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MANUEL DORREGO
junio 10, 2018
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GUERRA DEL PARAGUAY
noviembre 10, 2018

BATALLA DE PAVÓN.

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El 17 de septiembre de 1861 se libró la batalla de Pavón entre las fuerzas de la Confederación, al mando de Justo José de Urquiza, y las del Estado de Buenos Aires, de Bartolomé Mitre. El “misterio de Pavón” se ha intentado explicar desde la masonería, la traición, la intriga, las ambiciones personales y apelando a razones de índole más económica. Pero lo cierto es que se trata de un parteaguas en la historia argentina: en aquella batalla se decidió qué tipo de Estado se iba a construir en la República Argentina.

 

Antecedentes

Con la caída de Rosas en 1852, responsable de la postergación indefinida de la Constitución, todo debía encaminarse hacia la definitiva organización nacional. Pero, como temían Rosas y Facundo Quiroga, ese “fetiche”, el “cuadernito”, no pudo garantizar la unión y la provincia-metrópoli no participó del Congreso que en 1853 sancionó la Constitución Nacional. A partir de entonces, el país quedó por casi diez años dividido en dos: el Estado de Buenos Aires, por un lado; y la Confederación, por otro, incluyendo al resto de las provincias con capital en Paraná y bajo el mando de Urquiza como presidente (1854-1860).
La secesión, además, afectaba gravemente la economía de la Confederación al conservar Buenos Aires el monopolio de las rentas aduaneras. En vano fueron los intentos de Urquiza de romper esta estructura económica con la Ley de Derechos Diferenciales que en 1856 establecía que las mercaderías extranjeras provenientes del puerto de Buenos Aires pagarían doble impuesto. Las medidas no dieron los resultados esperados: el centro financiero del país seguía estando en la desembocadura del Plata, beneficiado enormemente por un mercado mundial que comenzaba a demandar productos ganaderos.
El entrerriano comprendió entonces que el único camino era la reincorporación de la provincia rica y rebelde “por la razón o por la fuerza”, y de esta forma, ya que la razón económica porteña no lo acompañaba, se preparó para medir fuerzas en la batalla de Cepeda del 23 de octubre de 1859. La victoria fue clara para la Confederación y tuvo como consecuencia inmediata la firma del Pacto de San José de Flores, por el cual Buenos Aires se incorporaría a la Confederación luego de algunas reformas constitucionales a su propuesta al año siguiente, cuando Urquiza entregó el mando a su sucesor el abogado cordobés Santiago Derqui.
Fue durante su breve presidencia (1860-1861) que estallaron los conflictos que dejarían sin efecto el Pacto de San José de Flores y llevarían a un nuevo enfrentamiento. Por un lado, cuestiones legales en torno a la elección de diputados provinciales ante el Congreso Nacional, que fueron realizadas de acuerdo con la ley electoral porteña (que disminuía la representación del resto de las provincias) y no por la ley nacional, que finalmente llevó a que fueran rechazados. Y por otra parte, la crisis en San Juan, donde una serie de derrocamientos y asesinatos (Nazario Benavídez, José Antonio Virasoro, federales; y Antonino Aberastain, unitario) orquestados desde Buenos Aires terminó por caldear la guerra civil a escala nacional.
Así, Derqui encomienda el ejército de la Confederación a Urquiza, mientras Buenos Aires hace lo propio con su gobernador el coronel Bartolomé Mitre.

La batalla: “¡No dispare, general, que ha ganado!”

Urquiza trató por todos los medios de negociar con Mitre, pero la intransigencia de Derqui, de quien sospechaba quería hacerlo a un lado, lo llevó a orillas del arroyo Pavón, sur de Santa Fe, donde el ejército confederal de 17.000 hombres se encontró con 22.000 nacionales de Mitre. La superioridad numérica, a la que se suma la del armamento, sin embargo, no era de temer. Urquiza «es un militar de experiencia, [Mitre] ha sido derrotado hasta por los indios en Sierra Chica. El resultado no parece dudoso, y todos suponen que pasará como en Cepeda, en octubre de 1859, cuando el ejército federal derrotó a los libertadores».
Entonces sucede lo insólito, el “misterio” de Pavón: Urquiza, a pesar de estar venciendo, ordena la retirada. «Lentamente, al tranco de sus caballos para que nadie dude que la retirada es voluntaria». De esta forma, el experto general vencedor en Caseros y Cepeda, con trece provincias detrás, le deja la victoria a Mitre, uno de los militares más ineptos del país y que sólo varios días después se enteró que había ganado la batalla.
Correrán ríos de tinta para explicar esta entrega. Por lo pronto, Mitre hace correr los de sangre entre el resto de las tropas federales cuando el general Venancio Flores pasa a degüello a más de 300 hombres en Cañada de Gómez, siguiendo las tristemente célebres instrucciones de Sarmiento, que en la ocasión le aconseja “no economizar sangre de gauchos”. De esta matanza, conocida como la Matanza de Cañada de Gómez, salvaron sus vidas algunos federales como José Hernández y Leandro N. Alem, mientras Urquiza se va a Entre Ríos para ya no volver.

Consecuencias políticas: “Los salvajes unitarios están de fiesta”

Sellada la suerte de la Confederación, Derqui renuncia y pocas semanas más tarde hace lo suyo el vicepresidente Pedernera, con lo cual se disuelven las autoridades y asume Mitre como presidente, primero en carácter provisional y luego, en 1862, constitucionalmente. «De esta manera, mediante una combinación de amenaza militar, coacción política y algunos sangrientos enfrentamientos armados, el país entero se subordinó a la dirección de Buenos Aires». Con la reincorporación de esta provincia, se derroca a todos los gobernadores federales dando inicio al proceso de organización nacional con las presidencias constitucionales (1862-1880) de Mitre, Sarmiento y Avellaneda, que llevarán a la consolidación del Estado a partir de Roca y la Generación del ’80.
La historia mitrista y la Academia se apresuraron a dar una versión conciliadora: «¿Quién triunfa en Pavón? –se pregunta uno de éstos, Ramón José Cárcano–. La Unión Nacional. Unitarios, federales, porteños y provincianos, la Confederación y Buenos Aires, Urquiza y Mitre, todos triunfan, porque todos luchan por la organización y unidad de la patria. […] ciudadanos de la misma nación, palpitando la misma sangre, enarbolando la misma bandera. […] Son dos corrientes de la historia con la misma finalidad fundamental y dominante. Cualquiera tendencia que triunfara, sus resultados habrían caído en el mismo cauce y coronado la unión de la república».
Nada menos cierto. La batalla de Pavón en sí no es más que un acontecimiento que engrosa la lista de enfrentamientos en la denominada guerra civil entre federales y unitarios, con el aditamento, tal vez, de cierto “misterio” en la retirada de Urquiza, sobre la cual se puede conjeturar largamente. Pero lo cierto es que se trata de un parteaguas en la historia argentina, con consecuencias enormes que definirán la forma que adquiere el Estado, esto es, nominalmente federal, pero bajo la hegemonía de Buenos Aires y a imagen y semejanza de sus intereses. Habrá libre navegación de los ríos, nacionalización de las rentas aduaneras e incluso, años más tarde, federalización de la Capital (1880), pero el Estado se construirá bajo la influencia de la provincia más poderosa, Buenos Aires, en manos de una oligarquía que sabrá imponer su proyecto político-económico a escala nacional. El Estado se estructurará desde, por y para Buenos Aires, siendo las provincias más beneficiadas (Santa Fe, Córdoba y sobre todo Entre Ríos) aquellas cuyas élites dirigentes y tipo de producción se identifiquen y acompañen los intereses porteños. El resto del país seguirá siendo colonia de la provincia-metrópoli, sin atenderse sus intereses económicos; y las autonomías provinciales, último rastro del federalismo, serán avasalladas toda vez que el poder nacional lo considere una amenaza a la unidad. «Las provincias interiores –decía Alberdi– son nada, son mera entidad nominal, poder en el nombre. El verdadero poder, el centro de vida y de acción dirigente en la República Argentina está en las cuatro provincias litorales. Son el proscenio de nuestro gran teatro; allí se desempeña el drama. El resto del país es platea que ve, oye, aplaude o silba».

Las razones de la retirada

Ahora bien, resta esclarecer las razones del “misterio de Pavón”, la retirada de Urquiza, sobre la cual hay diversas interpretaciones que se ensayan desde la masonería, la traición, la intriga, las ambiciones personales y las de índole más económica.
«Una cierta corriente historiográfica sostiene que la defección de Urquiza se debió pura y exclusivamente a las órdenes impartidas por la masonería, [lo cual] ha dado pie para sostener que en obediencia a las órdenes de la Gran Logia, Mitre y Urquiza llegaron a un acuerdo, previo a la batalla».
También se ha hablado de la tensa relación entre Urquiza y su sucesor presidencial, manifiestas explícitamente en el descubrimiento de unas cartas personales de Derqui, contrarias a la política del gobernador entrerriano. En ellas –según Julio Victorica– Derqui hablaba de restar influencia al general Urquiza y trasladar el eje del federalismo hacia la provincia de Córdoba, de donde era oriundo el mismo Derqui, aunque bajo la figura del general Saa, puntano. Añade Victorica que Urquiza «después de este incidente, amén que ya iba contrariadísimo a la guerra, era muy extraño que continuase sirviendo a un gobierno que se manifestaba tan ajeno a la alta y noble misión que le correspondía desempeñar».
Alberdi, sucintamente, se refiere al saldo personal en la trayectoria militar del entrerriano: «¿Para que ha dado Urquiza tres batallas? Caseros para ganar la presidencia, Cepeda para ganar una fortuna, Pavón para asegurarla». En efecto, cuando Mitre se hace elegir presidente y depone a ocho gobernadores federales legítimamente electos, no interviene el feudo de Urquiza, a pesar de los consejos de Sarmiento –que fueron siempre de temer– de “Southampton [donde se hallaba Rosas en el exilio] o la horca”. Urquiza «ya había negociado su indulto con Mitre […] a cambio de su prescindencia y que se hallaba resuelto a enclaustrarse en los límites de su provincia feudal» durante casi veinte años más. «En Entre Ríos la frase más popular y sugestiva por esos días era: Urquiza se ha vendido a Buenos Aires. Todas las memorias y recuerdos de los entrerrianos de la época contienen expresiones semejantes».
«La política posterior de Urquiza ratificaría su posición: dejaría arrasar a las provincias federales; otorgaría a Mitre los electores de Entre Ríos para que así lograra la presidencia; apoyaría la guerra contra el Paraguay, en desacuerdo con su pueblo que se le sublevó en Toledo y Basualdo; y así, iría perdiendo su sólido prestigio, hasta caer bajo el puñal asesino al grito de “¡muera el traidor!”»
Norberto Galasso, por otra parte, nos acerca la explicación económica de la defección de Urquiza: «los estancieros entrerrianos enfrentan a la oligarquía porteña en la medida en que esta no les reconoce su parte en las rentas aduaneras […] todo lo cual los lleva a una posible alianza con los jefes populares de las provincias interiores, pero, en última instancia, su condición de ganaderos los hermana a la suerte de Buenos Aires en su vocación por el mercado mundial. Esta presión contradictoria […] se define finalmente en una opción prooligárquica traicionando la causa nacional. Si Urquiza triunfa en Pavón, necesitará el apoyo del interior para resistir la oposición de la oligarquía porteña. Pero, en ese caso, debería optar por un modelo de crecimiento hacia adentro, posponiendo su vocación hacia el Atlántico. En la encrucijada, opta por ser cómplice del mitrismo y decide retirarse del campo de Pavón dejando vía libre al proyecto agroexportador sometido a la división internacional del trabajo».
Es decir, la economía entrerriana, de las más solventes del país, no era muy diferente de la de Buenos Aires, sólo que, a diferencia de ésta, se veía estancada por la política de monopolio de la Aduana. Enfrentar a Buenos Aires hubiera sido posible sólo si Entre Ríos reorientaba su producción, como el resto de sus provincias aliadas, hacia el mercado interno, renunciando así a las enormes ventajas del comercio internacional.
Esto no fue lo que sucedió y Milcíades Peña profundiza aún más brillantemente sobre la cuestión: «…la resistencia contra la oligarquía porteña se estaba tornando demasiado costosa para los estancieros entrerrianos, que no tenían por qué seguir jugándose junto al Interior y al gauchaje si lograban un acuerdo con el patriciado porteño por el cual éste no se entrometiera en las cuestiones de Entre Ríos –es decir, de Urquiza– y en compensación Urquiza dejaba librado a su suerte al interior del país y al gauchaje frente a los patacones y los batallones de Buenos Aires. En última instancia, Urquiza y los estancieros entrerrianos deseaban para el país el mismo destino que sus colegas bonaerenses, aunque les sugería que más valía contentarse con el papel de segundones que arriesgarse a perder demasiado en una lucha a muerte que, desde su punto de vista, no tenía objeto, ya que el dominio nacional de la oligarquía porteña no podía afectar la buena marcha de sus negocios ni intentar arruinarlos como hizo Rosas con el monopolio de la navegación de los ríos. Que los paisanos del Interior hambreados por la competencia que entraba por el puerto de Buenos Aires fueran pasados a cuchillo por la oligarquía porteña para que no perturbaran sus acuerdos con el capital extranjero era cosa que no podía preocupar demasiado a los ganaderos entrerrianos, tanto más cuanto que ellos también opinaban que más le valdría al país concentrar toda su población en el Litoral y dedicarla a apacentar vacas abandonando el resto a la providencia. Urquiza sabía todo esto, y de ahí su política conciliadora y su claudicación final frente a la oligarquía porteña, que de inmediato lo aceptó como socio menor en el gobierno sobre el resto del país».

Juan Manuel Reche – Profesor de Historia

[1] Parte recibido por Mitre durante su fuga de los campos de Pavón, ignorando la victoria.
[2] ROSA, José María. Artículo “El misterio de Pavón”, en Retorno, 5 de noviembre de 1964.
[3] Ídem.
[4] HERNÁNDEZ, José. Vida del Chacho. Ed. Ceal, Bs. As., 1967, p. 10.
[5] SABATO, Hilda. Historia de la Argentina, 1852-1890. Ed. Siglo XXI, Bs. As., 2012, p. 101.
[6] CÁRCANO, Ramón José. Urquiza y Alberdi; intimidades de una política, p. 56, Buenos Aires, 1939. Citado en LEVENE, Ricardo. Lecciones de Historia Argentina, Ed. Lajouane, Bs. As., 1947, Tomo II, p. 507.
[7] ALBERDI, Juan Bautista. Cartas a Gutiérrez, en Correspondencia diplomática, Bs. As., 199, p. 264.
[8] LÓPEZ ROSAS, José Rafael. Historia constitucional argentina. Ed. Astrea, Bs. As., 1996, p. 548.
[9] VICTORICA, Julio. Urquiza y Mitre. Contribución al estudio histórico de la organización nacional, Buenos Aires, J. Lajouane & Cía Editores, 1906, p. 408.
[10] ALBERDI, Juan Bautista. Escritos Póstumos, Buenos Aires, Imprenta Europea, vol. V, p. 268.
[11] PALACIO, Ernesto. Historia de la Argentina, 1515-1983, Ed. Abeledo-Perrot, Bs. As., 1988, p. 491.
[12] RAMOS, Jorge Abelardo. Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, Tomo II,  Del Patriciado a la Oligarquía 1862-1904, Bs. As., Senado de la Nación, 2006, pp. 75 y 76.
[13] LÓPEZ ROSAS, José Rafael. Historia constitucional argentina. Ed. Astrea, Bs. As., 1996, p. 550.
[14] GALASSO, Norberto. Historia de la Argentina, Colihue, Bs. As., 2014, Tomo II, p. 153.
[15] PEÑA, Milcíades. Historia del pueblo argentino (1500-1955), Ed. Planeta, Bs. As., 2012, pp. 212 y 213.