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REVIVAL DEL INDULTO
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julio 13, 2017

FUNDACIÓN EVA PERÓN

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Hace 69 años, el 19 de junio de 1948, los márgenes al descubierto en los inicios del Estado de Bienestar en Argentina comenzaron a ser abordados por la Fundación Eva Perón, superando el humillante principio de limosna y caridad por el de la dignidad a través de la justicia social. La acción social impulsada por la Fundación no se quedaba en la satisfacción de una necesidad básica, sino que intentaba quebrar la lógica simoníaca-indulgente del principio de beneficencia para imponer la noción de derechos sociales, sintetizada en el lema de que “donde existe una necesidad, nace un derecho”.

Luego de asumir la Presidencia de la Nación en junio de 1946, Perón, debido a las nuevas obligaciones que le imponía la primera magistratura, perdió el contacto directo con el pueblo que diariamente tenía desde 1943 en la Secretaría de Trabajo y Previsión, repartición desde la cual había cimentado la base de apoyo social que lo llevó al poder.

Fue así que de acudir a las oficinas de la Secretaría del coronel (llamada la Casa de los Trabajadores, hoy Legislatura de la Ciudad), ahora se dirigieron, personalmente o a través del correo, a la casa del llamado Primer Trabajador, es decir, a la residencia presidencial: el Palacio Unzué, demolido por la “Libertadora” en 1955 y sitio actual de la Biblioteca Nacional.

Allí se dirigían alrededor de 3.000 cartas por día y otras tantas personas se congregaban tras las rejas con la esperanza de ser recibidos por la esposa del presidente, Eva Perón. Eran, en su mayoría, personas sin empleo, a las que el Estado, por más benefactor que fuera ahora con Perón, aún no llegaba: viudas, madres solteras, ancianos, niños, lisiados, enfermos, etc. Los derechos ciudadanos se venían ampliando considerablemente desde 1943, sumando los derechos sociales a los ya consagrados derechos civiles y políticos, pero la fuente de ciudadanía e inclusión seguía emanando del trabajo. Por lo tanto, en los márgenes de esta ciudadanía laboral quedaba todo un sector de la población, en la informalidad del trabajo no registrado o formando parte de grupos vulnerables fuera del circuito laboral.

Al comienzo, Eva intentó solventar personalmente los reclamos con fondos propios y con otros que para tal fin enviaban los sindicatos, e incluso llegó a recibir a los necesitados en la misma oficina que ocupara Perón en la Secretaría. Pero pronto la magnitud del trabajo a realizar y la cantidad de personas que se acercaban diariamente fue tal que se vio desbordada.

Es que ya existía una institución que se “ocupaba”, mediante diversos organismos caritativos, del subproducto social que la Argentina oligárquica dejaba en herencia. Era una institución de antiguo abolengo patricio y de las más aristocráticas: la Sociedad de Beneficencia, creada por Bernardino Rivadavia en 1823. También conocida como Sociedad de Damas de Beneficencia, sus caras visibles eran señoras de linajudos apellidos agrarios, tales como Martínez de Hoz, Alvear, Bosch, Bunge, Anchorena, Pellegrini, Rodríguez Larreta, por citar sólo algunos. Este organismo, con recursos fundamentalmente estatales pero con autonomía para administrarlos, recibía donaciones de otras instituciones de comprobada sensibilidad social, como el Jockey Club y la Sociedad Rural.

Tradicionalmente, la Sociedad de Beneficencia designaba a la primera dama como presidenta honoraria. No iba a ser el caso en 1946. Las Damas de estola de zorro, más alarmadas que el pueblo de Roma cuando Calígula amenazaba con nombrar cónsul a su caballo, le negaron tal honor a la “actriz bataclana” de pasado dudoso devenida en esposa del presidente de la Nación. La respuesta del gobierno no se hizo esperar y en septiembre decretó la intervención de la Sociedad, transfiriéndose todos sus bienes.

Durante la llamada “gira del arcoiris” que Eva llevó a cabo por Europa en 1947 (la devastada Europa de posguerra), la Dama de la Esperanza visitó “cuanta obra social me fue posible […] Las obras sociales de Europa son, en su inmensa mayoría, frías y pobres. Muchas obras han sido construidas con criterio de ricos… y el rico, cuando piensa para el pobre, piensa en pobre”. A su regreso, cobró fuerza la iniciativa de crear una entidad que atendiera las urgencias de los sectores más necesitados, y que como organismo autónomo pudiera pasar por encima de la burocracia estatal. Fue así que el 19 de junio de 1948 y mediante el decreto Nº 20.464/48, se creó la Fundación de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón, que a partir del 25 de septiembre de 1950 se llamará simplemente Fundación Eva Perón.

“No. No es filantropía, ni es caridad, ni es limosna, ni es solidaridad social, ni es beneficencia. Ni siquiera es ayuda social, aunque, por darle un nombre aproximado, yo le he puesto ése. Para mí es ESTRICTAMENTE JUSTICIA”, dijo Evita y con ello intentaba superar el humillante principio de limosna y caridad por el de la dignidad a través de la justicia social.

Las obligaciones de la Fundación, establecidas en el estatuto, eran:

Prestar ayuda pecuniaria o en especies, facilitar elementos de trabajo, otorgar becas para estudios universitarios y especializados a toda persona carente de recursos que así lo solicite y que a juicio de la Fundadora merezcan ser otorgados.

Construir viviendas para su adjudicación a familias indigentes.

Crear y/o construir establecimientos educacionales, hospitalarios, recreativos o de descanso, y/o cualesquiera otros que permitan una mayor satisfacción de los elevados fines que persigue la institución.

Construir establecimientos benéficos de cualquier índole, los que podrán ser transferidos, al Estado nacional, provincial o municipal.

Propender, contribuir o colaborar por todos los medios a su alcance a la realización de obras de interés general y que tiendan a satisfacer las necesidades esenciales para una vida digna de las clases sociales menos privilegiadas.

Sus objetivos, pues, eran múltiples, y su misión era “cubrir lagunas en la organización nacional, porque en todo el país donde se realiza una obra siempre hay lagunas que cubrir, y para ello se debe estar pronto para realizar una acción rápida, directa y eficaz”.

La acción social impulsada por la Fundación no se quedaba en la satisfacción de una necesidad básica, sino que intentaba quebrar la lógica simoníaca-indulgente del principio de beneficencia para imponer la noción de derechos sociales, sintetizada en el lema de que “donde existe una necesidad, nace un derecho”.

Los fondos recaudados provenían, además de donaciones espontáneas, de aportes obreros (dos veces al año: el 1° de mayo y el 17 de octubre, así como la primera cuota de los aumentos salariales), de subsidios empresarios, de un porcentaje de lo que daba el hipódromo, Lotería y Casinos (lo que Perón llamaba el “impuesto a los tontos”), del Tesoro Nacional y de los excedentes no ejecutados de las partidas ministeriales.

Un repaso completo por la obra de la Fundación resultaría demasiado exhaustivo, pero veamos algunos de sus principales logros durante los 7 años que funcionó (1948-1955):

— 21 hospitales en 11 provincias y un tren sanitario recorriendo todo el país.

— 5 policlínicos en localidades bonaerenses (Avellaneda, Lanús, San Martín y Ezeiza) y el Policlínico para Niños Presidente Perón, en la provincia de Catamarca.

— 181 proveedurías, con artículos de consumo básico a bajos precios para las familias.

— Hogares de tránsito para mujeres y niños sin techo.

— 5 hogares de ancianos, donde los adultos mayores eran asistidos, tenían un techo, comida y vestimenta.

— Ciudades universitarias e infantiles, varias Colonias de Vacaciones y más de mil escuelas en todo el país: la Ciudad Estudiantil en Capital y la Ciudad Universitaria de Córdoba, con capacidad de alojamiento para 400 alumnos argentinos y 150 extranjeros; la “Ciudad Infantil Amada Allen” destinada a niños huérfanos y la República de los Niños en Gonnet, La Plata.

— Barrios enteros con todos sus servicios, como Ciudad Evita (La Matanza) y Presidente Perón (Saavedra).

— Plan Agrario: “Talleres Rodantes” que recorrían los campos dando auxilio mecánico, y “Trabajo Rural Organizado” otorgando créditos a pequeños propietarios de tierras para potenciar la producción agrícola.

— Plan de Turismo y Plan de Turismo Infantil: “Usted se paga el pasaje, y el gobierno el hospedaje” en Mar del Plata, Necochea, Tandil y Carhué.

— Guarderías en el sistema penitenciario femenino, a la vez que se enseñaban oficios (peluquería, corte y confección, etc.).

— 19 Hogares Escuela distribuidos a lo largo de todo el territorio.

— 3 Hogares de la Empleada, el mayor de los cuales funcionaba en un edificio de 11 pisos en plena Av. de Mayo, con albergue para 500 mujeres con sueldos inferiores a $500 que no tuvieran familiares ni vivienda en la Ciudad, y ofreciendo comidas de alto valor nutritivo a un precio ínfimo.

— Distribución anual de 3.000.000 de libros, juguetes, máquinas de coser, bicicletas, ropa, 1.500.000 sidras y panes dulces para las Fiestas.

(Cabe aclarar que todas estas obras, que de por sí constituirían el balance final de cualquier gobierno exitoso en materia social, sólo venían a complementar [Perón cumple, Evita dignifica] la obra inmensa de un Estado que transformó el país y cuyo desarrollo excede los límites de esta nota).

Como puede verse, la Fundación combinaba salud, educación y esparcimiento, y en lo integral de la acción social conjunta atendía a diversas problemáticas.

Por ejemplo, además de los nuevos hospitales y policlínicos y las ciudades infantiles, a los niños pobres, durante los Campeonatos Infantiles “Evita” y los juveniles “Juan D. Perón”, patrocinados y organizados anualmente por la Fundación, se les realizaba por primera vez un control sanitario (exámenes clínicos, radiológicos y odontológicos, complementados con pruebas de laboratorio y electrocardiogramas), así como regalos de primera calidad que reemplazaran los rotos que antes recibían de la caridad. Perón alimentaba así el contraste con la Argentina oligárquica, diciendo que “en la Nueva Argentina, los únicos privilegiados son los niños”.

En los diversos Hogares de la Fundación (de Tránsito, de la Empleada y de Ancianos), madres solteras, mujeres solas, ancianos desprotegidos y migrantes internos que no tenían dónde ir (comparaba Jauretche: “para los ‘cabecitas negras’ no hubo Hotel de Inmigrantes y la Villa Miseria cumplió las funciones de aquel hotel y del conventillo”), todos ellos ahora podían encontrar protección social en estos Hogares. El Hogar de Tránsito N° 2 funcionaba donde hoy se encuentra el Museo Evita.

El funcionamiento y el sentido de la Fundación contrastaban con el de la disuelta Sociedad de Beneficencia. Además del alcance y la magnitud de las obras realizadas, en la Fundación no se distinguía entre merecedores y no merecedores de ayuda (la Sociedad, por ejemplo, otorgaba premios “a la madre que haya sufrido más”, 1910; o “a la mujer que más abnegada y noblemente honre la maternidad”, 1924).

Con la intención de “reparar un siglo de injusticias” y recordando su gira por Europa donde las obras sociales, en el mejor de los casos, se asemejaban a las llevadas a cabo por la Sociedad de Beneficencia en Argentina, “frías y pobres […] construidas con criterio de ricos  […] al principio me costaba hacerles entender [a los ingenieros y arquitectos] que los hogares de la Fundación no eran asilos… que los Hospitales no eran antesalas de la muerte sino antesalas de la vida… que las viviendas no debían ser lugares para dormir sino para vivir alegremente […] Así mis descamisados pueden decirme cuando los visito en mis hogares, lo que tantas veces yo les he oído: ‘Evita: me siento mejor que en mi casa’”.

La Fundación incluso enviaba alimentos, medicinas y ropa a países de todo el mundo: España, Francia, Honduras, Japón, Israel, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Croacia, Egipto, Chile y… Estados Unidos. Fue en ocasión del crudo invierno de 1949 que se avecinaba sobre la capital de la potencia del Norte (en Washington DC el nivel de pobreza era del 47,6%). El Miami Daily News tituló: “La Fundación Eva Perón envía un regalo. Argentina vestirá a los pobres de Washington”.

Fallecida Evita en 1952, Perón asumió como nuevo presidente de la Fundación y reorganizó su estructura. Atilio Renzi, secretario de Eva, continuó en el equipo, así como Ramón Cereijo, ministro de Hacienda.

Producido el golpe de Estado de septiembre de 1955, la Fundación Eva Perón, antes que los fusilados en José León Suárez, antes que la ejecución del Gral. Valle, fue una de las primeras víctimas del régimen dictatorial. Además de interrumpir todas las obras proyectadas por la Fundación, la intervención incluyó las siguientes atrocidades:

Sólo por llevar el sello de “Fundación Eva Perón”:

— se quemaron millones de colchones, sábanas, frazadas, alfombras, cortinas, ropa, utensilios, bicicletas y pelotas de fútbol

— se destruyeron todos los frascos de los Bancos de Sangre de los hospitales de la Fundación, los pulmotores (en época de epidemia de poliomielitis), tubos de oxígeno, material quirúrgico

— se tiró al río Mendoza vajilla y cristalería importada de Finlandia y Checoslovaquia. 

En cuanto a las instituciones creadas por la Fundación:

— se desalojó a los niños internos de la Clínica de Recuperación Infantil Termas de Reyes en Jujuy para transformarla en un casino de juegos

— se ocupó militarmente cada una de las Escuelas Hogar

— se determinó la confiscación de todos los muebles de los hospitales, hogares para niños, hogares escuelas y hogares de tránsito

— se expulsó a la calle a los estudiantes de la Ciudad Estudiantil “Presidente Juan Perón” para utilizarla como centro de detención femenina

— se ordenó el cierre definitivo de la Escuela de Enfermeras, previo asalto militar.

Esta depredación fue realizada con la colaboración de los llamados “comandos civiles” radicales y de la Acción Católica Argentina. La encargada de intervenir, desmantelar y disolver toda la obra de la Fundación Eva Perón fue la asistente social Marta Ezcurra, fundadora de la juventud de la Acción Católica en 1931. Luego de recibir un informe sobre el funcionamiento de las Escuelas Hogar, dirá a sus superiores que “desde el punto de vista material, la atención de los menores era múltiple y casi suntuosa. Puede decirse, incluso, que era excesiva, y nada ajustada a las normas de la sobriedad republicana que convenía para la formación austera de los niños. Aves y pescado se incluían en los variados menúes diarios”.

La “Revolución Libertadora”, manifestando su sospecha de que la Fundación era un organismo de corrupción generalizada, dispuso la creación de una Comisión Investigadora de las cuentas de la Fundación. En 1958 concluyeron en que “no se han llegado a comprobar hechos que estuvieran penados por las leyes, pues el procedimiento técnico y legal al que se ajustaron las licitaciones, concursos de precios y compras han sido realizados en todo momento dentro de las normas administrativas de rutina”. Adela Caprile, quien integraba la Comisión liquidadora de la Fundación, luego diría: “No se ha podido acusar a Evita de haberse quedado con un peso. Me gustaría poder decir lo mismo de los que colaboraron conmigo en la liquidación del organismo”. Es que de los formidables fondos con que contaba (por dar un monto aproximado al día de hoy: más de 1.000 millones de dólares), jamás se supo su destino.

No sería la última vez que un cambio drástico de modelo, que llama “gasto social” a lo que es una inversión, anule programas de acción social por considerarlos parte de un aparato de propaganda populista y demagógica.

En septiembre de 2016, el cuestionado juez federal Claudio Bonadío ordenó destruir 60 mil cunas del Programa Qunita lanzado por el gobierno nacional anterior y derogado en abril de 2016. Lejos, geográficamente y de toda sospecha, en 2017 el estado de New Jersey se convirtió en el primero de los EE.UU. en lanzar el “Baby Box program”, que otorgará más de 100 mil kits gratuitos para los recién nacidos y con el fin de reducir la mortalidad infantil. Por su parte, en los 6 meses que funcionó el Programa Qunita se distribuyeron 74.408 kits a 289 maternidades en todo el país de los cuales 43.600 fueron entregados a las familias. Actualmente y hasta tanto la Justicia tome una resolución final, el Gobierno gasta $770.000 todos los meses para guardar los kits Qunita restantes (ya se abonaron al menos $10 millones).

En 1956, un año después de la disolución de la Fundación Eva Perón, una epidemia de poliomielitis se extendió por todo el país. La temible enfermedad de Heine-Medin mataba, paralizaba y atrofiaba a sus víctimas (las cifras oficiales hablan de 6.490 casos, con una tasa de mortalidad del 33,7 % a nivel nacional). Ante el desastre sanitario (en una época anterior al advenimiento de la vacuna Sabín oral, 1964), se necesitaron urgentemente pulmotores, los que habían sido destruidos por llevar el sello de la Fundación, por lo que fue necesario importarlos de Estados Unidos, del mismo país cuyos pobres la Argentina vistiera en años anteriores.

Juan Manuel Reche – Profesor de Historia