triple-alianza
GUERRA DEL PARAGUAY
noviembre 10, 2018
masterizado
POZO DE VARGAS: FELIPE VARELA
abril 9, 2019

ELECCIONES 1946

pagina-diario-peron

 

«Yo cuestionaba el peronismo, pero hacer campaña con los peones me encantaba.
Porque tenía mis cosas para aportar. Y terminaba dando clase.
Mi padre bajaba línea: “Hay que hacer esto porque sí, porque es así.
Y si no, pregunte a quién vota el patrón. ¿Usted va a votar como el patrón?»
Un maestro. Una historia de lucha, una lección de vida
– Guillermo Saccomanno

Si bien el punto de partida del peronismo puede ubicarse temporalmente el 17 de octubre de 1945 (http://www.cepid.com.ar/17-octubre-1945/) e incluso geográficamente en la ciudad de Berisso, “Kilómetro 0 del peronismo”; o, dadas ciertas características del régimen anterior en cuanto a criterios económicos y sociales (http://www.cepid.com.ar/revolucion-del-43/), a partir del ascenso de Perón desde 1943 en distintas funciones de gobierno (Secretario de Trabajo y Previsión, Ministro de Guerra y Vicepresidente de la Nación), es formal, constitucional y democráticamente a través de las elecciones celebradas el 24 de febrero de 1946 cuando el peronismo se consagra por primera vez como gobierno.

Frentes electorales
En la campaña se presentaron de manera tajante dos modelos antagónicos, cada uno representado por alianzas de partidos hoy llamadas frentistas. Por un lado, la Unión Democrática (UD): una alianza electoral conformada por la Unión Cívica Radical, el Partido Socialista, el Partido Comunista y el Partido Demócrata Progresista (los conservadores, a pesar de ser defendidos por los comunistas [?] no pudieron formar parte debido a la tenaz negativa de los radicales). Esta coalición, que proclamó la fórmula José P. Tamborini-Enrique Mosca (ambos radicales antiguos enemigos de Yrigoyen), se creó para hacerle frente a la de Juan D. Perón-Hortensio Quijano, que, por otro lado, impulsaba la Junta Nacional de Coordinación Política (JCP): organismo mediante el cual unificaron su accionar el Partido Laborista, el Partido Independiente y la Junta Renovadora de la Unión Cívica Radical.
El Partido Laborista, de reciente creación (24 de octubre de 1945), estaba «inspirado en el que acababa de triunfar en Inglaterra. Su organización aseguraba el predominio de los dirigentes sindicales, y su programa recogía diversos motivos, desde los más estrictamente socialistas hasta los vinculados con el dirigismo económico y el estado de bienestar» (1). En cuanto a la UCR-Junta Renovadora, también de cercana fundación, se trataba de una escisión dentro del radicalismo, «a la que se integraron unos pocos dirigentes de prestigio, de entre quienes [Perón] eligió a Jazmín Hortensio Quijano –un anciano y pintoresco dirigente correntino– para acompañarlo en la fórmula» (2). «Las relaciones entre laboristas y radicales renovadores fueron malas: aquéllos pretendían que el coronel Domingo Mercante, que había secundado a Perón en la Secretaría de Trabajo, lo acompañara en la fórmula, pero debieron conformarse con colocarlo como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires.» (3) «El propio Perón consideró que Amadeo Sabattini, importante radical intransigente de Córdoba, integrara la fórmula como vicepresidente, en un intento que fracasó.» (4).

Apoyos
Los sectores sociales, instituciones, corporaciones y medios de comunicación que apoyaron a cada frente electoral dan cuenta de los intereses que defendían los distintos modelos que cada uno pretendía imponer a través del veredicto de las urnas.
De este modo, se ubicaban apoyando a la UD –además de los partidos y agrupaciones políticas que constituían esta coalición– la Sociedad Rural (latifundistas), la Federación Universitaria Argentina (estudiantes, profesionales e intelectuales que rechazaban el nacionalismo antiliberal al grito de “Sarmiento sí, Rosas no”), la Unión Industrial (grandes empresas alarmadas frente a la escalada de legislación pro-obrera de Perón), parte de las Fuerzas Armadas (algunos sectores de la oficialidad que cuestionaban su liderazgo), la Bolsa de Comercio (donde se concentraba el gran capital de los sectores patronales), la prensa (todos los diarios nacionales más importantes) y los sindicatos opositores (aquellos capitaneados por socialistas y comunistas). Todos sectores que se dieron cita el 19 de septiembre de 1945 en lo que se denominó la “Marcha de la Constitución y la Libertad”, una reacción de la oposición que reclamaba que el poder fuera otorgado a la Corte Suprema y de la que hablaremos más adelante. Dentro de esa verdadera alianza contranatura llamada la Unión Democrática, todos planteaban someterse al hemisferio norte, sólo que algunos miraban a Washington mientras que otros (la minoría) preferían los dictados de Moscú.
De este lado, y además de la amplia base de apoyo predominantemente obrera sindicalizada y aún no, quienes apoyaban al coronel Perón fueron algunos sectores industriales persuadidos de los beneficios de un posible desarrollo productivo. Estos ideales de industrialización (aunque pesada) sumados al nacionalismo de Perón eran compartidos por gran parte de las FFAA, que, además, indudablemente debían ubicarse en las antípodas del comunismo que formaba parte de la UD y demás sectores laicizantes, liberales y anticlericales. Esta última razón también ganó automáticamente la adhesión de la Iglesia, captada por el carácter católico del decreto de 1944 que implementaba la enseñanza religiosa en las escuelas primarias y secundarias (y que sería ley en 1947) y por las permanentes invocaciones a la Doctrina Social de la Iglesia, con cuyos ideales el peronismo siempre proclamó una sintonía de fondo.

Polarización de los modelos
Explícitos los intereses expresados por cada frente, Perón «contrapuso la democracia formal de sus adversarios a la democracia real de la justicia social, y dividió la sociedad entre el “pueblo” y la “oligarquía”» (5). Fue así que la campaña se polarizó totalmente y «fue planteada como un enfrentamiento entre grandes principios absolutos, que cruzaban toda la escena política: la libertad frente al autoritarismo militar» (dado que Perón era visto por la oposición como la continuación del gobierno militar), «cuando no frente al fascismo» (debido a las “simpatías” del coronel por algunas características del fascismo italiano que pudo observar en persona en 1939); «la justicia social frente al privilegio; la soberanía frente a la intervención de las potencias extranjeras, que a ojos del peronismo encarnaba el ex embajador Braden…» (6).
Un diplomático inglés –J. V. Perowne– le escribe a sir David Kelly: «Uno no puede eludir la sensación de que el “fascismo” del coronel Perón es tan sólo un pretexto para las actuales políticas del señor Braden y sus partidarios en el Departamento de Estado: su verdadero objetivo es humillar al único país latinoamericano que ha osado enfrentar sus truenos. Si la Argentina puede ser efectivamente sometida, el control del Departamento de Estado sobre el hemisferio occidental será total» (7).

Braden o Perón
Spruille Braden, el diplomático, empresario y lobbista estadounidense que se desempeñó como embajador en diversos países latinoamericanos, fue quien organizó la oposición en la campaña electoral a favor de la fórmula Tamborini-Mosca de la UD y quien encabezó la “Marcha de la Constitución y la Libertad”. Hoy, a pesar de algunas experiencias sobre el efecto sorprendentemente aglutinador que a veces puede articular el sentimiento antiperonista, aún podemos asombrarnos de la escena estrafalaria, grotescamente variopinta e ideológicamente contradictoria que exhibió esta movilización: detrás de Braden, portando banderas norteamericanas y soviéticas, entonando las estrofas de La Marsellesa, se concentró una manifestación de más de 200.000 personas, mayoritariamente integrada por la clase media y alta porteña, que se dirigieron del Congreso a la Recoleta, en procesión insólita de dirigentes radicales, antipersonalistas, el socialista Nicolás Repetto, conservadores, demócratas cristianos y progresistas, el comunista Luis Reissig, el rector de la UBA Horacio Rivarola y diversos representantes del Poder Judicial.
A pesar de la magnificación mediática que se hizo de esta marcha, la posterior contundencia enorme del 17 de octubre (que Raúl Scalabrini Ortiz célebremente caracterizara como “el subsuelo de la Patria sublevado”), obligó a la oposición a doblar y diversificar sus esfuerzos en difamar al candidato laborista.
Fue así que Braden, nuevamente, «impulsó desde el Departamento de Estado la publicación del Libro Azul, a pocos días de las elecciones, donde acusaba al gobierno militar de colaboración con los nazis. El peronismo respondió con el Libro azul y blanco, donde denunciaba la intromisión norteamericana en la política local» (8).
Aún así, Perón y Braden mantuvieron algunas reuniones, tras las que el coronel denunció, frente a la incredulidad de algunos historiadores actuales, que el diplomático intentó sobornarlo, con lo que Perón lo paró en seco. «“Mire, no sigamos embajador, porque yo tengo una idea que por prudencia no se la puedo decir”. “No, dígamela”, replicó el rechoncho hombre del país del Norte. “Bueno -le contesté-, yo creo que los ciudadanos que venden a su país a una potencia extranjera son unos soberanos hijos de puta y yo nunca voy a ser un hijo de puta con mi pueblo”. Y sigue diciendo Perón, “Se enojó y se fue. Y con el enojo se olvidó el sombrero. Mis colaboradores jugaron un poco al fútbol con el sombrero de Braden. Es que este individuo era muy temperamental, un búfalo, y yo lo hacía enojar y cuando se enojaba atropellaba las paredes, ¡que era lo que yo quería! Porque entonces perdía toda ponderación…”» (9).
En este punto de la antinomia surge el exitoso eslogan de campaña Braden o Perón, de los más astutos. Ni siquiera nombraba al verdadero candidato adversario y daba por sentado que la encrucijada era “Colonia o Patria”, y que los tiempos reclamaban una nueva gesta patriótica que asegurara, esta vez plenamente, nuestra soberanía. Y así, en estos términos se dirigió a sus camaradas en el Colegio Militar: «Si hemos guerreado durante veinte años para conseguir la independencia política, no debemos ser menos que nuestros antecesores y debemos pelear otros veinte años, si fuera necesario, para obtener la Independencia Económica. Sin ella seremos siempre un país semicolonial […] Ni un solo privilegio al extranjero, ni un solo palmo de nuestro territorio. En eso seremos inflexibles, aunque nos hundamos. Nos hundiremos, pero con el honor de haber defendido al país» (10).
Visto así, los bandos estaban claramente definidos, la premisa era clara, como el epígrafe de esta nota. Aún así, la contienda electoral parecía reñida, y los candidatos realizaron giras por el interior durante todo aquel verano de 1946. Los de la UD, a bordo de su “Tren de la Libertad”; mientras que Perón y Evita lo hicieron impulsados por la locomotora apodada “La Descamisada”, recorriendo gran parte del país.
«Con relación a los fondos empleados en la campaña electoral, resulta notorio que la Unión Democrática dispone de una importante financiación […] mientras que en general la campaña peronista se caracteriza por su modestia, recurriendo a menudo a los métodos más populares del carbón y la tiza» (11). El 22 de febrero se cierran las campañas.

Las elecciones
Las elecciones se realizaron el 24 de febrero de 1946, con todos los requisitos previstos por la Ley Sáenz Peña de 1912 (voto universal [MASCULINO] secreto y obligatorio) y fueron reconocidas como absolutamente limpias por la oposición. Recién 41 días después se supo el resultado del escrutinio.
«Perón, junto a Hortensio Quijano, su vicepresidente, fueron elegidos el 6 de mayo de 1946 por los colegios electorales de la Capital y de las catorce provincias, los votaron 307 electores del Partido Laborista y la UCR –Junta Renovadora e Independiente–, votados a su vez, el 24 de febrero de 1946, por 1.487.886 ciudadanos. Por su parte 1.207.080 ciudadanos, en la misma fecha, habían votado por la Unión Democrática y eligieron a 72 electores que votaron, a su vez, a José P. Tamborini y a Enrique Mosca» (12). Es decir, Perón se impuso con el 52.84% de los votos, colocándose Tamborini en segundo lugar con el 42.87%, con lo que la decisión final correspondió al Colegio Electoral. Es que hasta 1946 inclusive, las elecciones a presidente y vicepresidente de la Nación eran indirectas con electores elegidos por sistema de lista incompleta. Es decir, el voto popular no elegía sino tan sólo a miembros de un colegio electoral que a su vez seleccionaba al candidato ganador. Hubo otras tres indirectas (1958, 1983 y 1989) y, hasta la fecha, nueve directas (1951, las dos de 1973, 1995 et seqq.).
En otro orden de cosas, se activó poderosamente el ejercicio de la ciudadanía, y el fervor del pueblo peronista que se expresaba en la movilización de masas también se reflejó en un mayor compromiso de participación electoral. Lo dicho puede apreciarse claramente cuando comparamos la demografía electoral de diferentes períodos, es decir, la relación Hab. inscriptos / Votantes, que da como resultado el porcentaje de participación en los comicios. En las elecciones de 1946 (83.30%) se dio un aumento considerable con respecto a las anteriores (fraudulentas) de 1937 (76.16%), proporción que volvió a ampliarse en 1951 (87.95%), cuando reeligió Perón (http://www.cepid.com.ar/reeleccion-peron-1951/).

Consecuencias
El binomio ganador asumió sus cargos el 4 de junio de 1946, aniversario de la Revolución. El Congreso de la Nación quedó así formado, en su Cámara baja, por 109 representantes peronistas frente a un total de 158; y, en el Senado, en poco tiempo se logró la unanimidad. A su vez, al tratarse también de elecciones simultáneas para gobernador en cada provincia, el peronismo arrasó en todas, con la sola excepción de Corrientes.
La consecuencia inmediata de la derrota provocó la rápida desaparición de la Unión Democrática. Asimismo, lo propio sucedió con la coalición ganadora, cuando a fines de 1946 los tres partidos se disolvieron en el Partido Único de la Revolución que posteriormente se convertiría en el Partido Peronista. Se inauguraba a mediados de los ’40 una nueva antinomia, de la que tantos ejemplos ofrece nuestra historia nacional. «Al enfrentamiento radicales-conservadores […] le sucedía una lucha nueva […] el conflicto entre el peronismo y el antiperonismo pasó a organizar la disputa política argentina» (13).
De allí en más la oposición, en sus diversos grados de antiperonismo, para acceder al poder tuvo que recurrir, además de proscribir al partido mayoritario, a golpes de Estado (1955, 1962, 1966, 1976), a pactar con el peronismo (1958) o a moverse en la cornisa (1963).
El triunfo de Perón en 1946 sentó un peligroso ejemplo en la región: el historiador norteamericano Hubert Herring escribe, pocos meses después: “Tenemos una Argentina obstinadamente fuera de alcance, es decir, una Argentina que no va a permitir que le elijamos su presidente” (14).

Juan Manuel Reche Donadio – Profesor de Historia

Notas

(1) ROMERO, Luis Alberto. Breve Historia Contemporánea de la Argentina. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1994, p. 136.
(2) Ídem.
(3) Ibid, p. 137.
(4) CATTARUZZA, Alejandro. Historia de la Argentina 1916-1955. Ed. Siglo XXI, Bs. As., 2012, p. 198.
(5) ROMERO, Luis Alberto. Op. cit., p. 138.
(6) CATTARUZZA, Alejandro. Op. cit., p. 197.
(7) GALASSO, Norberto. Historia de la Argentina, Colihue, Bs. As., 2014, Tomo IV, p. 141.
(8) CATTARUZZA, Alejandro. Op. cit., p. 197.
(9) BASCHETTI, Roberto Bruno (1996). Las Elecciones del 24 de febrero de 1946. Recuperado de http://www.robertobaschetti.com/pdf/LAS%20ELECCIONES%20DEL%2024%20DE%20FEBRERO%20DE%201946.pdf
(10) PERÓN, J. D. Discurso en el Colegio Militar, del 7/8/1945.
(11) GALASSO, Norberto. Op. cit., p. 178.
(12) HIRSCHMANN, Pablo (2014). El Peronismo, las elecciones y la duración de los mandatos presidenciales: una cronología crítica. Recuperado de htpp://www.ancmyp.org.ar/user/files/Hirschmann.I.14.pdf
(13) CATTARUZZA, Alejandro. Op. cit., p. 202.
(14) Citado en PAGE, Joseph. Perón. Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 1984, tomo II, p. 185.