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John William Cooke
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Compilación de documentos doctrinarios de los Estados Unidos
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GOLPE DEL ‘55

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                     «Aquella noche de setiembre de 1955, mientras los doctores, hacendados y escritores festejábamos ruidosamente en la sala la caída del tirano, en un rincón de la antecocina vi cómo las     dos indias que allí trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas. […] ¿qué más nítida caracterización del drama de nuestra patria que aquella doble escena casi ejemplar? Muchos millones de desposeídos y de trabajadores derramaban lágrimas en aquellos instantes, para ellos duros y sombríos. Grandes multitudes de compatriotas humildes estaban simbolizadas en aquellas dos muchachas indígenas que lloraban en una cocina de Salta.»

– Ernesto Sábato

 

La contrarrevolución, triunfante en 1955, tuvo importantes y premonitorios antecedentes que nos explican el desenlace golpista del 16 de septiembre.

Si bien pueden rastrearse algunas conspiraciones con fecha más temprana, fue en 1951 cuando la primera intentona golpista se materializó en el fallido golpe de Estado encabezado por el general de brigada Benjamín Menéndez. El fracaso inmediato del alzamiento destituyente –desarticulado en cuestión de horas– fue una desilusión para el antiperonismo que había imaginado una rápida caída de Perón. Tanto más al ver que el gobierno constitucional pudo abortar, sin sangre, la sublevación (ninguno fue fusilado), a pesar de haberse decretado el “estado de guerra interno” que podía aplicar la pena de muerte sin juicio previo. Fue así que, además, desoyendo al peronismo más combativo (Eva), poco tiempo después se desarticularon las llamadas “milicias obreras” de autodefensa, al tiempo que las armas compradas a Holanda para tal fin fueron entregadas al arsenal Esteban de Luca.

Menos recordado aunque no menos premonitorio para 1955 fue el atentado en la Plaza de Mayo del 15 de abril de 1953. Se trató de un ataque terrorista durante un acto sindical organizado por la CGT en la plaza porteña, en el que dos bombas provocaron la muerte de seis personas y más de 90 resultaron heridas. Se contó entre los responsables del atentado a Roque Carranza (futuro ministro de Alfonsín), a Arturo Mathov (jefe del operativo, luego diputado nacional por el radicalismo), al abogado y periodista Mariano Grondona (integrante de los Comandos Civiles), entre otros. Este atentado puede ser considerado como un ensayo del bombardeo de junio del ’55.

A pesar de las diversas causas que originaron el enfrentamiento y que el consenso de los historiadores no llega a jerarquizar, lo cierto es que el conflicto entre el gobierno peronista y la Iglesia Católica que comenzó a fines de 1954 fue determinante y se caracterizó por una violencia creciente. El aparato peronista lanzó una campaña anticlerical muy ofensiva: decenas de sacerdotes fueron arrestados, se suprimieron cinco feriados religiosos, se eliminó la enseñanza religiosa, se aprobó sin debate la ley de divorcio vincular y hasta un proyecto para separar a la Iglesia y el Estado.

Fue por esto que cuando se produjo el bombardeo en Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, donde la Aviación Naval Argentina abrió fuego contra la población civil de su propio país, los aviones llevaban pintado el signo de “Cristo Vence” en el fuselaje. Con el objetivo de eliminar a Perón y bombardear la Casa de Gobierno y el Ministerio de Guerra, el resultado fue de 355 civiles muertos y más de 600 heridos. A pesar del llamado de Perón a una reconciliación con los sectores opositores y el pedido de calma a la clase trabajadora a través de la radio, la represalia peronista no se hizo esperar y esa misma noche incendiaron la Curia Metropolitana, las basílicas de Santo Domingo y San Francisco, junto con otras ocho iglesias. De allí en más las ceremonias religiosas se convirtieron en verdaderas manifestaciones antiperonistas. Basta añadir que el santo y seña de los conspiradores de la “Libertadora” fue “Dios es justo”.

Ante la delicada situación y fuertemente presionado, Perón ofrece una tregua al arco opositor, reconoce que durante su gobierno se habían restringido “algunas libertades” y anuncia que dejaba “de ser el jefe de una revolución para pasar a ser el Presidente de todos los argentinos, amigos o adversarios”. Y así también ofrece, por un lado, costear la restauración de los templos destruidos, a la vez que se les permitió a los presidentes de los demás partidos políticos hablar por radio. Pero ya era demasiado tarde para aquel giro conciliatorio, cualquier gesto parecía escaso a estas alturas.

Perón pasa nuevamente a la ofensiva, y luego de un simulacro de renuncia que provocó la concentración instantánea de una multitud frente a la Casa de Gobierno pidiendo que retirara su declinación, es que el Presidente, frustrado el diálogo, pronuncia su más violento discurso el 31 de agosto: “La consigna para todo peronista, esté aislado o dentro de una organización, es contestar una acción violenta con otra más violenta. Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos”. Cabe contextualizar, como lo venimos haciendo, en el marco de qué clima de enrarecida polarización y violencia en escalada se pronunciaron aquellas palabras que formaron parte del último discurso desde los balcones de la Rosada. En este verdadero caldo de cultivo para una guerra civil llegamos a septiembre.

El 16 comenzó la asonada militar en Córdoba y al mando del general Eduardo Lonardi. El bando golpista, cívico-militar y con participación de algunas instituciones, incluyó unas pocas unidades del Ejército y la Fuerza Aérea y prácticamente la totalidad de la Marina de Guerra; por otra parte, contó con el apoyo de la mayoría de los partidos políticos de la oposición, así como de la Iglesia, en articulación con los llamados “comandos civiles” que actuaron en conjunto. Los comandos civiles (verdaderos herederos de la Liga Patriótica), que comenzaron a funcionar desde el ’51, eran grupos civiles armados, células dispersas de diversa procedencia: del ámbito universitario, activistas católicos, militantes radicales, demócrata-cristianos y socialistas (“Curiosamente, los comandos más gorilas eran los socialistas, los conservadores suelen ser más pragmáticos”, escribe uno de sus integrantes terroristas del ‘53, Mariano Grondona).

Después de una semana de enfrentamientos armados en diversos puntos del territorio nacional que dejaron un saldo de más de 150 muertos, el 23 de septiembre el general Lonardi prestó juramento como “Presidente Provisional” con la suma del poder público, luego de derrocar al Presidente constitucional, al Congreso de la Nación y a los gobernadores provinciales.

Mucho se ha hablado, y se seguirá debatiendo (de forma análoga sobre aquella controvertida Batalla de Pavón de 1861) en torno a la decisión de Perón de no dar la batalla, sobre todo teniendo en cuenta que, durante la mayor parte que duró el alzamiento (desde el 16 hasta el 23), el gobierno podía fácil y rápidamente aplastar la sublevación. A diferencia de otros golpes exitosos (1930, 1943, 1966 y 1976), en el de 1955 los comandos de las tres fuerzas (Ejército, Armada y Fuerza Aérea) permanecieron leales al gobierno.

Aún así, dos semanas después del “5 por 1” del discurso de guerra del 31 de agosto, con una CGT decidida a la lucha, con los obreros en la calle gritando “la vida por Perón” (aunque de ninguna forma preparados), Perón renunciaba: “Yo, que amo profundamente a mi pueblo, me horrorizo al pensar que por culpa mía los argentinos puedan sufrir las consecuencias de una despiadada guerra civil”. Por su parte, Hugo Di Pietro, secretario general de la CGT, que ya había empezado a armar milicias populares, recomendó a los obreros permanecer en calma. Años más tarde (1967), Perón daría otra explicación (que más que establecer las razones de su decisión, nos confiesa su permanente adhesión a la paz social de la “comunidad organizada”): “Yo creí que ganaban Lonardi y Bengoa, la gente moderada del Ejército. Pensé que habría un golpe, me tratarían bien, me iba, y dos años después había elecciones y ganaba. Después me di cuenta, cuando vino la Flota y bombardeó, de que la única alternativa que me quedaba era armar a los sindicatos como estaba previsto. Pero dígame: yo los armaba ¿y quién los desarmaba?”. Fue así que aquellas armas compradas a Holanda para las milicias obreras y prontamente entregadas al arsenal Esteban de Luca, en 1955 sirvieron a los militares rebeldes para combatir a los obreros peronistas. Por otra parte, la versión “libertadora” sobre los hechos insistió en que Perón, sencillamente, no luchó por cobardía.

Como fuere, aquel 23 de septiembre, el conductor termina subiéndose a una cañonera paraguaya, partiendo hacia un exilio que durará unos 18 años, durante los cuales se desatará la furia antiperonista, proscribiendo al Partido Justicialista, reprimiendo a los trabajadores e interviniendo sus gremios y desarmando el Estado de Bienestar.

Por otro lado, también serán los años en que el movimiento obrero, sin el amparo del Estado, supo construir toda una nueva generación de dirigentes, también peronistas, pero mucho más combativos. La Resistencia fue exitosa en la medida en que se reorganizó desde la base, gracias al papel central del delegado y la delegada sindical. Un movimiento obrero más vigoroso y más despierto luego de lo sucedido en 1955 fue así posible. Hubo que esperar a una dictadura mucho más cruenta, la del ’76, para neutralizar, más efectivamente que en el ’55, a estas bases. Y la operación fue quirúrgica: el 67% de los desaparecidos son trabajadores, y se apuntó fundamentalmente contra los delegados sindicales peronistas que construían todos los días el poder de la clase trabajadora.

Juan Manuel Reche – Profesor de Historia