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Agustín Tosco
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REVOLUCIÓN DEL ‘43
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José Ignacio Rucci

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La CGT no tiene  radio, no tiene un lugar desde el que se haga formación o docencia. Es un problema cultural, desinterés, o simplemente una concepción de construcción de poder diferente. El Movimiento Obrero no se ha ocupado de escribir su propia historia, salvo algunas excepciones como Víctor Santamaría, titular de SUTERH, no escribe gente del riñón. Ya Héctor Quagliaro, histórico dirigente de ATE, lo advertía: “Hay todo un concepto de menosprecio, una formalidad aceptada aún por los que se dicen progresistas, ese concepto burgués que afirma que los trabajadores somos incapaces de escribir nuestra propia historia”. Escribir, polemizar y reflexionar sobre nuestra historia nos ubica en un lugar más interesante y legitimo si pretendemos empoderarnos de nuestros lugares dentro de nuestras propias organizaciones, reales y simbólicas. A partir de la comprensión de empezar a saldar esa deuda del movimiento, quienes lo conformamos nos disponemos modestamente a un breve pero intenso recorrido sobre la historia de uno de los protagonistas del Acta de Compromiso Nacional, el famoso Pacto Social, a 44 años de su firma, el 8 de Junio de 1973. Se trata de José Ignacio Rucci. Su vida, y su muerte, marcaron un antes y un después en la historia del movimiento obrero argentino, con la particularidad de que su asesinato ocurre en democracia, en un gobierno constitucional, tal vez el más legitimo de los últimos 18 años, a sólo 48 horas de que el pueblo argentino se manifestara masivamente por la reconstrucción nacional en manos de su líder. Su vida intensa, su figura polémica representa dentro de la CGT, aún hoy, una figura de unidad, y nos conduce a discusiones pendientes. El último acto de la central obrera, el pasado 7 de marzo, se inició con un homenaje a su persona.

Nació en Alcorta, el 15 de Marzo de 1924. A los 22 años empezó a trabajar como metalúrgico y llegó a ser secretario de Vandor.

Según él, estuvo el 17 de Octubre en la Plaza. En 1955 empieza a ser un perseguido político. Es uno de los fundadores de las 62 organizaciones. Va a convertirse en destacado protagonista de la resistencia peronista.

Con la muerte de Vandor, queda como máximo referente Lorenzo Miguel para estar al frente de la CGT. Éste no quería estar al frente de la central obrera, no se quería exponer, tenía serias dificultades para hablar. Es ahí donde elige a Rucci, que tenía una cualidad notable para Lorenzo Miguel, y es que no tenia poder territorial, no tenia base. Esa característica le hizo sospechar que era un hombre al que iba a poder controlar. Eso pensó Lorenzo Miguel y de lo cual se arrepintió mucho tiempo después.

Un hombre común para la época, con algunos vicios como los burros, salir con mujeres, la cancha, la bebida y la noche; empezó a ser secretario de la CGT y a tener mucha y muy buena onda con Perón. Perón se divertía con el personaje, cuando éste lanzaba frases  como: “En la República Argentina al señor Tosco le dicen: vea, si usted quiere hacer marxismo y socialismo se va a  Rusia, ¡acá en la Argentina no!” [1]

Rucci tenía un perfil ideológico muy marcado, y comenzaba a tener una dura interna con el sector más combativo que tenía como protagonista a Agustín Tosco.

Perón lo apadrinó, lo cobijó y ahí es donde Lorenzo Miguel empieza a ver que lo pierde. Lo que empieza a protagonizar Rucci es una ofensiva fuertemente de derecha del movimiento obrero para lo cual le dio mucha fuerza y mucha luz a la juventud sindical que se creó específicamente para contraponerse a la juventud peronista de izquierda que venía surgiendo en los ’60 y ’70.

El 11 de marzo de 1973, la victoria de la formula Cámpora-Solano Lima llenaba de alegría a todos los peronistas. Tres días después, la CGT conducida por Rucci recibía a Cámpora en la casa de los trabajadores para exponer el apoyo absoluto de los obreros al presidente electo. Hasta acá, todo muy lindo. Pero, ¿cómo se distribuiría el poder dentro del gobierno? Y ¿qué parte le tocaba a Rucci? Perón le encarga dos tareas: primeramente, trabajar los acuerdos con Gelbard de la CGE, que para abril ya tenían su primer borrador del Pacto Social. La segunda tarea era el recambio paulatino de la dirigencia gremial, incluido él mismo. Así el 8 de Junio se constituye el famoso Pacto Social. Lo firman Rucci, Gelbard (Mtro. de Economía) y Julio Broner de la CGE. El texto del Acta era muy interesante en cuanto hacía referencia por primera vez en muchísimos años a un Estado que planificaba y ejecutaba grandes proyectos económicos y sociales. Algunas cláusulas memorables son: el aumento de los combustibles, el incremento de los servicios públicos, la suspensión de las convenciones colectivas de trabajo, y reformas fiscales que mejoren la renta de la tierra y la defensa de la producción nacional, por mencionar las más famosas. Todas estas medidas, entre otras, siempre orientadas a proteger a los sectores menos pudientes, a través de tarifas sociales, suspendiendo desalojos, y con viviendas sociales. El Pacto Social fue el intento por fortalecer el Estado equilibrando presupuesto, orden administrativo y beneficiando a las empresas nacionales. Las repercusiones fueron dispares, desde las más moderadas que lo aceptaron como razonable, hasta las más violentas desacreditaciones. Rucci, que comprendió inmediatamente el malestar de los sectores obreros más clasistas y de la izquierda peronista, declaró en algún momento: “Sé que con esto estoy firmando mi sentencia de muerte, pero, como la Patria está por encima de los intereses personales, lo firmo igual”.[2]

Cuando ocurre el regreso de Perón, el 20 de junio de 1973, Rucci era el que le sostenía el paraguas, pero además fue el responsable del operativo de seguridad junto con Jorge Manuel Osinde (general retirado). Esa aventura se transformó en la Masacre de Ezeiza. Lorenzo Miguel expresaba días más tarde: “Nosotros fuimos con armas cortas, si era una fiesta de amigos, pero este ratón se cree Napoleón”, en clara alusión a Rucci. No olvidemos la estrecha relación entre la CNU y Rucci. La CNU (Concentración Nacional Universitaria) era una agrupación universitaria de ultraderecha, políticamente alineada con el peronismo, con  el catolicismo preconciliar, y con un enérgico sesgo antisemita. Esta organización y sus integrantes participaron de la Masacre de Ezeiza junto con otros grupos, apoyados logísticamente por José López Rega y la Policía Federal. Esta matanza iba a significar un elemento político de gran envergadura entre la izquierda y la derecha peronista.

Así es como, dos días después de que Perón ganara las elecciones, el 25 de septiembre de 1973, lo matan de 23 dispararos y hasta una granada: lo acribillaron. Es cierto que la política por aquel entonces se dirimía en gran medida a través de las armas. No es menos cierto que Rucci era un sostén fundamental de Perón, y con mucho reconocimiento de las bases. Trabajó incansablemente por el retorno de una democracia sin proscripciones, y por el retorno de Perón. Lo matan horas después de que el 62% del electorado lo concrete, en la que el pueblo no sólo pudo votar sino que también elegir. El mensaje era para Perón, directamente para él. Así el general tomaría una enorme distancia con el ala izquierda del movimiento, la cual se vio severamente deslegitimada por este acontecimiento, repudiado por gran parte de la sociedad.

La muerte del líder sindical marcó un antes y un después en la historia política argentina. Asesinar a Rucci fue un error táctico y estratégico desde el punto de vista político. Oficialmente nadie se adjudicó el atentado. Nadie lo reconoció. Tampoco nadie reconoció lo desafortunado de semejante decisión. Era el secretario de la CGT. Era un burócrata sindical. Era un opositor emblemático de la izquierda peronista. Era un manifiesto y declarado adversario, pero no el enemigo a abatir.

Prof. Historia M. Cecilia Moreno

[1] Audio radial.

[2] LEYBA, Carlos. Disertación en el Seminario “A sesenta años de peronismo”, en Movimiento, Año I, Nº 9, pp. 7-9.  Manifestación corroborada por allegados a Rucci.