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GUERRA DEL PARAGUAY

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“No es el Paraguay… es la vieja guerra civil”

Si hiciéramos un repaso de las guerras en las que la Argentina peleó o intervino desde 1810 hasta la actualidad, desde las de Independencia hasta incluso la Guerra del Golfo, sin duda no encontraremos vergüenza mayor para el honor nacional que en la perpetrada contra el pueblo del Paraguay, entre 1865 y 1870, por parte de los países de la Triple Alianza (Argentina, Brasil y Uruguay).

Guerra tanto más deleznable en cuanto que fratricida. Es que, sin necesidad de invocar un neobolivarismo del siglo XXI que hermane nacionalidades (y que por lo tanto las reconoce, a diferencia del americanismo del XIX en que se enmarcan los hechos), hay que considerar que la guerra de 1865-70 no fue contra un país extranjero. «No obstante la secesión uruguaya [1828] y paraguaya [1811], la conciencia de la unidad se mantenía muy viva y aún existían, tanto en las provincias disidentes como en la Argentina, vastos sectores que consideraban esa situación como provisoria. Era demasiado reciente el recuerdo de las luchas comunes, y la solidaridad militante prevalecía sobre la separación política. El Uruguay no era extranjero. Mitre se sentía más afín con Flores [liberal uruguayo] que con Urquiza [federal entrerriano], y éste más solidario de los blancos [federales uruguayos] que de Mitre. Tampoco era extranjero el Paraguay» (1). En todo caso, el extranjero era el Brasil, aquel Estado monárquico, portugués y esclavista.

 

El milagro paraguayo

¿Qué había en Paraguay, qué estaba sucediendo en el país guaraní a mediados del siglo XIX como para suscitar la codicia de sus vecinos? Pues bien, el Paraguay, por su política económica nacionalista y proteccionista y su desarrollo productivo industrial e independiente con respecto a sus poderosos vecinos (Argentina y Brasil) y potencias europeas (Gran Bretaña y Francia), representaba un caso singularísimo en medio de «estados vectores de penetración de capital» (2). “La China de América”, como lo llamaba Sarmiento.

«La política desarrollada por José Gaspar Rodríguez de Francia [1814-40], Carlos Antonio López [1844-62] y Francisco Solano López [1862-69] había convertido al Paraguay de 1860 en el país más desarrollado de Centro y Sudamérica. El nacionalismo defensivo del primero y la vocación progresista de sus sucesores había generado un fuerte crecimiento económico y una intensa modernización, en una sociedad donde no existían marcadas diferencias sociales. Por esas curiosidades que tiene la historia, el proyecto frustrado de Moreno, con ese Plan de Operaciones que tenía al Estado como centro del crecimiento y el proyecto semejante desarrollado en Cuyo por San Martín con expropiaciones, emprendimientos estatales y trabajo voluntario, alcanza a experimentarse con mayor intensidad en Paraguay. El Estado –sostiene Enrique Rivera– tenía toda la gerencia de la vida económica nacional» (3) y monopolizaba el comercio exterior con altos derechos de importación que buscaban proteger la producción local.

Lo que había logrado este monopolio estatal fue capitalizar al Estado paraguayo (única nación en América Latina que no tenía deuda pública extranjera), fondos que luego invierte en el desarrollo de su propia industria (diversifica su economía), con lo cual disminuye drásticamente su dependencia del mercado exterior así como del puerto de Buenos Aires. Fue así que el país conquistó una industria metalúrgica, marina mercante, ferrocarril, telégrafo, imprentas y una educación marcadamente superior al nivel del resto de Latinoamérica. Se había prácticamente erradicado el analfabetismo, cuando en Argentina el primer censo, realizado por Sarmiento en 1869, arrojó un 87% de analfabetos. A su vez, un amplio sistema de becas patrocinado por el Estado enviaba jóvenes paraguayos a Europa con la misión de retornar como hombres de ciencia para contribuir al desarrollo técnico del país.

Por otra parte, la tenencia de la tierra estaba en manos del Estado a través de una institución llamada las “estancias de la Patria”, que había confiscado a los latifundios particulares y aquellas que habían pertenecido a los jesuitas, y así las subdividía y daba en arriendo a campesinos, junto con ganado y útiles de labranza, por lo que en Paraguay no habrá desocupados.

Contaba, además y en especial, con una importante producción algodonera, organizada en una economía “cerrada” y “autocentrada” a la cual Gran Bretaña, el taller manufacturero del mundo ávido de materias primas baratas, no podía acceder.

La triple ambición sobre el Paraguay: Inglaterra, Brasil y Argentina

Por eso es que, para el historiador especialista en la Guerra del Paraguay León Pomer, la clave está en Inglaterra: «Allá por la década del sesenta del siglo XIX la industria textil algodonera continúa siendo la rama fundamental de toda la industria inglesa. […] Cualquier crisis que afecte a la industria algodonera es un golpe a todo el sistema económico británico, y esa crisis estalla cuando la guerra civil en los EE.UU. priva a la industria textil de su materia prima fundamental: el algodón norteamericano. […] Gran Bretaña afronta una peligrosísima situación de crisis social derivada de un ejército proletario sin trabajo. […] la guerra civil norteamericana […] enseña a los estadistas –lección definitiva– que no se puede depender de una fuente preponderante para la provisión de productos básicos. De modo que la tarea diplomática (con el auxilio del garrote y las libras) consistirá en abrir nuevas fuentes de aprovisionamiento, estimulando el cultivo del algodón y cereales allí donde ello sea posible, y sin duda eso es posible en algunas de las áreas de la cuenca del Plata: llanuras pampeanas y tierras uruguayas para cereales, tierras del Paraguay y del litoral y norte argentino para el algodón. Parcialmente será logrado, en lo que atañe a cereales» (4). El resto se hará, como dice Pomer, por la “vía diplomática” inglesa.

Por otra parte, las ambiciones del Brasil respondieron a necesidades de expansión territorial. Si bien las miradas del Imperio brasileño se dirigían constantemente a la anexión del Uruguay (siempre visto como una prolongación del Estado de Río Grande do Sul), esta dirección se oponía a los designios británicos, cuya corona fincaba la ampliación de sus intereses en defender un “estado tapón” (el Uruguay) para evitar que tan sólo dos países (Brasil y Argentina) controlaran los dos puertos importantes del Río de la Plata. Para ello la diplomacia británica hubo de crear “un país nominalmente independiente, lo suficientemente débil como para ceder a las imposiciones del Imperio. […] Forbes [cónsul norteamericano] comenta: ‘se trata nada menos que de […] una colonia británica disfrazada’” (5). Por ello es que finalmente el Brasil avanzó en sus planes sobre territorio paraguayo. Las causas: internas y económicas.  «La economía brasileña, sustentada en la producción de café y azúcar en base al trabajo esclavo, padecía la crisis de este sistema de producción, cada vez más costoso e ineficiente. La crisis era crónica hacia 1865, y como la única solución –que era liquidar la esclavitud– chocaba con los intereses de los plantadores, se buscaba una solución alternativa en la expansión territorial a expensas de los vecinos, con tendencia a dominar toda la zona del Plata» (6).

Fueron entonces las libras inglesas que financiaron los garrotes aplicados por los aliados sudamericanos, exigido por aquellos que, como Mitre desde La Nación, llamaban a terminar con la dictadura sangrienta de López, “el Atila americano” que sumía al Paraguay en el “reinado de la barbarie” y que amenazaba con extenderse al resto de los pueblos del Plata. “El Brasil representa la civilización y Paraguay la barbarie. El Paraguay es más bárbaro que la China” (La Nación, 29 de abril 1865).

También Sarmiento, incluso cinco años antes del conflicto bélico, desde El Nacional, hablaba de intervenir el “gobierno anómalo de Carlos Antonio López” y obligarlo a “entrar en la senda de la civilización” para abrir al comercio internacional las riquezas producto de lo que el sanjuanino bien caracterizaba como “el aislamiento paraguayo”, con lo cual entenderemos las ambiciones de la Argentina de Mitre sobre el Paraguay de López.

El aislamiento paraguayo

En efecto, Paraguay se había aislado del comercio internacional y aún del resto de las provincias del Plata, pero las causas deben buscarse en la política porteña misma de clausura de los ríos y monopolio de las rentas aduaneras, llevada a cabo por la oligarquía bonaerense, tanto en su versión unitaria como rosista, iguales frente a Paraguay. Como indica Enrique Rivera, «el aislamiento paraguayo, y con él el “nacionalismo” paraguayo, son la respuesta obligada a la política colonialista de la oligarquía bonaerense» (7). Al no permitir la libre navegación de los ríos interiores (Paraná y Uruguay) a través de los cuales las provincias interiores (incluido el Paraguay) podrían conectarse directamente al comercio internacional, las producciones locales salían únicamente por el puerto de Buenos Aires, y sólo por este, a su vez, entraban los artículos manufacturados. Este sistema reforzaba el mecanismo clave de dominación porteña: el monopolio de las rentas aduaneras. La riqueza generada en aranceles aduaneros sólo la percibía la ciudad-puerto, aunque el resto de las provincias concurriera a formarla. Fue esta situación de «poder y explotación feudales ejercidos por la provincia de Buenos Aires sobre la nación entera, en virtud de haberse adueñado del puerto nacional, convirtiendo a las provincias interiores en sus tributarias» (8), que sometió al Paraguay al aislamiento como única forma de no correr la misma suerte de las provincias arruinadas del norte argentino. Asimismo, el aislamiento y autonomismo de regiones del ex-Virreinato no debe asombrarnos: debemos recordar que existió, aunque efímeramente, una República de Entre Ríos y otra de Tucumán (1820-1821). Todos los intentos de sortear las trabas porteñas fueron boicoteados. «El Paraguay –dice Alberdi– quiso abrir comercio directo con Inglaterra en 1814. Buenos Aires lo estorbó. Lo intentó otra vez en 1825; lo estorbó, otra vez, Buenos Aires. Otro tanto pasó en 1842» (9).

Nuevamente el abogado tucumano, por otro lado, en su lucidez se percataba de otra dimensión más de la guerra, de su carácter interno: su fin, sostenía, «es interior […] no es el Paraguay, es la República Argentina […] es la vieja guerra civil… entre Buenos Aires y las provincias…» (10). Es que el Paraguay de los López representaba un mal ejemplo en la región, tanto para las ambiciones imperialistas del Brasil, colonialistas de Gran Bretaña como para la “política de unificación” mitrista y “pacificadora” que en nombre de la “organización nacional”, el “progreso”, la “civilización”, etc., se abalanzó sobre el interior para dominarlo e imponer el modelo porteño a partir de 1862.

El Interior

¿Qué sucedía en el interior, en el resto de las provincias? Por un lado, el milagro paraguayo «provocaba la admiración, especialmente, de los vecinos, esas provincias del norte argentino» (11) perjudicadas por el librecambio porteño que arruinaba a las economías regionales. Paraguay, con su exitoso ejemplo, les mostraba una alternativa basada en el desarrollo autónomo, distinta al proyecto que Buenos Aires ofrecía. En efecto, «para la oligarquía mitrista, la desaparición de ese modelo [el paraguayo] que le resulta perjudicial es meramente la continuación de las represiones realizadas en el interior a partir de 1862» (12) Fue por esto y por la ferocidad represiva de la “pacificación” mitrista que la Guerra del Paraguay fue de lo más antipopular y combatido en el interior. Durante el transcurso de la guerra se cuentan en todas las provincias (con la excepción de la provincia-metrópoli) casi un centenar de revoluciones y sublevaciones de tropas que se niegan a combatir a sus hermanos paraguayos y que sí lo harían contra Mitre, de hallar un jefe. Este debía ser Urquiza, indefectiblemente, por trayectoria, por experiencia y principalmente por tener bajo su mando a la provincia más próspera después de Buenos Aires. Pero Urquiza se encuentra domesticado, ya nadie se sorprende de sus defecciones y, por otra parte, está haciendo formidables negocios con la guerra. Entonces surge el “Quijote de los Andes”, asume el desafío y se convierte en el jefe de las montoneras: es Felipe Varela, que desde sus llanos en La Rioja es plenamente consciente de que la Guerra de la Triple Alianza era una “guerra premeditada, guerra estudiada, guerra ambiciosa de dominio, contraria a los santos principios de la Unión Americana cuya base fundamental es la conservación incólume de la soberanía de cada república”. Es que el tratado secreto de alianza establecía, entre otras cosas, que los objetivos de guerra eran quitarle a Paraguay la soberanía de sus ríos, repartir parte del territorio entre la Argentina y Brasil y derrocar la “tiranía” de López.

La guerra

La ofensiva contra el Paraguay comenzó en Uruguay en 1864, donde se hallaba gobernando el partido blanco (federal). Sobre él recayeron las fuerzas brasileñas y el general oriental Venancio Flores, aliado de Mitre y destacado por degollar centenares de federales en masa (ver Matanza de Cañada de Gómez: http://www.cepid.com.ar/batalla-de-pavon/).

Ante la movida, Solano López no podía permanecer indiferente frente al desequilibrio de poder que amenazaba claramente su posición en el concierto geopolítico, y así fue que correspondió al Paraguay iniciar la guerra contra Brasil el 12 de noviembre de 1864, ocupando parte del territorio del Mato Grosso, mientras Mitre proclamaba la neutralidad de Argentina. Las cosas cambiaron cuando López solicitó permiso al gobierno argentino para trasladar su ejército por una faja de nuestro territorio hacia el Uruguay. Mitre se lo negó y en consecuencia López invadió la provincia de Corrientes (abril 1865), tomando dos “buques de guerra” argentinos, con lo cual se inició la contienda entre ambas naciones. El conflicto continental se desató, todo siguió el curso previsto por los aliados y de esta forma Mitre cambió dos cascos viejos que apenas flotaban en el Paraná por las futuras provincias de Formosa y parte de Misiones, además de un severo ejemplo de disciplina para el Interior.

La guerra de exterminio durará unos cinco años más, al final de la cual, el 1° de marzo de 1870, tras el combate de Cerro Corá, López es alcanzado por el ejército brasileño. Lo intiman a rendirse y éste responde con una frase que entra en la historia: “¡Muero con mi Patria!” «Un tiro de Mannlicher atraviesa el corazón del mariscal que queda muerto de espaldas, con los ojos abiertos y la mano crispada en la empuñadura de su espadín de oro –en cuya hoja se leía “Independencia o Muerte”» (13)

Los historiadores no saben con precisión si dijo “Muero por” o “con mi Patria”. Al ver las consecuencias de la guerra, pensaríamos en la segunda opción.

Consecuencias de la guerra

Algunos saldos que dejó la campaña libertaria y civilizatoria en el Paraguay:

Demográficamente, las cifras son muy discutidas, pero, en promedio, se calcula un descenso del 50% o más de la población paraguaya. La mortandad masculina fue tan alta que luego el Paraguay debió permitir la poligamia.

Geográficamente (ver mapa), el Imperio del Brasil se adjudicó más de 60.000 km2, mientras que la Argentina se apoderó de casi 100.000, territorios que actualmente forman las provincias de Formosa, Misiones y parte de Corrientes.

Económicamente, de desmanteló por completo el sistema que había operado el milagro paraguayo. El historiador León Pomer, ya citado, recupera la descripción de un prestigioso geógrafo francés hacia 1890: «Después de la guerra […] el gobierno puso en venta [su inmensa propiedad nacional] a tanto la ‘legua cuadrada’ […] Los especuladores argentinos, ingleses y americanos del norte se arrojaron sobre la presa, sin respetar los pequeños enclaves donde las familias guaraníes cultivaban el suelo de generación en generación […] En pocos años las vastas soledades fueron adjudicadas a propietarios ausentes, y entretanto ningún campesino paraguayo podía cavar el suelo de su patria sin pagar una renta a los banqueros de Nueva York, Londres o Amsterdam. […] Las principales empresas pertenecen a extranjeros que residen fuera del Paraguay. La deuda externa se halla toda, o casi toda, en poder de ingleses; el ferrocarril central es en su mayor parte, igualmente de capitales ingleses; las más importantes compañías de vapores son también de extranjeros, ingleses, argentinos, uruguayos, y aun el territorio es, en considerable superficie, de propiedad de extranjeros» (14)

Al genocidio humano, al desmembramiento territorial y al tutelaje político extranjero que siguieron, se suma un hecho fuertemente simbólico que desentraña la inquina económica y productiva contra el Paraguay de los López: la destrucción total y definitiva de la fundición de hierro de Ibicuy, ejemplo de lo que resultaba verdaderamente intolerable para los aliados y Gran Bretaña.

Gestos de desagravio al pueblo paraguayo

La guerra, sin embargo, como ya hemos dicho, tuvo un amplísimo rechazo en nuestro país. Hubo numerosas sublevaciones de soldados de las provincias del Interior. Reacciones federales: proclamas a favor de la Unión Americana del caudillo Felipe Varela; López Jordán (“¿Aliarme con los porteños? Prefiero a Calfucurá”); Telmo López (hijo del caudillo santafesino Estanislao López, que se pasó a las filas paraguayas). Intelectuales y periodistas como Miguel Navarro Viola (a quien Sarmiento acusaba de ser el único ciudadano culto que apoyaba al Chacho Peñaloza, http://www.cepid.com.ar/chacho-penaloza/), José Manuel Estrada, Carlos Guido y Spano, Juan Carlos Gómez, Olegario Víctor Andrade, y entre los cuales destaca Alberdi con El crimen de la guerra y sus numerosos escritos.

Por otra parte, la historiografía argentina al respecto ha pasado desde los panegíricos de la historia liberal mitrista (Cárcano, R.; López, V. F.), evolucionando hacia la reacción revisionista (Chávez, F.; Pomer, L.; Rosa, J. M.; Ortega Peña, R. y Duhalde, E. L.; Rivera, E.; Galasso, N., etc.) hasta llegar a la historiografía reciente, donde «es sintomático que […] la Guerra del Paraguay aparezca solo escasamente mencionada y en artículos que no la tienen en el centro de su análisis» (15).

Más sensibles fueron algunos líderes populares argentinos en puntuales actos de desagravio al pueblo paraguayo. El más importante de los primeros fue el intento del presidente Hipólito Yrigoyen de condonar la deuda, propuesta que no prosperó debido a la reiterada oposición del Senado conservador y que recién llegó a materializarse en los años cuarenta del siglo XX.

Pero el gesto más emblemático lo tuvo el presidente Juan Domingo Perón. El 16 de agosto de 1954 viajó a la capital guaraní y, en nombre de la Argentina, devolvió los trofeos de guerra. En una plaza colmada se dirigió al pueblo paraguayo con estas palabras: “Vengo como un hombre que viene a rendir homenaje al Paraguay en el nombre de su sagrado Mariscal Francisco Solano López y hago llegar el abrazo del pueblo argentino a esta Patria tan respetable y tan querida. En nombre de esa amistad y de esa devolución del pueblo argentino, pongo en manos del mandatario de este pueblo, como las reliquias, el testimonio de nuestra hermandad inquebrantable”.

Ya el año anterior Perón, «habiendo sido profesor de Historia Militar por varios años, siempre había inculcado la necesidad de un revisionismo histórico con respecto a la guerra del Paraguay: “debemos amor a ese pueblo hermano a quien injustamente agredimos” y afirmó [al ministro de Defensa del Paraguay]: “puedo asegurarle que desaparecerán los resabios del mitrismo”» (16).

Pero esto no sucedió. El mitrismo del siglo XXI, que es mucho más que un resabio, sigue difundiendo la misma versión, con la misma coherencia ideológica del fundador en cuyo periódico publican. Así, cuando en 2007 se decidió bautizar con el nombre de “Mariscal Francisco Solano López” al Grupo de Artillería Blindada 2, de Rosario Tala, Entre Ríos, la prensa mitrista salió a criticar duramente la decisión, comparando a López con Hitler (17), acusándolo de quebrar el equilibrio regional y negando la injerencia británica en la guerra (18).

Aún peor fueron las críticas en ocasión de la decisión de la presidenta Cristina F. de Kirchner en agosto de 2014 de hacer entrega oficial de la colección de muebles del mariscal López que fueron confiscados y resguardados en Argentina. Al definir la mandataria argentina a la contienda como “la masacre y el genocidio paraguayo”, nuevamente la editorial mitrista relativizó la importancia del mismo recordando que «López ordenó la invasión de Corrientes, hecho acaecido el 13 de abril de 1865, y que sus tropas tomaron cautivas [cinco] que sufrieron enormes vejaciones en el campamento del presidente paraguayo»(19). Pues, como se comprende, la dignidad de cinco damas de la alta clase correntina vale lo mismo que la vida de un millón de indios paraguayos (20). “Nadie se acuerda de las tapas de diario, salvo los editores”, respondió la expresidenta. “No recuerdo a ningún editor que registre la historia, sí recuerdo al Mariscal Francisco Solano López y al General (Juan Domingo) Perón”.

Juan Manuel Reche Donadio – Profesor de Historia

 

 

Notas

(1) PALACIO, Ernesto. Historia de la Argentina, 1515-1983, Ed. Abeledo-Perrot, Bs. As., 1988, pág. 509.

(2) ARNAUD, Pascal. Estado y capitalismo en América Latina, Ed. Siglo XXI, México, 1981, p. 181.

(3) GALASSO, Norberto. Historia de la Argentina, Colihue, Bs. As., 2014, Tomo II, pág. 200.

(4) POMER, León. La Guerra del Paraguay. Ed. Leviatán, Bs. As., 2017, pp. 9 y 10.

(5) GALASSO, Norberto. Op. cit., pág. 57.

(6) PEÑA, Milcíades. Historia del pueblo argentino (1500-1955), Ed. Planeta, Bs. As., 2012, pág. 234.

(7) RIVERA, Enrique. José Hernández y la Guerra del Paraguay. Colihue, Bs. As., 2007, pág. 29.

(8) RIVERA, Op. cit., pág. 26.

(9) RIVERA, Op. cit., pág. 27.

(10) SABATO, Hilda. Historia de la Argentina, 1852-1890. Ed. Siglo XXI, Bs. As., 2012, p. 171.

(11) GALASSO, Norberto. Op. cit., pág. 201.

(12) GALASSO, Norberto. Ídem.

(13) ROSA, José María. La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas, Ed. Hypamerica, Bs. As., 1985, pág. 261.

(14) POMER, León. Op. cit., pp. 84 y 85.

(15) BARATTA, María Victoria (2013). La Guerra del Paraguay y la historiografía argentina. Recuperado de https://www.historiadahistoriografia.com.br/revista/article/viewFile/614/451

(16) BREZZO, Liliana. La devolución de los trofeos de guerra de la Triple Alianza. Colección 150 AÑOS DE LA GUERRA GRANDE – N° 18. Asunción, Paraguay, 2014.

(17) https://www.lanacion.com.ar/968480-absurdo-tributo-a-un-dictador

(18) https://www.lanacion.com.ar/976408-francisco-doratioto-no-fuimos-victimas-del-imperialismo

(19) https://www.lanacion.com.ar/1720346-reivindicaciones-historicas

(20) GALASSO, Norberto. Op. cit., pág. 200.