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abril 2, 2018
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BATALLA DE PAVÓN.
septiembre 17, 2018

MANUEL DORREGO

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«…cuando mi muerte aún no había nacido.»

― Alejandra Pizarnik

 

Muchos historiadores lo suelen mencionar únicamente como punto de partida para establecer los orígenes del ascenso de Rosas o para marcar un punto de inflexión en las guerras civiles. Se dice que fue fusilado por orden de Lavalle y que Rosas resolvió este crimen a su favor. Y así, en definitiva, se sabe más de su muerte que de su vida. Intentaremos ver cómo el coronel Dorrego (ascendido al grado de General en julio de 2015) adquirió peso propio en vida.

El “loco” federal y republicano

Manuel Dorrego nace en Buenos Aires el 11 de junio de 1787, de padres portugueses y comerciantes (de apellido do Rego o De Orrego) cuya fortuna le permitió primero asistir al Real Colegio de San Carlos (luego Colegio Nacional de Buenos Aires) para después continuar sus estudios de jurisprudencia en la Real Universidad de San Felipe, en Santiago de Chile. Estudios que abandona en 1810 por la carrera de las armas cuando estalla la Revolución en su ciudad natal.

De regreso a Buenos Aires, la Primera Junta lo suma al Ejército del Norte comandado por Manuel Belgrano, quien en virtud de su arrojo en varios combates donde recibe múltiples heridas le otorga su último ascenso en vida: pasará a ser el coronel Dorrego. O también “el loco”: tanto Belgrano como luego San Martín, cuyos ejércitos integró Dorrego, hubieron de sancionarlo por actitudes de indisciplina, a la vez que nunca dejaron de reconocer en él a un valiente indispensable.

Si bien luchó en los comienzos contra el jefe oriental José Gervasio de Artigas, representante intransigente del federalismo rioplatense, a partir de 1815 se lo vio enfrentando a los gobiernos directoriales. “Allí Dorrego se constituyó en uno de los continuadores de la línea Moreno-Monteagudo, donde habrían vibrado los ideales revolucionarios del 25 de Mayo” (1).

Su acercamiento cada vez más comprometido al ideario federal, al que sumaba ahora una posición republicana en tiempos donde la diplomacia del poder central negociaba opciones monárquicas, le terminó valiendo la orden de destierro por parte del Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón.

Su periplo durante este primer exilio tuvo ribetes odiseicos: confinado en un principio a la isla de Santo Domingo, fue liberado a mitad de camino cuando el capitán del buque británico se volcó a la piratería en aguas del Caribe. Una vez apresados todos en la isla de Jamaica por las autoridades inglesas (que castigaban el bandolerismo marítimo cuando se trataba de asaltantes particulares a beneficio propio pero que otorgaban patentes de corso a quienes quisieran robar para la Corona), Dorrego fue condenado a muerte, pena que terminó conmutándosele después de fatigar engorrosas explicaciones. Libre ya, con el poco dinero que le restaba consiguió embarcarse rumbo a la ciudad norteamericana de Baltimore. Corría el año 1817.

Su exilio contribuiría a afianzar, en la teoría y en la práctica, su doctrina política. Allí Dorrego entra en contacto y se empapa de las ideas federales, republicanas y democráticas que podía ver en funcionamiento y leer en artículos como The Federalist, del creador del federalismo norteamericano Alexander Hamilton, en colaboración con James Madison y John Jay.

A medida que el centralismo porteño recrudecía la persecución a los partidarios del federalismo en las provincias, Baltimore se fue convirtiendo en el destino de los desterrados por Pueyrredón, quien debe su única gloria a una actitud generosa para con el ejército de San Martín. Así, acompañaron a Dorrego en su exilio norteamericano personajes como Manuel Moreno, Feliciano Chiclana y Domingo French, entre varios más.

El fracaso de la Constitución de 1819, de naturaleza unitaria y por ello rechazada por las provincias, determinó la caída de Pueyrredón y con él, al poco tiempo, la del poder central. Se presentaba así la oportunidad para Dorrego y demás desterrados de volver. La vuelta fue tan trascendental como efímera.

Primera gobernación

Ya de regreso a Buenos Aires, en medio de la Anarquía del Año XX, fue nombrado gobernador interino, para hacer frente a la resistencia federal del litoral que, liderada por el caudillo santafesino Estanislao López, había invadido y derrotado a la provincia.

Su primera gobernación duró menos de tres meses: mientras está en campaña, la burguesía comercial porteña consagra a Martín Rodríguez como nuevo gobernador (1820/24), que junto a Bernardino Rivadavia y Manuel José García como ministros, se dedicarán a promover numerosas reformas orgánicas en la provincia, “tendientes todas ellas a desarrollar el progreso institucional y político” (2) según el ideario liberal y centralista, en connubio con los intereses británicos, como luego veremos. Por lo pronto, una de las primeras medidas de Rodríguez fue deportar a Dorrego a la Banda Oriental. Este segundo destierro, sin embargo, durará poco más de un año.

Se presentó la posibilidad para Dorrego de hacer un viaje al Alto Perú y la ocasión de entrevistarse allí nada menos que con el libertador Simón Bolívar, de quien recogió la idea de una gran Federación de países en América del Sur. Pero antes de la unión bolivariana, Dorrego tenía que abocarse a la tarea prioritaria de bregar por el federalismo. Es curioso que el unitarismo (la unidad de régimen) haya causado la disgregación antes que la unión. Probablemente nadie mejor que Artigas haya intentado resolver este escollo del liberalismo transplantado a la realidad sudamericana: “unión de pueblos libres, no unidad”.

Aún así y a pesar del reciente fracaso de imponer una organización unitaria con la Constitución de 1819, el nuevo Congreso convocado en 1824 volvió a sancionar en 1826 una carta magna de carácter unitario. La respuesta de las provincias fue la misma que en 1819: la rechazaron todas.

Dorrego participa en la Convención Constituyente, y contra el criterio unitario rivadaviano que terminó imponiéndose, defiende la necesidad de la organización confederal de provincias autónomas, a la vez que rechaza de plano el concepto de ciudadanía altamente restringida que negaba el voto a la mayoría de la población. Siendo diputado por Santiago del Estero, a fines de 1826 Dorrego se expresaba de esta forma: “¿Y qué es lo que resulta de aquí? Una aristocracia, la más terrible si se toma resolución, porque es la aristocracia del dinero. Y desde que esto se sostenga, se echa por tierra el sistema representativo, que fija sus bases sobre la igualdad de derechos. Échese la vista sobre nuestro país pobre, véase qué proporción hay entre domésticos asalariados y jornaleros, y las demás clases del Estado, y se advertirá al momento que quien va a tener parte en las elecciones excluyéndose a las clases que se expresan en el artículo, es una pequeñísima parte del país, tal vez no exceda de una vigésima parte. […] ¿Cómo se puede permitir esto en el sistema republicano? […] Estos individuos son los que llevan con preferencia las cargas más principales del Estado. ¿Y se les ha de echar afuera de los actos populares, en donde deben ejercer sus derechos? […] Si se excluye a los jornaleros, domésticos asalariados y empleados también, ¿entonces quién queda? Queda cifrada en un corto número de comerciantes y capitalistas la suerte del país. He aquí la aristocracia del dinero y si esto es así, podría ponerse en giro y mercarse” (3).

A pesar del rechazo de la constitución unitaria del ’26, lo que sí logró el Congreso fue aprobar la Ley de Presidencia que creaba un Poder Ejecutivo Nacional permanente, con el título de “Presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata”. Para el cargo sería designado Bernardino Rivadavia, rodeado de ministros unitarios, entre los cuales el lector debe retener el nombre de Salvador María del Carril, de Hacienda.

El consenso necesario de las provincias, por segunda vez contrariadas por un Congreso en cuanto a materia constitucional se refiere, pudo lograrse para crear una figura presidencial debido a la nueva situación regional por demás de apremiante: el Imperio del Brasil nos declaraba la guerra.

Guerra del Brasil

Las causas del conflicto deben rastrearse en la invasión portuguesa de 1816 sobre la Banda Oriental, negociada por Pueyrredón, quien prefirió deshacerse de esta forma del molesto Artigas que contagiaba de ideas federales al resto de las provincias, al precio de perder una al portugués. Una vez derrotado el jefe oriental en 1821, aquel territorio fue anexado al Brasil con el nombre de Provincia Cisplatina. Hasta que en 1825 los llamados Treinta y Tres Orientales liderados por Juan Antonio Lavalleja lograron expulsar al invasor y poco después integraron la Provincia Oriental a las del Río de la Plata. Brasil declaró la guerra, que tuvo lugar entre 1825 y 1828.

A pesar de que las fuerzas de las Provincias Unidas se anotaron varias victorias (como en la Batalla de Ituzaingó), los gobiernos contrincantes decidieron avanzar en las tratativas de paz. Por el lado de las Provincias Unidas, el ministro plenipotenciario acreditado por Rivadavia fue el infausto Manuel José García. La misión García terminó cediendo la Banda Oriental al Brasil. Indignada la opinión pública en Buenos Aires al anoticiarse de esta paz deshonrosa, el tratado fue rechazado, pero Rivadavia debió renunciar. Asumió como presidente Vicente López y Planes, autor de la letra del Himno Nacional Argentino, pero su mandato duró poco más de un mes, al final del cual se disolvió el Congreso y con él el Ejecutivo Nacional. La continuación de la guerra quedaría a cargo del próximo gobernador porteño, en quien las provincias, disueltas, delegaban el manejo de las relaciones exteriores.

Segunda gobernación

Ninguna lista unitaria se presentó a elecciones. El Partido Federal, ocupando así todos los escaños, eligió al coronel Dorrego como gobernador de la provincia de Buenos Aires a mediados de 1827. “Su consenso no era sólido entre los sectores dominantes porteños y, por el contrario, sus seguidores se reclutaban mayormente entre los sectores populares urbanos” (4). En efecto, Dorrego no es un caudillo rural como la mayoría, pero sí popular. “Tenía frente a sí a enemigos poderosos: el Banco, los periodistas unitarios, la mentalidad de la oficialidad militar, y junto a sí grandes apoyos: los caudillos del interior y de la campaña, las provincias, sus condiciones personales de energía y sobre todo el espíritu patriótico que impregnaba al pueblo” (5).

Desplazados Rivadavia y García de sus ministerios, el nuevo gobernador los reemplaza por Manuel Moreno y Juan Ramón Balcarce, respectivamente.

“En su breve período como gobernador, adopta algunas medidas que no eran comunes en esa época:

  1. Fija precios máximos al pan y a la carne […]
  2. Suprime la leva, en defensa del gaucho y la familia campesina […]
  3. Firma tratados con diversas provincias, apuntando a la reunión de la convención nacional que debe reunirse para sancionar la constitución” (6).

A éstas deben sumarse “disposiciones de carácter financiero como la suspensión del curso forzoso de los billetes y los decretos emitidos para frenar la especulación y apropiación de grandes extensiones de tierra que se amparaban en el régimen de enfiteusis, habían acrecentado el descontento de sectores mercantiles hasta entonces beneficiados con el accionar del Banco Nacional” (7).

Al tocar la Ley de Enfiteusis promulgada por Rivadavia, el nuevo gobernador federal se ganaba el encono encarnizado de la oligarquía terrateniente. “La enfiteusis concedía extensiones fabulosas en las zonas más ricas de Buenos Aires, no establecía límites a la extensión, no exigía la introducción de ganado, permitía el subarriendo y la transmisión de derechos, no exigía poblar y permitía toda clase de especulaciones con la tierra pública. […] en la aplicación de la enfiteusis hubieron dos varas y dos medidas: una para los pobres de la campaña y otra para los capitalistas de la ciudad. […] En realidad, la enfiteusis produjo el efecto que buscaba, es decir, acelerar la apropiación privada de la tierra pública. […] Los más desaforados latifundios nacieron bajo Rivadavia quien distribuyó más de 1000 leguas entre 161 personas” (8).

Pérdida de la Banda Oriental

Por otra parte, es justamente del Banco Nacional que Dorrego reclama apoyo financiero para continuar la Guerra contra el Brasil. Dicha institución se hallaba bajo el control de comerciantes británicos, cuya corona fincaba la ampliación de sus intereses en gestar un “estado tapón” (el futuro Uruguay) para evitar que tan sólo dos países (Brasil y Argentina) controlaran los dos puertos importantes del Río de la Plata.

Para ello la diplomacia británica debía crear “un país nominalmente independiente, lo suficientemente débil como para ceder a las imposiciones del Imperio. […] El diplomático inglés [Lord Ponsonby] –especialmente a través del Banco Nacional, que persiste en negar el préstamo– lo acorrala a Dorrego y lo obliga, contra su más íntima convicción, a aceptar la paz con el Brasil reconociendo la independencia del Uruguay, como nuevo Estado. Forbes [cónsul norteamericano] comenta: ‘se trata nada menos que de la erección de un gobierno independiente y neutral en la Banda Oriental con la garantía de la Gran Bretaña […] es decir, sólo se trata de crear una colonia británica disfrazada’” (9).

Es por eso que la pérdida de la Banda Oriental no se debió al avance del Imperio brasileño sino que respondía a políticas imperialistas de otras latitudes: “no constituye más que un nuevo episodio de la política intervencionista inglesa en el Río de la Plata” (10). A estos intereses debe su existencia Uruguay, contra todos los intentos unionistas de Artigas que, antes que Dorrego, se vieron frustrados por el poder central en Buenos Aires al servicio de la Gran Bretaña. Además de los perjuicios derivados del neocolonialismo inglés desarrollado a lo largo del siglo XIX que vino a reemplazar al español, la desintegración de los nuevos estados “independientes” en América del Sur fue crucial para la penetración del nuevo imperialismo del siglo XX: el norteamericano. Pues en esta primera etapa del XIX, “mientras se consolidan en el norte de América los Estados Unidos, emergen en el sur las semicolonias gestadas alrededor de los puertos en una América Latina descuartizada, unos hacia el océano Atlántico, otros hacia el Pacífico” (11).

La paz obtenida por Dorrego, aunque menos humillante que la de García, sellaría la suerte del gobernador de Buenos Aires. “Se sabe que el oráculo de la logia unitaria, don Julián Segundo de Agüero, se restregó las manos al saber las noticias de la paz y afirmó en tono sentencioso: ‘Nuestro hombre está perdido; él mismo se ha labrado su ruina’. La operación que emprenderían era fácil: explotarían contra Dorrego el patriotismo herido, haciéndolo responsable único y directo de la pérdida de la Banda Oriental” (12).

La firma de la paz con Brasil fue la excusa y el comienzo del fin de Dorrego, “no hizo más que acrecentar los conflictos internos […] El cese de las hostilidades intensificó un conflicto entre el gobierno y la oficialidad del ejército, ya descontenta […] Mientras las tensiones se agudizaban, cobraba forma una acción conspirativa contra el gobierno de Dorrego. Esta conjura desembocó en un motín militar liderado por el general Juan Lavalle, que contó con el apoyo de reconocidos unitarios” (13).

Golpe decembrino

“El 1° de diciembre las tropas hicieron la revolución y resolvieron la destitución del gobernador Dorrego. Este, sorprendido de tan insólito acto, abandonó la fortaleza, acompañado de sus ministros, y salió a la campaña con el propósito de reunirse con Juan Manuel de Rosas y sofocar la sublevación militar” (14). Seguidamente, el líder de la revolución decembrina se hizo proclamar gobernador por un puñado de intrigantes de la clase distinguida de Buenos Aires, cuyo fervor sumó la soldadesca cuando el Banco Nacional adelantó los sueldos atrasados que se le debía y que se negó a facilitar cuando Dorrego estaba al mando.

Durante los siguientes días el gobernador depuesto se adentra en la campaña bonaerense, desde donde busca hacerse fuerte para enfrentar al ejército de línea de Lavalle. Rosas, nombrado comandante de campaña por Dorrego, le desaconseja dar batalla, y limitarse a simples hostilidades en busca de reunir sus fuerzas con las que del norte, de Santa Fe y al mando de Estanislao López, acudirían en apoyo.

Imprudentemente y contra todos los consejos de Rosas, Dorrego le presenta batalla a Lavalle en Navarro el 9 de diciembre, donde el ejército unitario, con mayor preparación militar y un mejor armamento, aplasta a los milicianos gauchos. Dorrego logra salvarse, pero al día siguiente es apresado.

“Cartas como éstas se rompen…”

En estos días cruciales y angustiosos, entre el 10 y el 12 de diciembre, se da un infame intercambio epistolar entre el general Lavalle y los golpistas de la logia unitaria en Buenos Aires que superan en banalidad del mal a las que Sarmiento más adelante dirige a Mitre.

Los instigadores del asesinato de Dorrego, encargados de convencer a Lavalle de fusilarlo, fueron Salvador María del Carril, Juan Cruz Varela y Julián Segundo de Agüero, quienes además habían colaborado activamente en la conspiración y en la revolución decembrina.

En una de las misivas, Del Carril, sin atreverse a firmar lo que sigue, le escribe a Lavalle: “General: yo tenía y mantengo una fuerte sospecha, de que la espada es un instrumento de persuasión muy enérgico, y que la victoria es el título más legítimo del poder. […] Que una revolución es un juego de azar, en el que se gana hasta la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella. Haciendo la aplicación de este principio de una evidencia práctica, la cuestión me parece de fácil resolución. Si usted, general, la aborda así, a sangre fría, la decide; si no, yo habré importunado a usted; habré escrito inútilmente, y lo que es más sensible, habrá perdido usted la ocasión de cortar la primera cabeza a la hidra y no cortará usted las restantes; entonces, ¿qué gloria puede recogerse en este campo desolado por estas fieras?… Nada queda en la Argentina para un hombre de corazón” (15).

Varela, que también le escribe a Lavalle con idénticas exhortaciones, sí se decide a firmar, aunque sus últimas palabras revelan el mismo coraje: “Cartas como éstas se rompen…”

Agüero, por su parte, contribuye redactando un borrador del parte para el fusilamiento. Era, además de conspirador, sacerdote. Del Carril, presidente de la Suprema Corte.

El general Lavalle, convencido ya de lo que debe hacer, se niega a recibir a Dorrego, y finalmente el 13 de diciembre le manda decir que “dentro de una hora será fusilado”. Incrédulo aún, el gobernador depuesto pide “papel y tinta para escribir tres cartas: a su mujer e hijas, a su hermano y a Estanislao López que quedaba como jefe del partido federal (‘Ignoro la causa de mi muerte –dirá a éste– pero de todos modos perdono a mis perseguidores. Cese usted por mi parte todo preparativo. Que mi muerte no sea causa de derramamiento de sangre’)” (16).

Este último deseo era, a todas luces, imposible. Se rompe un dique en la historia argentina, se trata de un parteaguas. La violencia irá en escalada. “Sus verdaderos autores, ofuscados por la pasión, se equivocaron en el cálculo de los efectos. En lugar de aterrorizar al país, provocaron su reacción inmediata y violenta. El error político que cometieron fue mucho más grave que el crimen” (17).

Fusilamiento de Dorrego

En campos de Navarro, a las 3 de la tarde del 13 de diciembre de 1828, después de recibir los auxilios religiosos, el coronel Manuel Dorrego fue fusilado. Minutos antes de la ejecución, el general Gregorio Aráoz de Lamadrid, unitario, amigo y compadre de Dorrego, que intentó impedir el fatal desenlace, le entregó su propia chaqueta militar para recibir las balas, pues la que había vestido en la víspera le sería entregada a su viuda Ángela Baudrix (ver El fusilamiento de Dorrego, pintura de Antonio Ballerini).

Una vez firmado el acuerdo de Cañuelas entre Rosas y Lavalle que puso fin al efímero gobierno ilegítimo, no cabe duda que quien capitalizó el acto de barbarie unitaria fue el nuevo gobernador, Juan Manuel de Rosas. “Como se sabe, cada muerto tiene su apropiador –dice Hernán Brienza y establece una analogía–: El de César fue Cayo Octavio, su sobrino, el hombre que burlándose de la voluntad de los asesinos de Julio César construyó el imperio más grande la antigüedad. El crepúsculo en que los restos de Dorrego comenzaron a descansar en paz, Argentina ya tenía su Octavio” (18). Por orden suya, de Rosas, en diciembre de 1829, los restos del coronel Dorrego fueron exhumados y trasladados a la ciudad de Buenos Aires, en solemne ceremonia. Los funerales de Dorrego fueron lo suficientemente fastuosos como para dejar en claro a la opinión pública que el “Restaurador de las Leyes” (Rosas) debía tener en sus manos todos los resortes del poder (“facultades extraordinarias”) para poder conjurar el peligro, de allí en más siempre latente, de nuevas sublevaciones. De esta manera, Rosas supo explotar al máximo la percepción del peligro de la guerra civil y crear la sensación de una “república catilinaria”, constantemente asechada por conspiraciones unitarias (en muchas ocasiones reales) que justificaran un régimen fuerte, que cae, precisamente, cuando más fuerte se halló (1852).

Juan Manuel Reche – Profesor de Historia

Notas

  1. GALASSO, Norberto. Historia de la Argentina, Colihue, Bs. As., 2014, Tomo II, pág. 51.
  2. LEVENE, Ricardo. Lecciones de Historia Argentina, Ed. Lajouane, Bs. As., 1947, Tomo II, pág. 266.
  3. CARRETERO, Andrés. Dorrego, Ed. Pampa y Cielo, Bs. As., 1968, pp. 88 y 89.
  4. PAGANI, Rosana; SOUTO, Nora; WASSERMAN, Fabio. El ascenso de Rosas al poder y el surgimiento de la Confederación, 1827-1835, en Nueva Historia Argentina; Revolución, República, Confederación (1806-1852), Tomo III, Noemí Goldman (Directora de tomo), Ed. Sudamericana, Bs. As., 2005, pág. 291.
  5. ROSA, José María. Historia Argentina, Ed. Oriente, Bs. As., 1970, Tomo IV, pp. 88 y 89.
  6. GALASSO, Norberto. Op. cit., pp. 55 y 56.
  7. PAGANI, Rosana; SOUTO, Nora; WASSERMAN, Fabio. Op. cit., pág. 293.
  8. PEÑA, Milcíades. Historia del pueblo argentino (1500-1955), Ed. Planeta, Bs. As., 2012, pág. 139.
  9. GALASSO, Norberto. Op. cit., pág. 57.
  10. PALACIO, Ernesto. Historia de la Argentina, 1515-1983, Ed. Abeledo-Perrot, Bs. As., 1988, pág. 281.
  11. GALASSO, Norberto. Op. cit., pág. 58.
  12. PALACIO, Ernesto. Op. cit., pág. 281.
  13. PAGANI, Rosana; SOUTO, Nora; WASSERMAN, Fabio. Op. cit., pp. 291 y 293.
  14. LEVENE, Ricardo. Op. cit., pp. 328 y 329.
  15. DUHALDE, Eduardo Luis y ORTEGA PEÑA, Rodolfo. El asesinato de Dorrego: poder, oligarquía y penetración extranjera en el Río de la Plata, Peña Lillo Editor, Bs. As., 1973, pp. 118 y 119.
  16. ROSA, José María. Op. cit., pág. 98.
  17. PALACIO, Ernesto. Op. cit., pág. 284.
  18. BRIENZA, Hernán. El loco Dorrego: el último revolucionario, Ed. Marea, Bs. As., 2007, pp. 20 y 21.