2-imagen-flexibilizacion
FLEXIBILIZACIÓN LABORAL
mayo 16, 2017
2-rucci-tosco-master
Agustín Tosco
junio 5, 2017

LOS ROSARIAZOS

unnamed

Hace 48 años, la ciudad de Rosario fue testigo de una rebelión popular que involucró a diversos sectores de la sociedad y que creó una situación que algunos historiadores consideran como prerrevolucionaria.

Eclipsados por la trascendencia del Cordobazo cuya fuerza le trasladan, los Rosariazos, a menudo mencionados por los historiadores –casi siempre en singular– aunque rara vez con un tratamiento particular del caso, forman parte de una serie de «azos» que se sucedieron en 1969 como protesta y respuesta de los sectores más golpeados por el gobierno de la autodenominada Revolución Argentina. Sólo en 1969 podemos citar los siguientes «azos»: Correntinazo, Cordobazo, Choconazo, Cipolletazo. Luego la lista se extiende durante los años siguientes: Tucumanazo (1970); Viborazo o segundo Cordobazo y Casildazo (1971); Quintazo, Mendozazo, Rocazo y Malarguazo (1972); segundo Rocazo y Devotazo (1973) y todavía un Villazo en 1974.

Esta cadena de insurrecciones cristalizó el cuestionamiento a la dictadura y puso en vilo a las autoridades nacionales, que al final de este ciclo se vieron obligadas a replantear sus objetivos y aceptar una salida pactada con las fuerzas políticas ignoradas, cuya inhabilitación había conducido la protesta social por el camino de la radicalización, cortada la vía institucional. La toma de conciencia por parte de los sectores militares aperturistas que buscaban un freno contundente a la escalada de revueltas llevó, finalmente, a un repliegue estratégico de las Fuerzas Armadas que devolvería a los militares a los cuarteles y a los partidos políticos a su normal funcionamiento, intentando así conjurar el peligro de la revolución social en la Argentina.

La rebelión popular rosarina del ’69 tuvo una particularidad: aquí se dio una alianza obrero-estudiantil, sellada desde la CGT de los Argentinos que, a su vez, aglutinaba a demás sectores de la sociedad.

 

Para comenzar, vayamos al año 1966, cuando se instala una vez más un gobierno militar, la autodenominada “Revolución Argentina”, con la presidencia del Gral. Juan Carlos Onganía.

A comienzos de 1967, el nuevo ministro de Economía Adalbert Krieger Vasena adoptó un paquete de medidas que luego se llamarían políticas neoliberales: el congelamiento de los salarios a los niveles de 1966 y la suspensión de las negociaciones colectivas por dos años; una gran devaluación del peso y una reducción de los derechos de importación, con lo cual se disminuyó drásticamente la protección que tenía la industria nacional. De esta manera, se dio una transferencia de ingresos desde los asalariados hacia los empresarios urbanos, en particular a las grandes empresas. Asimismo, el ministro realizó una serie de ajustes a fin de reducir el déficit fiscal: bajando el gasto público, incrementando los impuestos y elevando las tarifas de servicios públicos.

Fue en este marco que el 15 de mayo de 1969, en Corrientes se anuncia un aumento del 500% del vale del Comedor Universitario. El estudiantado protesta y organiza una marcha, donde la represión policial provoca la muerte del estudiante Juan José Cabral. Es el “Correntinazo”, el primer azo de una serie que inmediatamente se traslada a Rosario.

Aquí, el 16 de mayo, son los estudiantes de Medicina los primeros en repudiar la muerte del correntino, a lo cual pronto se suman otras facultades. Alertado el rector de la recientemente creada UNR, ordena la suspensión de actividades, pero 400 estudiantes se reúnen al día siguiente frente al Comedor Universitario. Nuevamente, interviene la policía y, al igual que en Corrientes, se cobra la vida de otro estudiante, Adolfo Bello, de 22 años, en la Galería Melipal.

Al igual que en Córdoba, Corrientes y Mendoza, en Rosario se realiza, en repudio por la muerte de Bello, una Marcha del Silencio. Ese 21 de mayo se congregaron más de 4.000 manifestantes, estudiantes universitarios, secundarios, obreros, etc. El enfrentamiento con las fuerzas de seguridad fue campal: hubo barricadas, hogueras, ocupación del rectorado y hasta un breve intento de tomar la Jefatura de Policía. En este escenario de combate callejero y aduciendo un supuesto intento de tomar la sede de transmisión de LT8 Radio Rosario, la policía asesina de un balazo al obrero metalúrgico y estudiante secundario Luis Norberto Blanco, de tan sólo 15 años. Es el “Rosariazo”, el de mayo, tan sólo el primero, que termina con la ciudad declarada zona de emergencia bajo jurisdicción militar, algo que no sucedía desde 1955.

La tensión, que en un primer momento pasó de Corrientes a Rosario, ahora se traslada a Córdoba, donde el movimiento obrero, con apoyo del estudiantado (al igual que en Rosario), reclamaba por la supresión del “sábado inglés”, decretada por Onganía. La insurrección urbana cordobesa fue aún más virulenta que en Rosario, y también lo fue la represión: veinte manifestantes muertos, decenas de heridos y cientos de detenidos. Fue el “Cordobazo”, el del 29 y 30 de mayo, tan sólo el primero.

Si el detonante del primer Rosariazo había sido el repudio a las muertes de estudiantes (Cabral y Bello, luego Blanco), el germen del segundo se dio en la Unión Ferroviaria. Sus dirigentes gremiales habían sido encarcelados, se anularon convenios, hubo rebajas de categorías y de sueldos y 116.000 empleados y obreros fueron sancionados.

Es así que el 8 de septiembre comienza la huelga ferroviaria por tiempo indeterminado en Rosario. La dictadura reacciona: a través de la “Ley de Defensa Civil” amenazaba con aplicar el Código de Justicia Militar a todo el personal ferroviario. Llegó el 15 de septiembre y, en estado de alerta, la CGT Rosario en pleno declara un paro de 38 horas.

El segundo Rosariazo se da, entonces, el 16 de septiembre. Desde las 10 de la mañana empiezan a converger hacia el local de la CGT de Córdoba al 2100 columnas de trabajadores, a las que se unían estudiantes secundarios y de todas las facultades. La lista de sindicatos encolumnados es impresionante. Bastaría decir, para no agobiar con una enumeración exhaustiva, que todo el movimiento obrero organizado estaba allí presente, con excepción de los tranviarios y transportistas: de aquí que en la mayoría de las postales de este segundo Rosariazo se vean colectivos quemados (según informe de prensa: “11 trolebuses incendiados, 14 más con roturas; 15 coches incendiados del servicio urbano e interurbano de pasajeros, otros 40 deteriorados; 3 estaciones ferroviarias incendiadas, 100 garitas, retenes, cabinas y vagones incendiados”).

El primer Rosariazo podría considerarse una estudiantina comparado al segundo, de un carácter ya marcadamente proletario: participaron de 100.000 a 250.000 personas. Igualmente, los estudiantes también estuvieron allí presentes. Los enfrentamientos con la policía, iniciados en el centro de la ciudad, se extendieron a los barrios, donde hubo zonas enteras (Empalme Graneros, Arroyito, Tablada, zona sur) inaccesibles a las fuerzas policiales. Desbordadas, éstas son reemplazadas por el Ejército y al día siguiente, con el entonces coronel Leopoldo Fortunato Galtieri, logran recuperar el control de la ciudad. El saldo: dos muertos, veinticinco heridos y centenares de detenidos.

Hasta aquí, los hechos, la crónica insensible que a los historiadores llamados “objetivos” les basta. Ensayemos una interpretación, sin la cual, según Nietzsche, no hay hechos.

Cuando Onganía asume, lo hace diciendo que la “Revolución Argentina” no tenía plazos pero sí objetivos. Es decir que, a diferencia de las anteriores, la dictadura de Onganía no se proponía devolver en el corto plazo el poder a las autoridades civiles prometiendo la convocatoria a elecciones. En realidad, Onganía decía que para reorganizar la sociedad argentina debía transcurrir una cantidad de años igual a la que medió entre la Revolución de Mayo (1810) y la sanción de la Constitución Nacional (1853). En efecto, Onganía pensaba perpetuar la “Revolución Argentina” hasta el 2009.

En cuanto a los objetivos, éstos eran más claros: la misión de la “Revolución Argentina” era erradicar el enemigo interno, un concepto de la llamada Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN). El enemigo interno, en plena Guerra Fría, era el comunismo, que en Argentina los militares no se molestaban en diferenciar del peronismo, la actividad sindical o estudiantil, la juventud en general, etc. Esta Argentina tradicional, en términos genéricos, debía ser liberal en lo económico, conservadora en lo político y reaccionaria en lo cultural. Sin embargo, como veremos, todos sus plazos fueron agotados, ninguno de los objetivos cumplido.

En el año 1969 se agota el primer plazo cuando los principales centros urbanos del país protagonizaron una escalada de insurrecciones y el sufijo azo amenazaba con totalizarse en un Argentinazo general y contundente.

El segundo plazo, el que determinó la remoción de Onganía, se venció cuando la organización de la izquierda peronista Montoneros hace su primera aparición pública y en mayo de 1970 secuestran y disponen la muerte del primer “verdugo” de la Resistencia Peronista, el teniente general Pedro Eugenio Aramburu. Diez días después del secuestro, asume el Gral. Levingston, que trató de cerrar la caja de Pandora de la insurgencia social y política, pero su fracaso se vio reflejado en un segundo Cordobazo (1971), llegando a su fin un tercer plazo de la dictadura.

Este segundo Cordobazo también se conoce como Viborazo, debido a las declaraciones del entonces Interventor Federal de Córdoba, José Camilo Uriburu (sobrino de José Félix, dictador del ’30 al ’32), quien dijo, parafraseando al emperador romano Calígula, que le gustaría que la oposición tuviera una sola cabeza como una víbora para cortársela. En verdad, aquella víbora era una auténtica Hidra de Lerna, cuyas cabezas se multiplicaban a medida que la “Revolución Argentina” y el descontento social iban avanzando.

Al final de este ciclo de azos (aunque todavía habría réplicas), el Gral. Alejandro Agustín Lanusse, tercer presidente de la “Revolución Argentina” (1971/73), plantea la necesidad de retorno al sistema parlamentario y de partidos por medio del Gran Acuerdo Nacional (GAN). Se trató de un repliegue estratégico ante la escalada de 1969, que pretendía desactivar la insurgencia y conjurar el peligro de la revolución social en la Argentina.

En los Rosariazos de mayo y junio del ’69, hubo dos actores sociales fundamentales (obreros y estudiantes) que convergieron en un espacio común: la “CGT de los Argentinos” (CGTA o CGT Paseo Colón).

Esta central obrera, surgida en mayo de 1968 y encabezada por Raimundo Ongaro (Gráficos) como su secretario general, seguía las estrategias de lucha sindical elaboradas en una serie de programas (La Falda, 1957; Huerta Grande, 1959; y Por el Cambio de Estructura, 1965), todos antecedentes del llamado Programa del 1° de Mayo (de 1968), redactado por Rodolfo Walsh y que se publica en el primer número del periódico de la CGTA, un documento que expresaba la tónica combativa del sector y sus influencias políticas. En franco contraste se ubicaba la CGT Azopardo, con Augusto T. Vandor a la cabeza e identificados como la “burocracia sindical” colaboracionista con Onganía.

Por otro lado, el movimiento estudiantil también se había radicalizado durante la “Revolución Argentina”, siendo uno de los primeros objetivos a desarticular. A un mes de la asunción de Onganía, se produce la Noche de los bastones largos, como se conoce a la intervención y ocupación de las universidades públicas por orden del régimen militar, en la que miles de estudiantes y profesores son reprimidos y detenidos y que produce el exilio de una gran parte de la comunidad científica argentina.

Es en 1968 cuando las demandas estudiantiles vuelven a la lucha. No sólo es el año del Mayo francés, el hito mundial por excelencia del movimiento estudiantil, sino también el 50° aniversario de la Reforma Universitaria en Argentina. Las efemérides provocan una revaloración del pasado desde el presente en que se celebran, por eso cabe observar el significado que tuvo este aniversario en la militancia universitaria de aquellos años. Si tomamos algunos elementos del ideario de la Reforma, no podemos dejar de advertir su antiimperialismo, su democratismo y también su compromiso social en tanto universitarios. La recuperación del principio de la unidad obrero-estudiantil también formó parte de la retórica reformista.

Con la conmemoración del 50° Aniversario de la Reforma, en la ciudad de Rosario se dan actividades programadas por el reformismo universitario que fueron masivas, lo que contribuyó a formar alianzas con la adhesión de fracciones obreras (CGT de los Argentinos) y pequeñoburguesas como los profesionales y hasta los mismos funcionarios de la justicia, que también fueron reprimidos por asistir a dichas celebraciones.

Tal cabida tenía el movimiento estudiantil en la central obrera de Paseo Colón, que en los pasillos de Azopardo los dirigentes vandoristas interrogaban sonrientes: “¿CGT de los argentinos o CGT de los estudiantes?”

Lo cierto es que no sólo se logró un muy alto nivel de acercamiento y coordinación con los estudiantes, sino que, además, la alianza con ellos fue fundamental para el sostenimiento de la central obrera combativa mientras ésta iba perdiendo posiciones en el mundo sindical al no someterse a la unificación de los sindicatos peronistas que tenían a Vandor a la cabeza.

Lo crucial para la fuerza que tuvieron los Rosariazos con la unión obrero-estudiantil, fue el histórico “Mensaje a los Trabajadores y al Pueblo Argentino” de la CGTA, que concitó la alianza de diversos sectores (pequeños y medianos empresarios nacionales, los profesionales, estudiantes, intelectuales, artistas y religiosos) para proponer la unidad con el movimiento obrero en el camino a la acción política concreta. Este vasto polo opositor al que apela el Programa del 1º de Mayo es el que supo reunir la CGTA en Rosario y es el que se lanzó a las calles durante las insurrecciones.

A 48 años de esa gesta popular, nos preguntamos cuáles son hoy las posibilidades para los sectores golpeados de encontrar un espacio en común de resistencia frente al ajuste actual que, inédito por lo explosivo, combina lo más selecto del Plan Prebisch, el invierno de Alsogaray, las medidas de Krieger Vasena y de Martínez de Hoz[1]. Estas medidas económicas, políticas y sociales, por su impacto en amplias capas de la sociedad provocan el rechazo generalizado y van multiplicando día a día los frentes de oposición.

Un espacio en común debe poder articular la diversidad natural de los sectores vulnerados, cada cual con intereses diferenciados y con interpretaciones encontradas en cuanto a lo que significó el gobierno nacional anterior, llevando un mensaje de unidad que los identifique para autopercibirse como parte integrante del colectivo deteriorado por el Cambio.

Héctor Quagliaro, histórico dirigente de ATE y durante aquel primer Rosariazo secretario general de la CGT Rosario (la primera regional en adherir a la CGT de los Argentinos), rememorando el congreso normalizador que dio origen a la CGTA, sintetiza en dos renglones de qué manera se identificaron los sectores que estaban dispuestos a la resistencia para luego sellar la unidad indispensable: “el vandorismo votó una conducción que no fue avalada por todos los congresales y ahí se determinó que todo lo que fuera oposición se constituyera en otra CGT, la CGT de los Argentinos”.

Aún así, restaría a la unidad, sobre todo en un año electoral, traducirse en una necesaria propuesta partidaria que sepa, no sólo leer y remarcar el descontento social, tarea fácil, sino volver a captar al sujeto político secuestrado en 2015. “Cuando los obreros organizados no tienen expresión política genuina, sus luchas entran en un cuello de botella” (H. Quagliaro).

Juan Manuel Reche – Profesor de Historia