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LA NOCHE DE LOS BASTONES LARGOS

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“No hay espectáculo más terrible que la ignorancia en acción”. La frase de Goethe, la cita el Arq. Carlos Méndez Mosquera, Vice Decano (1966) de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo. “Y esa fue un poco la sensación: la ignorancia en acción, la ignorancia triunfando, no como una postura elitista mía de la ignorancia y la intelectualidad…, sino la brutalidad”.

Mariana Weissmann, física atómica, que tenía 32 años en aquel entonces, se duele de que a la sociedad “le importó un pepino lo que pasó y eso fue una información para lo que iba a pasar en el ‘76. No estoy segura de que ahora le importe. En este país seguimos exportando cero valor agregado y un doctor que tiene mucho valor agregado lo regalamos. Los científicos no se venden como los jugadores de fútbol”.

Ambos se refieren a la “Noche de los bastones largos”, sucedida hace 51 años, el 29 de julio de 1966, como se conoce a la intervención y ocupación de las universidades públicas por orden de la dictadura de Onganía, en la que miles de estudiantes y profesores son reprimidos y detenidos y que produjo la mayor fuga de cerebros de la historia argentina.

Cuando el Gral. Juan Carlos Onganía asume el 28 de junio de 1966, lo hace diciendo que la “Revolución Argentina” no tenía plazos pero sí objetivos. Esto quería decir que, a diferencia de las anteriores, la dictadura de Onganía no se proponía devolver en el corto plazo el poder a las autoridades civiles prometiendo la convocatoria a elecciones. En cuanto a los objetivos, éstos eran más claros: la misión de la “Revolución Argentina” era erradicar el enemigo interno, un concepto de la llamada Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN). El enemigo interno, en plena Guerra Fría, era el comunismo, que en Argentina los militares no se molestaban en diferenciar del peronismo, la actividad sindical o estudiantil, las minifaldas, el pelo largo, el uso de pantalones en las mujeres, la juventud en general, etc., todos síntomas de la desintegración espiritual de la Nación. Esta Argentina tradicional, en términos genéricos, debía ser liberal en lo económico, conservadora en lo político y reaccionaria en lo cultural.

A diferencia del movimiento sindical peronista, que asistió a la ceremonia de asunción del mando de Onganía y que, además, aportó a la “Revolución Argentina” su Ministro de Trabajo (Jorge Néstor Salimei), el movimiento estudiantil demostró una actitud mucho más combativa, protagonizando una de las primeras resistencias al golpe. El claro enfrentamiento comenzó el mismo día de la sublevación militar, cuando el rector de la UBA, el Ing. Hilario Fernández Long, emitió un pronunciamiento por el pronto restablecimiento de la democracia, a la vez que llamaba a la defensa de los principios de la Reforma Universitaria (1918): la autonomía universitaria del poder político y el cogobierno tripartito de estudiantes, docentes y graduados.

Transcurrido un mes, el 29 de julio, el decreto-ley 16912 del gobierno militar dispuso la intervención de las universidades públicas, en adelante bajo la órbita directa del Ministerio de Educación. Antes del plazo establecido (48 horas) para que las autoridades académicas aceptaran la intervención o renunciaran, estalló la represión. La lucha estudiantil contra la intervención no fue ni unánime ni homogénea en todo el país. Mientras que se la enfrentó en las universidades más grandes (UBA –excepto en Derecho–, Córdoba, La Plata, Tucumán y Litoral), en las universidades más pequeñas, no sin vacilaciones, aceptaban la situación impuesta (del Sur, del Noreste y de Cuyo).

Aunque también hubo represión en Filosofía y Letras y en Arquitectura, el escenario principal se dio en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, cuya sede funcionaba en la histórica Manzana de las Luces. Docentes y alumnos habían decidido tomar el establecimiento, y hacia allí se dirigió la Policía Federal Argentina, bajo el mando del general Mario Fonseca, ordenando el desalojo. Profesores y alumnos debieron pasar por una doble fila de policías que los golpeaban (los bastonazos debían apuntar a la cabeza), fueron gaseados, sometidos a un simulacro de fusilamiento y luego detenidos, en centenares.

El resultado de aquella “Noche de los bastones largos” fue la mayor emigración de científicos del país. Los decanos de Filosofía y Letras, Arquitectura y Exactas y más de 300 profesores universitarios y científicos (la mayoría de Exactas) renunciaron a sus cátedras y emigraron (a países de América Latina, Estados Unidos, Canadá y Europa), donde desarrollaron sus brillantes carreras. Entre ellos no quisiéramos dejar de mencionar al ganador del Premio Nobel de Medicina en 1984, César Milstein; al decano de Exactas Rolando García (epistemólogo, físico, meteorólogo de fama internacional que desarrolló junto a Piaget la epistemología genética); al historiador y sociólogo Sergio Bagú (uno de los pioneros de la teoría de la dependencia); a Manuel Sadosky, qué había introducido la computación en el país; a Tulio Halperín Donghi, uno de los principales historiadores de América Latina; o a Risieri Frondizi, filósofo y ex rector de la UBA, entre tantísimos más.

Los puestos de estos brillantes científicos fueron ocupados por técnicos y profesionales clericales y conservadores, y la fuga de cerebros fue seguida del desmantelamiento de la universidad reformista: se disolvieron las facultades de Psicología y Sociología, así como los institutos de Biología Marina, Cálculo, Meteorología, Radiación Cósmica, Televisión Educativa, a la vez que se aplicó una estricta censura en los contenidos de enseñanza universitaria. Por otra parte, en septiembre ocurre la primera baja en las filas estudiantiles en Córdoba: Santiago Pampillón. De esta forma, debido a la feroz y eficaz represión de la dictadura, la lucha estudiantil fue derrotada a fines del año 1966 y la autonomía universitaria no fue recuperada hasta 18 años después.

El grupo de militares que rodeó al Gral. Juan Carlos Onganía tenía una fascinación por la técnica y la eficacia, considerados elementos clave para la modernización autoritaria del país. Es por esto que, según Daniel James, “los ‘técnicos’ fueron percibidos como la encarnación misma de la racionalidad económica y operaron como ‘punto de imbricación’ entre el Estado, la gran burguesía y el capital trasnacional. Formados muchos de ellos en el ámbito selecto de las universidades privadas y en la colaboración con grandes empresas”, la presencia de empresarios y dirigentes corporativos en los gabinetes durante el siglo XX fue predominante en gobiernos dictatoriales, y no volvió a serlo, al menos en igual proporción, hasta el cambio de gobierno en 2015.

Además de conformar un gabinete predominantemente masculino (las únicas ministras mujeres son Carolina Stanley, en Desarrollo Social, y Patricia Bullrich, en Seguridad), muy poco federal (el 50 % de los funcionarios son porteños, el 30% de la provincia de Buenos Aires y el resto proviene de otras provincias centrales como Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba), sin militancia político-partidaria (el 84% del gabinete) y con casi un cuarto de los funcionarios ocupando un cargo en el sector privado en el momento de ser convocado para integrarse al Gobierno, también cabe resaltar el importante peso que tienen las universidades privadas en la formación de sus integrantes (35% en el caso del grado y 70% en el nivel de posgrado). * Fuente: Observatorio de Elites del IDAES-UNSAM.

Se trata de un claro sesgo antiestatal, antipolítico y promercado, que, respectivamente, sostiene que: la expertise, la eficiencia y la modernización son mayores según los criterios del sector privado; que los “independientes” o quienes carecen de identidad política pueden aplicar medidas tecnocráticas más exitosas; y que el liderazgo gerencial llevado a la función pública está en condiciones de reproducir la pureza del mercado (eficiencia, transparencia, honestidad y productividad).

Es esta impronta del Estado la que sin renunciar por completo a recurrir a la represión física, como un guiño a los nostálgicos de lo más pintoresco del siglo XX, hoy aplica los bastonazos en el presupuesto a la Ciencia y la Tecnología, y es éste el encargado de expulsar cerebros, atentando contra toda posibilidad de soberanía científica e independencia tecnológica.

 

Juan Manuel Reche – Profesor de Historia