándolo a asumir como líder federal al frente de una rebelión antiporteñista. Pese a que Urquiza no responde positivamente al llamado desesperado de las provincias desamparadas, Varela insiste al entrerriano, sencillamente porque «Urquiza era rico, la provincia bajo su mando era la más próspera después de Buenos Aires, y una guerra no requiere sólo coraje, que sobraba, sino también recursos económicos» (3).

Pero en 1865, un nuevo atropello del gobierno centralista lo decide a Varela a organizar la lucha, prácticamente solo: era, no sólo por su aspecto físico, el “Quijote de los Andes”, y este atropello, sumado al que venía vejando a las provincias, fue la declaración de guerra contra el Paraguay (http://www.cepid.com.ar/guerra-del-paraguay/), uno de los opositores, decíamos, al modelo mitrista.

El Paraguay, por su política económica nacionalista y proteccionista y su desarrollo productivo industrial e independiente con respecto a sus poderosos vecinos (Argentina y Brasil) y potencias europeas (Gran Bretaña y Francia), representaba un caso singularísimo en medio de «estados vectores de penetración de capital» (4). “La China de América”, como llamaba Sarmiento al país guaraní.

«La política desarrollada por José Gaspar Rodríguez de Francia, Carlos Antonio López y Francisco Solano López había convertido al Paraguay de 1860 en el país más desarrollado de Centro y Sudamérica. El nacionalismo defensivo del primero y la vocación progresista de sus sucesores había generado un fuerte crecimiento económico y una intensa modernización, en una sociedad donde no existían marcadas diferencias sociales. Por esas curiosidades que tiene la historia, el proyecto frustrado de Moreno, con ese Plan de Operaciones que tenía al Estado como centro del crecimiento y el proyecto semejante desarrollado en Cuyo por San Martín con expropiaciones, emprendimientos estatales y trabajo voluntario, alcanza a experimentarse con mayor intensidad en Paraguay. El Estado –sostiene Enrique Rivera– tenía toda la gerencia de la vida económica nacional» (5).

Se trataba, pues, de un país altamente desarrollado, con industria metalúrgica, marina mercante, ferrocarril, telégrafo, imprentas y una educación marcadamente superior al nivel del resto de Latinoamérica. Contaba, además y en especial, con una importante producción algodonera, organizada en una economía “cerrada” y “autocentrada” a la cual Gran Bretaña, el taller manufacturero del mundo ávido de materias primas baratas, no podía acceder.

Este milagro paraguayo, además, «provocaba la admiración, especialmente, de los vecinos, esas provincias del norte argentino» (6) perjudicadas por el librecambio porteño que arruinaba a las economías regionales.

Felipe Varela, desde sus llanos en La Rioja, es plenamente consciente de que la Guerra de la Triple Alianza (Arg-Br-Uru) era una “guerra premeditada, guerra estudiada, guerra ambiciosa de dominio, contraria a los santos principios de la Unión Americana cuya base fundamental es la conservación incólume de la soberanía de cada república”.

Es que el tratado secreto de alianza establecía, entre otras cosas, que los objetivos de guerra eran quitarle a Paraguay la soberanía de sus ríos, repartir parte del territorio entre la Argentina y Brasil y derrocar la “tiranía” de López.

Alberdi, por otro lado, en su lucidez se percataba, además de las causas expansivas de Brasil y colonialistas de Gran Bretaña, de otra dimensión de la guerra, de su carácter interno: su fin, sostenía, «es interior […] no es el Paraguay, es la República Argentina […] es la vieja guerra civil… entre Buenos Aires y las provincias…» (7).

En efecto, «para la oligarquía mitrista, la desaparición de ese modelo [el paraguayo] que le resulta perjudicial es meramente la continuación de las represiones realizadas en el interior a partir de 1862» (8).

Y es así que finalmente, en 1866, se levantan las montoneras de las provincias de San Juan, La Rioja, Catamarca, Mendoza, San Luis y Córdoba. Ante todos ellos, el 10 de diciembre, Varela lanza una célebre Proclama instando al fin de la guerra contra el pueblo paraguayo para volcarla contra el gobierno nacional.

«Puede conjeturarse el plan de la guerra de las montoneras: Varela debe apoderarse de las provincias del oeste; Saá correrse por San Luis y Córdoba hasta el litoral, López Jordán levantar Entre Ríos y apoyarse en los federales de Santa Fe y Corrientes, Timoteo Aparicio invadir el Uruguay con los blancos orientales, Urquiza sería el jefe si aceptaba serlo; de cualquier manera la guerra se haría con Urquiza, sin Urquiza o contra Urquiza» (9).

Pero el entrerriano, traicionando nuevamente la causa federal, esta vez por el negocio de la guerra, permanece en silencio y así Varela se convierte en el jefe de las montoneras, acompañado por sus lugartenientes Sebastián Elizondo y Santos Guayama, así como de los caudillos puntanos Saá.

Ante esta grave amenaza, el vicepresidente Marcos Paz le pide ayuda a Mitre, que se encontraba al frente del ejército aliado en Paraguay. Tal era la alarma que el presidente decide volver al año siguiente en 1867 junto con los coroneles Paunero, Taboada, Arredondo y Navarro.

Dos fueron las batallas decisivas que sellaron la suerte de los “gauchos en montón”: San Ignacio (1° abril 1867), donde la montonera de los Saá fue derrotada y sus prisioneros pasados por las armas; y Pozo de Vargas (10 abril), con la derrota de Varela frente a los nacionales de Taboada.

La letra (no la versión mitrista que hoy se canta) de la “Zamba de Vargas” da cuenta de la razón militar de la derrota: “¡Lanzas contra fusiles! / Pobre Varela”. Poco podía hacer contra el mejor y último armamento de la industria británica junto con la experiencia y el profesionalismo del Ejército de línea y la Guardia Nacional de Mitre. “Otra cosa sería / armas iguales”.

Urquiza ahora sale del silencio para condenar las montoneras como “bandidos que usan mi nombre para encubrir sus tropelías”. Pagaría sus reiteradas y oportunas defecciones pocos años después en 1870 a manos de uno de aquellos “bandidos”, López Jordán.

No tuvo Varela el final, sin embargo, de quien para muchos fuera la reencarnación: el Chacho, asesinado, decapitado y puesta su cabeza en una pica en la plaza de Olta. El caudillo catamarqueño logró ponerse a salvo en Bolivia, donde recibió el asilo del presidente Mariano Melgarejo. Anciano ya y tuberculoso, el Quijote de los Andes terminó sus días el 4 de junio de 1870 en Ñantoco, Chile.

En 2012, al cumplirse el 142 aniversario de su fallecimiento, la entonces Presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner oficializó en Catamarca el ascenso post mórtem del coronel Felipe Varela, que pasó a revestir el grado de general de la Nación.

Cabe señalar un punto de coincidencia historiográfica, no poco frecuente cuando de analizar los grandes movimientos populares se trata, entre la Historia Oficial mitrista, la moderna Historia Social y la izquierda ortodoxa y no tanto (Puigrrós, con la notable excepción de Milciades Peña): para éstas, personajes como Varela (y Solano López, desde ya) no son sino rémoras de feudalismo autóctono que atrasan el devenir histórico, tan necesario como inevitable es su destrucción frente a la modernización que, gracias a Mitre, agente de la evolución histórica y el desarrollo de las fuerzas productivas, lleven a una fase superadora que ya todos sabemos adónde conducirá inexorablemente.

«Los caudillos más importantes fueron denigrados por la historia de Mitre y en algunos casos, se recurrió simplemente a silenciarlos. Hasta en el folklore, Felipe Varela quedó como el caudillo sanguinario que ‘matando viene y se va’» (10). Se trata de otra zamba difamatoria, que, más de 100 años después, el profesor chileciteño Julián Amatte desmintió:

 

Juan Manuel Reche Donadio – Profesor de Historia

 

 

YO, FELIPE VARELA, ¡PRONUNCIO!

 

Desde el Salado y rumbo a La Rioja, en la mañana del 9 de abril de 1867, Felipe Varela a Taboada estas líneas escribe: “El día de mañana, paso con mi ejército a tomar esa plaza en defensa de la Constitución de mi Patria, la República Argentina, pisoteada por el poder tirano que la oprime. Si a pesar de la advertencia usted insiste, lo haré responsable ante Dios y ante la Patria de las consecuencias del combate”. ¡Esta es la comunicación que yo, Felipe Varela, envié a Taboada antes del combate del “Pozo de Vargas”! Y aquí estoy para desmentir esa zamba, y todas las otras zambas que humillan la hidalguía y la machura de mi Rioja. ¡Aquí estoy! con las espadas de Facundo y El Chacho para protestar contra la historiografía mentirosa y novelera que desde Buenos Aires estropea la verdad de mi Rioja… de esta Rioja que alzó sus llanos en defensa de la unidad de la Nación…

 

Felipe Varela viene

por los campos del Tacuil

el valle lo espera y tiene

un corazón y un fusil

 

¡Si! Vamos por los campos del Tacuil, al frente de mis “llanistos” en esta “montonera” que sólo deja en mis pueblos ranchos vacíos y mujeres que rezan. ¡Ni fusil ni cuchillo han quedado en mi tierra! Todos van a Salta en esta montonera que es un montón de sangre ilusionada… Nosotros llevamos un corazón y un fusil para defender la soberanía amenazada por “doctores” y “escribas”; y peleamos para impedir la entrega de todos los patrimonios. Ya se levantan Jáchal y Chilecito adormecidos por el criminal escarmiento de la cabeza del Chacho Peñaloza en la pica de la plaza de Olta… Vienen conmigo “laguneros” sanjuaninos y “llanistos” riojanos… A mi lado, con las rojas banderolas de sus lanzas, mis dos lugartenientes: Elizondo y Guayama. ¡Y vamos a Salta! Nos baila en el alma un repique piriquinero del metal que cuidamos, de ese metal del Famatina que no quiere ser “gringo” en esta dura aventura de la mina…

 

Se acerca la montonera

que a Salta quiere tomar

no sabe que en los senderos

valientes sólo ha de hallar

 

¡Si! Ya llegamos… Pero no somos los “bárbaros” que dicen los libros. No somos los enemigos de ninguna cultura. No somos los gauchos de ninguna leyenda negra. Sólo tenemos un dolor de Patria, ¡un dolor muy querido! de tierra y montaña. No asesinamos engañados ni matamos indefensos… ¡Peleamos de frente! Y los que me siguen, me siguen porque sufren y luchan por el ideal añorado. Esta gente no viene enganchada a culatazos ni pelea asustada por los cañones del malón centralista. Es que la montonera no tiene los reclutas obligados de esa guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay que llora el Martín Fierro. Aquí no hay jueces de paz, ni mandones fusileros. Y el ruido del galope no es ruido, es música y copla que amanece en los pechos riojanos en las noches fogoneras de Atiles, Malanzán, Tama y Olta Y, aunque fracasara, ésta será la lluvia de eternidad, esa lluvia que no volvió más de pena a esa seca soledad de los Llanos del sur riojano.

 

Galopa en el horizonte

tras muerte y polvaderal

porque Felipe Varela

matando viene y se va

 

Matando viene y se va ¡NO! ¡Peleando venimos y vamos! Es que mienten los que dicen que atacamos de sorpresa. En toda mi campaña ese polvaderal ya era bien conocido por los enemigos. Y por más que luchemos libremente siempre he guardado el decoro macho de avisar que nos esperen. Ni Catamarca, ni Salta, ni Jujuy han visto de súbito la visión del polvaderal. ¡Sabían que iríamos! Lo sabían con toda seguridad. Y después de la lucha hemos respetado vidas y propiedades que no supieron respetar las tropas de línea de la “civilización” mitrista. Y nunca ¡nunca! hemos tenido la desgracia de decir que “la sangre de gauchos era buena para abonar la tierra y que no había que economizarla…” ¡Esta es la montonera, esta es la meznada criolla que alguna vez la historia, Mitre y Sarmiento le pagarán su deuda! Y yo, Felipe Varela, por lo que hice por La Rioja, por el interior y por mi Patria, me vuelvo a la tranquilidad provinciana a los compases de esta otra zamba, que ¡también es zamba!:

 

Se acercan los coroneles

marchando desde San Luis

La Rioja espera y tiene

lanza y divisa carmín

Mañana del diez de octubre

desangre por culpa ¿de quién?

del gobernador que estaba

y de otros tercos como él.

 

Galopa en el horizonte bajo un cielo federal;

los coroneles de Mitre matando vienen y van,

porque Felipe Varela, señores, NUNCA MATÓ POR MATAR.

 

Julián Amatte

Recopilación Literaria Colección, Tambería del Inca, 1987.

 

 

Notas

 

(1) O’DONNEL, Pacho. Caudillos Federales, Ed. Aguilar, Bs. As., 2002, Tomo II, p. 144.

(2) Ídem.

(3) Op. cit, p. 145.

(4) ARNAUD, Pascal. Estado y capitalismo en América Latina, Ed. Siglo XXI, México, 1981, p. 181.

(5) GALASSO, Norberto. Historia de la Argentina, Colihue, Bs. As., 2014, Tomo II, pág. 200.

(6) Op. cit, p. 201.

(7) SABATO, Hilda. Historia de la Argentina, 1852-1890. Ed. Siglo XXI, Bs. As., 2012, p. 171.

(8) GALASSO, Norberto. Op. cit., p. 201.

(9) ROSA, José María. Historia Argentina, Ed. Oriente, Bs. As., 1970, Tomo VI, p. 124.

(10) GALASSO, Norberto. Op. cit., p. 255.