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Ceferino Namuncurá, el indiecito santo

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                                                         Ceferino Namuncurá, el indiecito santo

                                                                                Por Roberto A. Román                     

 

“¡Qué dicha es la de poder llegar un día a ser sacerdote!

Entonces volvería a mis tierras a enseñar a tantos paisanos míos

a conocer y amar a Dios.”

“Tengo que prepararme para enseñar la religión, y convertir

no sólo a los de mi familia sino también a todos los de mi raza.”

Ceferino Namuncurá

                                                                                                                                                           

  1. “Desertificación por Conquista” y captura de almas

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Después de 1810 y hasta la Conquista del Desierto, transcurrieron siete décadas dominadas por las guerras civiles, la secesión de la provincia de Buenos Aires del resto de la Confederación Argentina, la Guerra del Paraguay, rebeliones montoneras en el Noroeste y en el Litoral y revoluciones varias. El período posterior a la independencia se caracterizó por los continuos enfrentamientos, tanto por la demarcación de las fronteras con los países vecinos, como por las tensiones entre centralistas y federalistas, conservadores y liberales.

Alcanzada cierta estabilidad política, coincidente con la consolidación del Estado nacional (1852-1880), los diferentes gobiernos que se fueron sucediendo en el poder central destinaron una parte importante de sus recursos económicos, políticos y militares, en expandir el control estatal hacia los espacios del territorio que se mantenían poblados por grupos humanos considerados bárbaros y alejados de toda fe y devoción por el Dios de los cristianos.

Una de las características del modelo de expansión territorial argentino, a diferencia de otras experiencias en la región, fue su bajo nivel de inclusión de los indígenas en el sistema productivo y el sangriento exterminio y “desertificación” a través de la conquista militar[1]. Pueden rastrearse antecedentes de la justificación del aniquilamiento de los indígenas pampeanos y patagónicos en los escritos del gobernador Martín Rodríguez (1820-1824), quien dejó testimonio de sus argumentos en uno de sus diarios personales de la siguiente manera:

“La experiencia de lo que ha sucedido nos enseña cuál es la mejor manera de tratar con estos individuos; ella nos conduce a la convicción que la guerra contra ellos debe ser conducida hasta el exterminio. Hemos escuchado a menudo las palabras de genios filantrópicos que han sostenido la disponibilidad de los indígenas a la civilización y la industria y la facilidad de su apertura a la amistad. Es suficiente haber estado en contacto con sus costumbres, haber observado sus necesidades, el carácter y los progresos que su genio es capaz de aceptar, para convencerse que lo que se pretende es imposible. Debemos aceptar, aunque con dolor, que los pueblos civilizados no podrán sacar de esta gente utilidad alguna, ni para la cultura, ni por algún motivo relacionado en su posible prosperidad. En la guerra se presenta el único motivo de la relación con ellos, a la luz del principio que es necesario abandonar toda idea de urbanidad y considerarlos enemigos que es necesario destruir y exterminar.”[2]

La Iglesia no quedó al margen de este proceso, mientras la cultura del hombre blanco se abría paso a sangre y fuego, los padres salesianos brindaron una importante colaboración en la tarea educativa y evangelizadora entre las comunidades indígenas. Así como los jesuitas se destacaron en las misiones del Paraguay, la tarea de los salesianos en la Patagonia quizás resulte una de las más significativas entre finales del s. XIX y principios del s. XX. Tal vez, los deseos de Don Bosco no hayan podido ser realizados según las expectativas previstas, en los tiempos programados y con la eficacia esperada. Sin embargo, no quedan dudas, y así lo demuestran numerosas fuentes y documentos dejados por la orden, sobre la clara convicción de su función evangelizadora y el acercamiento de la civilización inspirada en los modelos occidentales a los pueblos indígenas del sur argentino.

Es en este contexto donde surge la figura de un personaje que hasta nuestros días despierta admiración y devoción popular. Ceferino Namuncurá, un hijo de la Pampa, nacido en los toldos de Chimpay y criado en los ranchos de San Ignacio, sujeto a una herencia de barbarie, de latrocinio, de inmoralidad y alcoholismo hasta la corta edad de once años, será quien se convierta poco tiempo después de su muerte en Roma en una de las representaciones más significativas de la vocación religiosa y la divina providencia. Se adjudica a la voluntad de Dios y a la obra educativa de los padres salesianos, el hecho de que este joven indiecito lograra en poco más de un lustro convertirse en un niño educado, culto, religioso y obediente. Sin embargo, poco se ha dicho de las posibles razones que empujaron al nieto del bravo cacique Calfucurá a optar por el camino evangelizador de los misioneros de Don Bosco.

De los relatos e historias de vida seleccionados para este trabajo podemos inferir que la vocación al sacerdocio es un misterio de amor entre un Dios que llama por amor y un hombre que es capaz de responderle libremente y por amor. Implica la responsabilidad de ser un puente entre Dios y los hombres, representa un llamado a seguir en este mundo, para salvarlo, pero sin ser del mundo. La decisión de tomar el camino al sacerdocio se cumple luego de un proceso de discernimiento donde el aspirante al ministerio a servicio quiere dedicar su vida a ayudar a sus hermanos y hacer este mundo más como Dios lo pensó.[3]

¿Cómo vivió Ceferino esa experiencia? ¿Qué implicó para él y su familia el hecho de recibir la educación religiosa impartida por los padres salesianos? ¿Cuáles fueron sus deseos y aspiraciones? ¿Qué representó su muerte para la Iglesia y la comunidad indígena que lo vió nacer en un contexto de hambre, desolación y abandono?

Antes de abordar la historia de vida de Ceferino e intentar responder estos interrogantes, es preciso avanzar sobre algunas consideraciones de cómo explican los hombres de fe la aceptación del llamado de Dios para cumplir el ministerio del sacerdocio. Seguidamente, nos propondremos describir el proceso histórico, político y cultural, del cual emerge la figura del menor de los hijos del cacique Manuel Namuncurá. Para finalmente reflexionar sobre la figura y el legado de Ceferino desde una  perspectiva que se ajuste más a la realidad del proceso histórico descrito que a los clásicos estereotipos de “civilización y barbarie”.

  1. La vocación sacerdotal

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 Era 21 de septiembre de 1954, Día del Estudiante, Jorge Bergoglio, que por aquel entonces era un jovencito de 17 años,  decidió arrancar la jornada visitando su parroquia, la iglesia porteña de San José de Flores. Cuando llegó se encontró con un sacerdote nuevo, que al inspirarle cierta confianza se convirtió en su confesor. Él mismo relatará más de medio siglo después que no se trató de una confesión más, sino una confesión que despabiló su fe:

“En esa confesión me pasó algo raro, no sé que fue, pero me cambió la vida; yo diría que me sorprendieron con la guardia baja… Fue la sorpresa, el estupor de un encuentro; me di cuenta de que me estaban esperando. Eso es la experiencia religiosa: el estupor de encontrarse con alguien que te está esperando. Desde ese momento para mí, Dios es el que te ‘primerea’. Uno lo está buscando, pero Él te busca primero. Uno quiere encontrarlo, pero Él nos encuentra primero.”[4] 

               

Ese acontecimiento significó la fuente de inspiración de su ministerio a servicio, a partir de allí sintió la firme convicción de que quería… tenía que ser sacerdote. Finalmente, ya terminado sus estudios secundarios y habiendo madurado su decisión, a los 21 años, decidió entrar al seminario y terminó optando por el de los jesuitas. Relatará algunas décadas después:

“(…) después de pasar por el seminario arquidiocesano de Buenos Aires, entré en la Compañía de Jesús atraído por su condición de fuerza de avanzada de la Iglesia, hablando en lenguaje castrense, desarrollada con obediencia y disciplina. Y por estar orientada a la tarea misionera.”[5]

Bergoglio recuerda la reacción de su familia cuando les confesó que su vocación era ser sacerdote. Cuenta que a su padre le pareció muy bien y que sólo le preguntó si estaba realmente seguro de la decisión que había tomado. En cambio, su madre, una creyente católica practicante, le manifestó sus dudas y de hecho no lo acompañó el día que entró en el seminario. Su abuela comprendió el llamado de Dios, sin embargo no dejó de agregar: “-Por favor, no te olvides que las puertas de la casa están siempre abiertas y que nadie te va a reprochar nada si decidís volver”.[6]

Jorge Bergoglio, hoy conocido mundialmente como el Papa Francisco[7], resume así el origen de su vocación de fe sacerdotal:

“La vocación religiosa es una llamada de Dios ante un corazón que la está esperando consciente o inconscientemente. A mí siempre me impresionó una lectura del breviario que dice que Jesús lo miró a Mateo en una actitud que, traducida, sería algo así como ‘misericordiando y eligiendo’. Ésa fue, precisamente, la manera en que yo sentí que Dios me miró durante aquella confesión. Y ésa es la manera con la que Él me pide que siempre mire a los demás: con mucha misericordia y como si estuviera eligiéndolos para Él; no excluyendo a nadie, porque todos son elegidos para el amor de Dios. ‘Misericordiándolo y eligiéndolo’ fue el lema de mi consagración como obispo y es uno de los pivotes de mi experiencia religiosa: el servicio para la misericordia y la elección de las personas en base a una propuesta. Propuesta que podría sintetizarse coloquialmente así: ‘Mirá, a vos te quieren por tu nombre, a vos te eligieron y lo único que te piden es que te dejes querer’. Ésa es la propuesta que yo recibí.”[8]

El cura Tomás Castelarín relata, durante una de las entrevistas que tuvimos con él en su parroquia, que desde muy chico en su hogar se vivió un clima de fe por parte de toda su familia materna, pues su madre venía de una familia de diez hermanos, de los cuales tres hermanas eran religiosas y uno de los hermanos sacerdote. Cuando se refiere al origen de su vocación sacerdotal nos cuenta:

“(…) yo creo que nace un poco con el contacto, con mi primera experiencia familiar, que es una experiencia desde la fe. Me parece que el hecho de ver lo que vivíamos en casa, sobre todo por mi mamá, la conexión que yo tenía con la Parroquia Corazón de María, donde era monaguillo y aspirante. También, el contacto con mi tío el sacerdote y alguna vez con el Seminario. Entonces, de algún modo yo diría que eso fue desde la fe como uno dice una ‘gracia’ de Dios, pero también fue algo que de algún modo surgió como algo normal.”[9]

 

    Las frecuentes visitas al Seminario de Rosario, donde su tío se desempeñaba como sacerdote y como profesor, le permitieron incorporar ese ambiente como un espacio familiar donde se sentía contenido y a gusto. Rememorando su infancia, el padre Tomás Catelarín, o “Tomasito” como lo llaman los más cercanos, narra:

“(…) ese primer contacto con los seminaristas fue para mí muy importante, aunque lo único que hicimos fue jugar al fútbol, pero yo les pregunté qué hacían, a qué hora se levantaban, cómo estudiaban y me impactó. Cuando yo volví de esa visita, me empecé a preguntar: ¿Cómo sería vivir como sacerdote? Al otro día era lunes, yo tenía que ir a la escuela. Entonces le pedí a mi mamá no ir a la escuela, no solamente no ir para hacerme la chupina en casa, sino para pensar. Mi tío me había regalado un  tarjeterito nuevo, entonces escribí en él una frase: ‘Quiero ser sacerdote para ayudar a los demás’. Puse punto, y pensé que me iban a salir muchas más frases, pero sin embargo no me salió ninguna más. Luego me surge el asunto de decirlo, porque el tema es ese, cómo decirlo, cómo decir que quería ser sacerdote. Alguna vez, uno o dos años antes yo ya había sentido el deseo por este tema. Me iba al árbol del fondo de mi casa, teníamos un árbol de damasco, me subía arriba del árbol y allí pensaba sobre el “decir”, cómo decirle a los demás lo que uno interiormente podía estar pensando. Siempre me frenaba el tema de cómo decirlo. Finalmente, me decido y digo, por qué no, tengo que decirlo. Y bueno, al final lo digo. Se lo digo primero a mi mamá. En un primer momento no es que ellos me rechazaron la propuesta, pero me dijeron que primero terminara el primario. Yo estaba en ese momento en quinto grado cuando se hacía primero superior, de manera que se terminaba en sexto. Mi mamá me dijo:        ‘- Terminá la escuela y después entrás’.”[10]

Fue así como el 12 de marzo de 1961, teniendo doce años recién cumplidos, ingresó al Seminario de Capitán Bermúdez, donde inició un largo camino de formación: cinco años del secundario con el título de Bachiller Nacional, tres años en Filosofía y cuatro años de Teología. Continuó con el bachillerato en Buenos Aires y culminó con un doctorado en Roma. Desde 1991 reside en la Argentina, siendo destinado a la Arquidiócesis Metropolitana Católica Apostólica Romana de Rosario.

Juan Carlos Villarreal nació en el seno de una familia humilde de la ciudad de Rosario, un barrio de trabajadores conocido popularmente hace décadas como la República de la Sexta[11]. Vivía con su madre, dos hermanos y su padre, que era trabajador portuario. Ingresó al Seminario Diocesano de Rosario en el año 1957. Allí terminó sus estudios secundarios, siendo parte de una generación de seminaristas que combinó su vocación religiosa con una activa participación política y social. Lo que aquí nos parece importante rescatar, manteniendo el hilo conductor con las dos historias de vida mencionadas anteriormente, tiene que ver  con aquellas experiencias, recuerdos o vivencias que marcaron significativamente a cada uno de estos hombres y que representaron un momento fundante de su vocación religiosa y su relación con las instituciones eclesiásticas. Resulta revelador que en el mismo momento en que Juan Carlos comienza a presentarse en la entrevista que mantuvimos con él para esta investigación, a sabiendas que el tema de nuestro trabajo aborda cuestiones relacionadas con las creencias religiosas y la fe católica, nos dice lo siguiente:

“Yo nací en la República de la Sexta, en una familia trabajadora, obrera. Mi viejo trabajaba en el puerto y  tenía dos hermanos más. Vivíamos de las creencias populares, de esos ritos que tiene el pueblo y que no sé de dónde salieron, como por ejemplo, cuando llegaba Semana Santa, cuando llegaban las tres de la tarde del viernes, yo me acuerdo que mi mamá nos mojaba los ojos para significar que llorábamos por la muerte de Jesucristo. No éramos de ir a misa, hasta que mi hermano mayor se hizo miembro de la Acción Católica, en la Iglesia del Pilar, y de alguna manera empezó a influenciar sobre el resto de la familia. Entonces, hizo que mis padres se casaran por Iglesia, que fuesen dominicalmente a misa y que yo fuese a la Acción Católica, allí en la Iglesia del Pilar. A partir de esa experiencia y de las charlas que nos daban los curas que hablaban de las misiones en África, de la ayuda a los “negritos” y todo eso, se ve que despertó en mí las ganas de salvar almas, salvar “negritos”, salvar no sé que cosas. Así me apareció la inquietud de ingresar al Seminario. Y bueno, se hacen los trámites y así entro al Seminario.”[12]

Los relatos seleccionados, salvando las distancias entre las diferentes experiencias o historias de vida de cada uno de los actores presentados, guardan relación unos con otros en algunos aspectos que vale la pena destacar, sobre todo si lo relacionamos con el tema que deseamos abordar y sobre los cuales volveremos hacia el final del presente trabajo. Las tres historias tienen en común: 1) la vocación religiosa es producto de la gracia de Dios, uno no descubre a Dios sino que es descubierto por Él; 2) el ámbito primario de socialización de las prácticas religiosas es el núcleo familiar más próximo, presentándose la inspiración al sacerdocio como un fenómeno “normal”, como algo “natural”; 3) la necesidad de ayudar a los demás asocia la vocación sacerdotal y la fe cristiana con una compleja trama que combina creencias populares, prácticas devocionales, hábitos y costumbres familiares; y 4) durante la etapa de formación y la vida sacramental, la obediencia, la disciplina y la tarea misional con vocación para “ayudar a los demás” son prácticas indisociables entre sí.

  1. Araucanización de la Pampa

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              Los vastos territorios de la Pampa y la Patagonia fueron ocupados por los indios tehuelches. Las diferentes comunidades conformaban una unidad cultural desde mucho antes de la llegada de los conquistadores españoles, unidad que comenzó a modificarse con la penetración de los araucanos desde Chile. El nombre “tehuelches” se lo asignaron estos últimos y significa “gente brava”. En cuanto a los araucanos, ese es el nombre con que los denominaron los españoles porque procedían de Arauco, pero su nombre indígena era mapuche, gentilicio que significa “gente” (che) de la “tierra” (mapu). Entre mediados del siglo XVII y comienzos del siglo XVIII, los araucanos o mapuches que habitaban Chile cruzaron la cordillera y penetraron en la Argentina.

Los diferentes grupos que constituían la cultura tehuelche ocupaban la extensa planicie que va desde el sur de las actuales provincias de Santa Fe, Córdoba, San Luis y Mendoza hasta Tierra del Fuego. Eran pueblos nómades que basaban su supervivencia en la caza y la recolección. Organizados socialmente en grupos de familias extensas respondían a las órdenes del cacique, quien organizaba las cacerías y dirigía las largas marchas.

La expedición de Pedro de Mendoza había dejado en estas tierras alrededor de cien yeguas y caballos que se internaron en las praderas. Los primeros tehuelches que se toparon con ellos lograron domesticarlos hasta hacerlos suyos. Tan significativo fue este encuentro que funcionó como motor del cambio cultural. Fue por medio del caballo que estos pueblos indígenas lograron cubrir extensos territorios, mejorando las técnicas de caza y el modo de hacer la guerra. Los caciques se hicieron cada vez más fuertes, lo que llevó a que poco a poco la caza fuese suplantada por la depredación, porque las partidas de guerreros indios, también llamados “malones” por los españoles, se acercaban a los poblados para robar el ganado de los hacendados y hacerse de provisiones y prisioneros, sobre todo mujeres y niños.

Fue tan sorprendente el adiestramiento de los caballos indígenas que esto permitió a los guerreros alcanzar considerables ventajas sobre sus enemigos y al mismo tiempo garantizar una adecuada defensa de la vida comunitaria. Las aldeas se fortificaron con empalizadas y se incorporaron nuevos armamentos, tanto en las prácticas ofensivas (la lanza reemplaza al tradicional arco y flecha) como en el plano defensivo (armaduras de cuero de caballo). Las armas de fuego fueron siendo incorporadas lentamente, para hacerse de uso corriente en el siglo XIX.

 

  1. Buenos Aires y los territorios indios

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                                     La expansión de los tehuelches y araucanos desde el sur y suroeste amenazó las posesiones españolas primero y la campaña de los criollos bonaerenses luego de la Revolución de Mayo. El gobierno de Buenos Aires destinó importantes recursos económicos y esfuerzo humano en mantener los límites territoriales protegidos de los avances de los indios. Como sostiene Carlos Martínez Sarasola en su obra Los hijos de la tierra, “más que límites físicos, esta frontera obsesionante dividía dos mundos en pugna. Más que político-militar, fue una frontera cultural”.[13]

La frontera se afianzó con la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, pero ya existía hacía algunos años con la construcción de los primeros fortines. El primero fue el de Arrecifes, levantado en 1736. Y en 1752 se fundaron los de Salto, Luján y El Zanjón, donde fueron destinados para su defensa las nuevas compañías de Blandengues. Hacia 1781, las fronteras de Buenos Aires y Santa Fe estaban custodiadas por los fortines de Chascomús, Ranchos, Lobos, Navarro, Areco, Rojas, Pergamino, Melincué y Esquina, que se sumaban a los ya mencionados anteriormente.

Con los virreyes comenzó a planificarse la guerra contra los indios de la llanura. Pedro de Cevallos (1777-1778), Juan José de Vértiz y Salcedo (1778-1784), Nicolás Cristóbal del Campo (1784-1789), Nicolás de Arredondo (1789-1795) y Pedro de Melo (1795-1797), cada uno a su modo, establecieron una estrategia contra los temibles tehuelches, ranqueles y araucanos. Las expediciones anuales organizadas por los virreyes centraron especial atención sobre los yacimientos de sal ubicados al este de la actual provincia de La Pampa, en los límites con la de Buenos Aires, región que adoptó el nombre del preciado mineral: Salinas Grandes.

Luego del estallido de la Revolución de Mayo, aparecieron en la escena social grupos marginados como negros y gauchos, quienes peleaban por ocupar un lugar en la nueva sociedad que comenzaba a constituirse. En medio de estos significativos cambios aparecen también las comunidades indígenas, tratando de acomodarse del modo en que podían y como las dejaban, según lo que sabían y estaba a su alcance hacer.

En 1810 el gobierno revolucionario envió al coronel Pedro García a una expedición de reconocimiento en la Salinas Grandes. El principal objetivo de esta misión fue buscar los medios para explotar la sal, pero también buscar alianzas entre los indígenas y fortalecer la planificación de nuevos asentamientos poblacionales en la zona de frontera. De este viaje se obtuvo además de la sal, importantes registros de datos geográficos y culturales.

El coronel García será nuevamente convocado por el gobierno diez años después. Fue en ese entonces que elevó un completo informe advirtiendo lo perjudicial que sería mantener una guerra permanente con los indios y propuso la negociación pacífica. A su entender y parecer, la relación amistosa con los principales caciques propiciaría mejores posibilidades para llegar a un acuerdo de paz en la frontera. Fue así que en marzo de 1822 inició su segunda expedición destinada a firmar tratados con las tribus de indios del sur.

Sin embargo, no todas las autoridades compartían la opinión de García. En 1826, cuando Bernardino Rivadavia asume el gobierno de Buenos Aires (1826-1827), inicia una política contraria a la integración, y procuró mantener separados y alejados a los indios de la llanura. El coronel prusiano Federico Rauch será quien lleve a cabo la política de exterminio que facilitara el gobierno de Rivadavia. De hecho, a este sanguinario coronel se lo recuerda por el asesinato de centenares de indios. En 1829, un indio ranquel apodado “Arbolito” vengó a los suyos sorprendiendo y asesinando a Rauch.

Indios y cristianos vivieron en guerra permanente hasta 1833, cuando Juan Manuel de Rosas realiza su primera expedición al desierto. Consiguió la amistad de algunos caciques, entre ellos los tehuelches Juan Catriel el Viejo y Juan Manuel Cachul, y atacó a los indios rebeldes en sus propias “guaridas”. La ofensiva se llevó a cabo en un frente que desde Cuyo y Buenos Aires cubrió el país a lo ancho, movilizando cerca de 3.800 soldados en una acción militar sin precedentes hasta entonces. El plan ideado por Rosas fue comandado por Facundo Quiroga. Las operaciones finalizaron el 25 de mayo de 1834, logrando la dominación de las principales comunidades, muchos de sus caciques fueron muertos (Levin, Quellef, Pichún, Paillarén, Picholoncoy), fugados (Maulín, Chocorí, Yanquetruz) o prisioneros (Marileo, Mariquer, Antibil, Yanquimán, Callupán).

El resultado de esta iniciativa fue la liberación de mil cuatrocientos cautivos y una paz que, salvo breves intermitencias, duró casi dos décadas. En realidad, Rosas proponía la amistad con los indios, motivado por la intención de poder incorporarlos a las faenas agrícolas. De este modo, al mismo tiempo que se beneficiaba a los hacendados en sus actividades económicas, los cuales demandaban mano de obra que se habituara a los duros trabajos rurales, intentaba frenar la guerra con los caciques. Ya demasiados hombres insumían las guerras civiles.

Gracias a esta campaña, Buenos Aires logró extender su territorio unos miles de kilómetros cuadrados al oeste y al sur. Con las tribus amistosas, Rosas acordó un sistema de regalos y recompensas. Periódicamente el gobierno entregaba a los caciques una cantidad de buenos caballos y una provisión de yerba, tabaco, azúcar y ginebra. A cambio de esos regalos los indios se comprometían a no cruzar la frontera, e incluso se mostraron dispuestos a cumplir el servicio militar, porque se sentían parte del nuevo orden.[14]

Algunos historiadores afirman que Rosas fue el promotor del ascenso del gran cacique araucano Juan Calfucurá (Piedra Azul, en mapuche). Combinando su inteligencia para desplegar complejas maniobras militares y una sutil habilidad para mantener conversaciones diplomáticas con los principales caciques de la región, Calfucurá logró la supremacía de su linaje.[15] Entre las habilidades del cacique, Mariana Vicat destaca lo siguiente:

“Uno de sus métodos favoritos para zanjar diferencias políticas con otras tribus era arreglar casamientos, como el celebrado entre su sobrina y el nieto del cacique ranquel Yanquetruz. Su extraordinaria capacidad de orador siempre lo ayudó a imponer su voluntad entre los indígenas, que consideraban la elocuencia como un don divino. Su hegemonía se prolongó a lo largo de casi cuarenta años y durante unas dos décadas mantuvo con su compadre, Juan Manuel de Rosas, una relación cordial, regida por la negociación. El jefe supremo de la Federación se valió de la ayuda mapuche en su lucha contra los unitarios. Cafulcurá incluso solicitó usar uniforme y el contillo federal, y reforzó las fuerzas rosistas en Caseros.”[16]

Los acuerdos de paz no excluyeron situaciones de violencia o enfrentamientos entre cristianos e indios: hubo malones y campañas punitivas por parte del gobierno. Un caso paradigmático que sirve para resaltar la actitud de las autoridades podemos observarlo en 1836, cuando entre setenta y cien araucanos cayeron prisioneros durante una incursión a Bahía Blanca. Fueron trasladados a Buenos Aires y allí se los fusiló frente a las barracas de Retiro “por rebelión, asesinato y robo”. John Henry Mandeville, ministro británico testigo de los hechos, relató la escena en una de sus cartas:

“(…) los primeros diez que llegaron no tenían ni la menor idea de lo que iba a ser de ellos, ya que no se había efectuado ni siquiera un simulacro de juicio, y cuando los sentaron en los (…) pensaron que los iban a juzgar; las decenas restantes iban llegando al lugar y generalmente antes de que retiraran a sus infortunados compañeros. Esta carnicería produjo poco o ningún afecto entre los habitantes (…).”[17]

Trabajos como los de Silvia M. Ratto  y  María M. Bjerg, por solo mencionar algunos de los más destacados, dan acabada cuenta de la compleja trama de relaciones sociales que tuvieron lugar en el mundo de las fronteras bonaerenses. En las investigaciones realizadas por ambas historiadoras podemos encontrar detalles de algunos de los principales sucesos acaecidos en los espacios de frontera,  y en los cuales se pone especial énfasis en las negociaciones entre las distintas facciones de poder indígenas lideradas por los caciques y el poder central bonaerense. Además de los daños ocasionados por las incursiones indígenas o la ferocidad de las campañas militares sobre territorio indio, es posible observar como se desarrollan vínculos pacíficos derivados del intercambio comercial, el trabajo indígena en las estancias y matrimonios interétnicos que surgieron como fruto de las relaciones amigables entre los caciques  y sus interlocutores criollos.[18]

Luego del derrocamiento de Rosas, Calfucurá se alió con Justo José de Urquiza y la Confederación en su lucha contra Buenos Aires. Los araucanos arremetieron contra las poblaciones limítrofes  y causaron cientos de muertos en Bahía Blanca, Azul y Olavarría. Luego de la derrota de Urquiza en Pavón, las incursiones se extendieron con la misma intensidad en las provincias de Córdoba, Santa Fe y la región cuyana. El presidente Bartolomé Mitre (1862-1868) intentó responder con mayor firmeza a las agresiones indígenas, pero el gran cacique no dudó realizar nuevas incursiones en Tres Arroyos, Claromecó y Tapalqué.

A mediados de 1873, Piedra Azul yace en su lecho de muerte. Mientras en Buenos Aires y otras provincias fronterizas festejan con alegría la partida del gran cacique de las Salinas Grandes, más de doscientos caciques se reúnen para elegir su sucesor. Los pretendientes a ocupar el vacío de poder dejado por el gran cacique son cuatro: Millaqueu-Curá, hijo mayor de Calfucurá y sus hermanos Manuel Namuncurá, Bernardo Namuncurá y Alvarito Reumaycurá. Luego de intensas discusiones, se llegó al acuerdo de formar un triunvirato, desplazando al hijo mayor por su alcoholismo y designando a Manuel como el hombre fuerte del grupo.

Durante la presidencia de Nicolás Avellaneda (1874-1880), Adolfo Alsina ocupando el Ministerio de Guerra, lanza una sistemática y programada lucha contra los indios, pero no tiene como objetivo exterminarlos. Está convencido que debe llevarse la frontera cada vez más adentro del vasto territorio ocupado por las comunidades indígenas, pero no sólo por medio de las armas. El 2 de agosto de 1875 pide al Congreso de la nación, a fin de ganar dos mil quinientas o tres mil leguas, “doscientos mil pesos fuertes para fundar pueblos, establecer sementeras, formar plantaciones de árboles y levantar fortines fuera de las líneas actuales de fronteras”.

En abril de 1876 logra ocupar Carhué, lugar preciado por los indios, allí tenían sus invernadas, entrenaban sus caballos y celebraban importantes fiestas. Antes de su muerte el cacique Calfucurá ordenó a sus herederos que no dejasen que los cristianos jamás se apoderaran de esas tierras. Estaba convencido que mientras los mapuches conservaran ese bastión, mantendrían su poderío. Efectivamente la pérdida de estos territorios ocasionó a la tribu de Namuncurá el empeoramiento de las condiciones de subsistencia.

La ocupación fue acompañada con la delimitación de una nueva línea de frontera, marcada por una prominente zanja. Esta gigantesca obra, que tenía cien leguas de extensión y que se construyó por guardias nacionales y obreros a sueldo, no fue para terminar en absoluto con el problema del indio, sino, como declaró Alsina, para “hacer imposible las grandes invasiones y difíciles las pequeñas”. Esta zanja imposibilitaría los grandes malones. Alsina, no renunció a la guerra ofensiva, pero resuelve sólo atacar a los indios en sus tolderías cuando la zanja está concluida y defendida por ochenta y dos fortines, hay detrás de ella poblaciones y cuenta con tropas del ejército bien preparadas, dinero y con la ayuda del ferrocarril y el telégrafo.

A la muerte de Alsina, el 29 de diciembre de 1877, ocupa su lugar un joven coronel llamado Julio Argentino Roca, partidario de la guerra ofensiva y de exterminio. Su plan es atacar a los indios en todos los frentes, en una extensión de trescientas leguas. Entre 1878 y 1879, se llevaron a cabo una serie de campañas militares sobre el territorio indígena que culminaron con la expedición hasta el río Negro. El resultado de las mismas, según consta en la Memoria del Departamento de Guerra y Marina de 1879, fue de 1.271 indios de lanzas prisioneros, 1.313 indios de lanza muertos en combate, 10.539 indios no combatientes prisioneros y 1.049 indios reducidos voluntariamente. Los indios reducidos y los reducidos voluntariamente fueron destinados a los ingenios y obrajes del norte argentino, al servicio doméstico en la ciudad de Buenos Aires o a las reservas de la región patagónica. Quedó más que claro que el objetivo fundamental de esta política de gobierno, fue eliminar cualquier posibilidad de organización autónoma en los pueblos indígenas, subordinándolos al naciente Estado nacional como ciudadanos de segunda clase.[19]

  1. Los salesianos en la Pampa

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Hacia fines de 1875, Don Bosco dispone que parta a Buenos Aires una misión salesiana. El grupo de nueve religiosos estará encabezado por el Padre Cagliero. Al despedirlo, Don Bosco les da un crucifijo y un papelito que dice:

“Buscad almas, y no dinero ni honores. Usad de caridad y de cortesía con todo el mundo. Cuidad especialmente a los enfermos, a los niños, a los salvajes, a los pobres. Obedeced a las autoridades. Haced que el mundo conozca que sois pobres en el traje, en la comida, en la casa. Las penas de cada uno sean las penas de todos. A los jóvenes, recomendadles la frecuente confesión y comunión. En las fatigas y en los padecimientos no olvidéis que tenemos un gran premio preparado en el cielo.”[20]

Una vez en la Argentina, la comitiva salesiana tardará tres años en partir hacia los territorios del sur ocupados por los indios. Lo harán en 1878, cuando el general Roca parte hacia la Pampa. Con él irá el vicario general de la arquidiócesis, monseñor Antonio Espinosa, que lleva como ayudantes a los padres Santiago Costamagna y Luis Botta.[21]

El 26 de abril de 1879 los sacerdotes llegan a Carhué, comenzando con su tarea evangelizadora en la Pampa y en la Patagonia. Sin embargo, es importante saber que antes de los salesianos otras órdenes religiosas habían comenzado a predicar el cristianismo entre los indígenas. Los lazaristas abrieron el camino, en 1874 ya andaba entre las tolderías el padre Jorge María Salvaire (1847-1899).

Otro lazarista, el padre Pablo Emilio Savino, realizó también por esos años grandes cosas entre los indios. Convirtió al cristianismo al cacique Coliqueo, cuyos toldos visitaba desde una estancia cerca del Bragado. Construyó una capilla de seis varas por once y dos piecitas para sacristía, escuela y casa del misionero, todo de madera.

Pero los primeros evangelizadores del sur fueron los jesuitas provenientes de Chile. Mascardi, en 1670, fundó una misión a orillas del lago Nahuel Huapí, y allí estuvo hasta que los indios lo asesinaron. Treinta años después, Van der Mere, el padre Laguna, como lo llamaban, llegó a tierras de los pehuelches, los que al cabo de cuatro años lo envenenaron. También fue asesinado el padre Elguea, su sucesor.

A mediados del siglo XVIII, tres jesuitas se ocuparon de explorar los vastos territorios de la Pampa y la Patagonia. Fueron los padres José Cardiel, Matías Stróbel y Thomas Falkner. Este último es el autor del famoso libro Descripción de la Patagonia. Con la supresión de la Compañía de Jesús por Carlos III, la experiencia de los padres jesuitas se verá interrumpida de la misma manera que en las Misiones del Paraguay.

La obra de los padres jesuitas y lazaristas no logró arraigo, pese a que las tribus del sur no prestaban demasiada resistencia a ser evangelizados. En cambio, el despliegue de los salesianos logrará en sólo cinco décadas cubrir con sus fundaciones un territorio gigantesco: desde el sur de la provincia de Buenos Aires hasta Tierra del Fuego. Entre esas fundaciones deben señalarse veintinueve colegios y treinta y cuatro iglesias y capillas. Y para difundir la fe cristiana se valieron de modernos medios: periódicos, bibliotecas, talleres, escuelas agrícolas, asociaciones obreras, oratorios festivos y hasta bandas de música.

Entre los salesianos que mejor se destacaron, sin lugar a dudas, debemos mencionar al padre Domingo Milanesio (1843-1922). Se instaló en una humilde capilla en el lejano poblado de Viedma, la cual será la única en toda la Patagonia, desde el río Negro hasta Tierra del Fuego, es decir, en una extensión de más de ochocientos mil kilómetros cuadrados. Con infinita paciencia, sin dinero, sin saber de dónde obtendría los mínimos recursos para subsistir y sin temor de ser asesinado por los indios, comenzó su prédica cristiana.

  1. El hijo del gran cacique derrotado

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Una vez derrotado, Namuncurá acuerda la paz con las autoridades nacionales. Se le otorgan algunas parcelas de tierra en San Ignacio donde se asentará junto a su familia. El significativo cambio de vida pronto lleva a la familia del gran cacique a vivir en la pobreza y entre indios andrajosos y hambrientos. Para evitarle estos males, Namuncurá se dirige con su hijo Ceferino, de once años, a la ciudad de Buenos Aires con la intención de que reciba la educación necesaria que le permita mejorar sus condiciones. Por intermedio del entonces ministro de Guerra y Marina, el general Luis María Campos,  el niño es colocado en el taller de la Armada, que el ministerio poseía en el Tigre.

Parece que allí el estudio de Ceferino consiste en aprender el oficio de carpintero y a él no le agrada esto. No porque escapara a las tareas que requerían destreza física, pues en realidad se destacaba en ello, sino porque sentía que de esa manera no podría ayudar a sus hermanos los indios. Luego de manifestarle el descontento a su padre, éste se decide por recurrir al doctor Luis Sáenz Peña, a quien conoce desde hace tiempo. El ex presidente de la República es, además, amigo y protector de algunos caciques, a los que favoreció durante su breve presidencia (1892-1895).

Sáenz Peña será quien se ocupe de recomendar al niño a la comunidad de los salesianos. Namuncurá se dirige al Tigre y retira a su hijo. El 20 de septiembre 1897, vestido con su imponente uniforme de coronel de caballería, el cacique se presenta con Ceferino y uno de sus hijos en el Colegio Pío IX. Allí se hacen las diligencias necesarias para inscribirlo como alumno.

Cuenta el padre Francisco Tomasetti, procurador  en la causa de beatificación del indiecito, que desde el comienzo Ceferino realizó grandes esfuerzos por adaptarse a la vida civilizada entre los hermanos salesianos:

Debió “combatir contra el propio natural, enemigo de cualquier yugo y disciplina, tanto que le resultaba difícil ponerse en fila con sus compañeros y ser puntual a la campana; pero bien pronto, empujado por una voluntad formidable, por un deseo de mejorarse y perfeccionarse, sobre todo por el amor a Dios, que obraba en él con su gracia, llega, con tenaz sacrificio, a una virtud que alcanza lo heroico.”[22]

Luego de cinco años de estudio, el joven es trasladado al colegio de Viedma donde comenzará a prepararse para iniciar su camino sacerdotal. Para ese entonces, Ceferino ya gozaba de una prestigiosa fama de estudiante aplicado y disciplinado en sus tareas. Lograba despertar la admiración de sus pares y maestros, ejerciendo una particular influencia de liderazgo entre los alumnos menores, que no hacían más que obedecer sus deseos y modestas indicaciones.

Cuenta en sus memorias monseñor Cagliero, que enterado el cacique Namunrcurá que su joven hijo pretendía seguir sus estudios con vista a ordenarse sacerdote solicitó audiencia con los padres salesianos para retirarlo del colegio. Fue así que el prelado buscó la intermediación de Sáenz Peña para evitar que se llevase a cabo el plan del cacique, quien quería a su hijo como secretario. Finalmente, Ceferino permaneció en el Colegio, donde además de avanzar en su educación se desempeñaba como ayudante del sacristán de la capilla.

Años más tarde, uno de sus compañeros ordenado ya sacerdote, dirá del joven indiecito:

“Nunca pudimos olvidar la devoción, formalidad, continente recatado, movimientos pausados y ordenados con que se acercaba y se alejaba del altar, haciendo sus genuflexiones correctas, encendiendo y apagando las velas con seriedad, moviéndose en la iglesia con un recato tan grande que llenaban de admiración a cuantos lo veían y sabían su historia.”[23]

 

A mediados de 1904, los superiores de la orden salesiana deciden trasladar a Ceferino a Buenos Aires, con la intención de enviarlo a Italia donde continuará sus estudios en filosofía y latín, y donde también recibirá una mejor atención en su salud. Ya para esta fecha había presentado los síntomas propios de la tuberculosis.

Recién llegado a Turín, tendrá oportunidad de conocer personalmente a Don Rúa, el sucesor de Don Bosco, superior de los salesianos. No dejará de causar admiración en todos aquellos que tienen oportunidad de conocerlo. Relata un sacerdote:

“Su porte modesto y recogido, el aire de bondad, traspiraba de su rostro; la sonrisa que florecía constantemente de sus labios y los modales, sencillos y cultos a un tiempo, le atraían las simpatías y benevolencias de todos, que se maravillaban de hallar tanta bondad y finura en un hijo de la Pampa salvaje.”[24]

Desde su arribo a Italia, la comunidad religiosa se ve interesada en conocerlo y saber de su vida y la su pueblo en la Patagonia. Durante los días que se encuentra con la comunidad salesiana, Ceferino constituye la principal atracción. También lo reciben periodistas y se publican notas en los periódicos. Le llaman il principe Namuncurá Zeffirino y hacen público su retrato.

Tendrá oportunidad de acompañar a la comitiva de salesianos que se reuniría con el Sumo Pontífice, Pío X[25]. Los diarios de Roma, al relatar la audiencia, dirán que entre los salesianos estaba “el hijo del rey de las llanuras patagónicas”. Durante la audiencia el joven Namuncurá dará lectura a un breve discurso, lo cual hará en italiano y con perfecta pronunciación. Contará más tarde el indiecito:

“Cuando empecé todo lo hice sin sentir nada en el cuerpo. Pero después que estaba en la mitad, todo mi ser se puso en movimiento: las piernas me temblaban; las manos, igual; la voz se me perdía un poco en la garganta. Hasta que al final, cuando me arrodillé para pedir la bendición a Su Santidad para mi persona, familia y para los indios de la Patagonia, se me aumentaron los temblores y las lágrimas saltaban de mis ojos.”[26]

Pasan las semanas y la salud de Ceferino se agrava. Es internado en el Hospital de los Hermanos de San Juan de Dios, donde lo atiende el Dr. José Lapponi, médico personal de los Papas León XIII[27] y Pío X. El 11 de mayo de 1905, en horas de la noche agoniza y finalmente muere a las seis de la mañana. Al día siguiente unas pocas personas asistirán a su entierro, el cual se llevará a cabo en el cementerio de Campoverano. Su tumba es lo más pobre que puede haber, rodeada de bellos cipreses, una vieja cruz de madera indica el lugar donde fue depositado el cuerpo para su descanso eterno.

Enterado de su muerte, el veterano cacique Namuncurá lamentará profundamente la pérdida de su hijo menor. Al mismo tiempo agradece a los padres salesianos los cuidados ofrecidos:

“Mucho he sentido la muerte de mi querido hijo, lejos de la patria, sin tener el consuelo de abrazarlo y darle el último adiós. Pero me consuela que los haya hecho por mí el inolvidable monseñor Cagliero y los salesianos que lo asistieron. Resignado en mi dolor, acatando la disposición de Dios, no tengo sino palabras de reconocimiento hacia los salesianos, que lo educaron. Y lo mismo sus hermanos, mis hijos.”[28]

 

                Al poco tiempo de su partida de este mundo, en Roma comienzan los homenajes. No tarda en producirse un movimiento a favor del indiecito. Comienzan a buscarse sus cartas y cuadernos de estudio, y se reúnen opiniones acerca de su vida y sus virtudes. En 1924, por orden del presidente Marcelo T. Alvear (1922-1928), sus restos serán trasladados a la Argentina y llevados a Fortín Mercedes, sitio donde irá surgiendo un verdadero culto popular hacia el descendiente de los Piedra. Los indígenas de la comarca le rezan en su tumba y millares de personas se hacen devotas de Ceferino, acercándose hasta el lugar en largas caravanas.

Los padres salesianos editan un boletín bimestral de cuatro páginas, titulado Noticiario Ceferiniano, en donde se publican las cartas de las muchas personas que dicen haber recibido el favor de Ceferino y hasta milagros. Con el transcurso de los años serán cientos los testimonios de este tipo. Es así que el 24 de septiembre de 1944 se inicia en Roma el proceso de beatificación. El largo título del expediente dice: “Artículos de prueba testimonial propuestos por el postulador de la causa, reverendo monseñor don Francisco Tomasetti, para el proceso informativo sobre la fama de santidad, virtud y milagros, en general, del siervo de Dios Ceferino Namuncurá, alumno de la Pía Sociedad Salesiana de San Juan Bosco”.

Ceferino practicó la virtud heroica, en su alegato en la causa de beatificación, dice el padre Tomasetti:

“El heroísmo de todas las virtudes cristianas consiste en la observancia perfecta, fiel, pronta, constante, diligente y jovial de la ley de Dios y de los preceptos de la Iglesia, según la propia edad y el propio estado, en medida y en modo de superar, en la práctica de la vida cristiana y virtuosa, a los fieles comúnmente considerados buenos y piadosos.”[29]

 

El 3 de marzo de 1957, el Papa Pío XII[30] aprobó la introducción de la causa de Ceferino Namuncurá. Quince años después, el 22 de junio de 1972, el Papa Paulo VI[31] lo declaró venerable, transformándose en el primer argentino que llegó a esa altura de santidad. Por razones de seguridad, en 1992 sus restos fueron trasladados a una sala contigua del Santuario de María Auxiliadora de Fortín Mercedes.

Finalmente, el 11 de noviembre de 2007, el cardenal Tarcisio Bertone, enviado por el Papa Benedicto XVI[32], ante más de 100.000 fieles en una ceremonia realizada en Chimpay, ciudad natal del hijo menor del gran cacique, proclama a Ceferino Namuncurá beato de la Iglesia Católica Apostólica Romana.

  1. Quiero estudiar para ser útil a mi gente

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Ceferino, el niño elegido, el último de los hijos del gran guerrero que se enfrentó valientemente a los ejércitos de Alsina y Roca, fue de todos sus hermanos el único que no pudo ver el esplendor del poderío de su padre. Atrás habían quedado los días en que su pueblo deambulaba libre por las extensas planicies de la Pampa y la Patagonia, siendo temido y respetado, pero también, profundamente odiado por la naciente oligarquía porteña. Barridos por el sable, el fusil y el cañón, cuando no por la viruela, sólo habían logrado sobrevivir aquellas familias de las cuales el hombre blanco podía sacar algún provecho.

Desde su llegada a este mundo, Ceferino, se convierte en el principal testigo de cómo la violencia, el hambre y la extrema miseria, se apoderaban de la felicidad perdida de su gente. Visten harapos que apenas cubren mal sus cuerpos, los ponchos lucen andrajosos y hasta los caballos son tan flacos que acompañan la lánguida fisonomía de sus jinetes. Pese a todo esto, Don Manuel se ocupa de su educación hasta el más mínimo detalle. Entiende que el hijo de un gran líder, debe preparase como tal, sabiendo defender a su pueblo con bravura y sin titubeos. Aún siendo muy pequeño, aprenderá a cabalgar con gran destreza y el manejo de las armas no le será desconocido. Se podrá comprobar también más adelante, durante su permanencia en el Colegio Pío IX, primero, y luego, en la Escuela Agrícola Don Bosco que los salesianos poseían en Uribelarrea, la gran capacidad que tiene para transmitir oralmente a sus compañeritos decenas de historias que le había contado su padre sobre sus antepasados.

Al comienzo de este trabajo presentamos tres historias que, pese a las particularidades de cada caso, guardaban cierta relación entre sí. Además, mencionamos cuatro ejes que nos parecieron significativos, los cuales recordaremos rápidamente: el primero de ellos, hacía referencia al “despertar” de la vocación sacerdotal, en segundo lugar, mencionamos el lugar que ocupa la familia en la socialización de las prácticas religiosas, seguidamente, nos referimos a la compleja trama que combina creencias populares, prácticas devocionales, hábitos y costumbres familiares y por último, hicimos alusión al vínculo necesario que debe existir entre la vocación de “ayudar a los demás” y las virtudes de la obediencia y la disciplina.

En este sentido, podríamos plantearnos los siguientes interrogantes: ¿qué fue lo que “despabiló” la fe de Ceferino?, ¿cuánto tuvo que ver en esa decisión el hambre y la miseria en la que estaba sumergido su pueblo?, ¿acaso el jovencito, pese a su corta edad, ya era consciente de que el inminente avance del hombre blanco sobre sus tierras era un proceso sin retorno?, ¿hasta qué punto el hecho de que Ceferino abrazase la religión católica puede adjudicarse a la divina providencia?, ¿no es también un acontecimiento que está íntimamente ligado a un acuerdo político entre el cacique Manuel Namuncurá, la Iglesia Católica y las autoridades del gobierno nacional?

Lo primero que debemos considerar, antes de avanzar en cualquier intento de reflexión que nos permita aproximar algunas respuestas a estos interrogantes, es que las campañas militares dirigidas por el Estado argentino a partir de 1878, sobre los pueblos que ocupaban los territorios de las regiones pampeana y patagónica, fueron las responsables del genocidio indígena. A nuestro entender y parecer, se trató de un proyecto político-cultural destinado a eliminar físicamente y de manera sistemática a todos los grupos étnicos que ocupaban el sur argentino, destruyendo todos los aspectos fundamentales de las culturas de esos pueblos. Nos parece pertinente mencionar algunas fuentes que dan testimonio de lo dicho hasta aquí. El cura salesiano Alberto Agostini, describió así algunas de las crueles acciones cometidas por los cristianos contra los indios:

“El principal agente de la rápida extinción fue la persecución despiadada y sin tregua que les hicieron los estancieros, por medio de peones ovejeros quienes, estimulados y pagados por los patrones, los cazaban sin misericordia a tiros de winchester o los envenenaban con estricnina, para que sus mandantes se quedaran con los campos primeramente ocupados por los aborígenes. Se llegó a pagar una libra esterlina por par de orejas de indios. Al aparecer con vida algunos desorejados, se cambió la oferta: una libra por par de testículos”.[33]

Entre los actos cometidos por las fuerzas militares, con la intención de exterminar o someter a los pueblos indígenas, encontraremos cientos de casos vinculados al traslado de niños, los cuales fueron sacados violentamente de su seno familiar y entregados a la “sociedad blanca”. A modo de ejemplo, citamos el testimonio del ingeniero Ebelot, quien trabajó en el diseño de la zanja de Alsina:

“En la República Argentina, se sigue después de una razzia como la nuestra, una costumbre cruel: los niños de corta edad, si los padres han desaparecido, se entregan a diestra y siniestra. Las familias distinguidas de Buenos Aires buscan celosamente estos jóvenes esclavos para llamar las cosas por su nombre… los tienen como animales domésticos.”[34]

 

Además, se pueden mencionar algunas de las cartas que dirigieran vecinos de Patagones y Viedma al teniente coronel Lino Oris de Roa, comandante de la campaña militar que llegó hasta la zona del bajo río Chubut. En las mismas se le solicita el envío de niños que serán destinados al “uso doméstico”:

“Viedma, 10 de octubre de 1883.

Al teniente Coronel Don Lino O. de Roa

Si en la nueva correría que tiene que hacer le fuese bien sino le es mayor compromiso le agradeceré una chinita de 10 o 12 años. Es un compromiso que tengo con Buenos Aires o mejor dicho creen que aquí se barren con la escoba y me piden constantemente le consiga. Por otra parte le aseguro quedaría muy bien colocada.

Luciano Greloni.”

 

“Viedma, Octubre 13 de 1883.

Sr. Comandante Don Lino O. De Roa

Amigo Roa, necesito que me haga el servicio de separarme dos chinitas buenas de las que trae y que ya el general Vinter sabe sobre esto, y le agradecería si pudiera mandármelas en la primera oportunidad, esas chinitas son para mi familia. También le encargo cualesquier curiosidad que pueda encontrar en duplicado pues estoy arreglando una pequeña colección y desearía obtener algo de por esos parajes

Rómulo Sarmiento.”

 

“Al teniente Coronel Don Lino O. de Roa donde se halle

Estimado amigo quisiera… Ud. viese si podía conseguir un chinito como de cinco o seis años para mi criarlo y educarlo a mi gusto, quedando agradecido desde ahora.

Macovio Rodríguez.”[35]

Es en este contexto histórico-político, donde Namuncurá, el bravo guerrero que hacía temblar a los cristianos, decide separarse de su hijo menor. Este acontecimiento no significa un hecho menor. Si bien el hombre blanco le atribuía falta de sentimientos y pocos escrúpulos, el cacique no podía vivir sin sus mujeres y sus hijos, por lo que la separación le causó gran dolor. Cuenta Manuel Gálvez que el padre Birot, que trataba con centenares de indios trasladados como prisioneros a la isla de Martín García, le decía al arzobispo Aneiros, en 1879:

“El indio siente muchísimo cuando lo separan de sus hijos, de su mujer; porque en la Pampa todos los sentimientos de su corazón están centrados en la vida de familia.”[36]

 

El Padre Vicente Martínez Torrens, Director del Archivo Salesiano de Bahía Blanca, relata para el documental Beato Ceferino Namuncurá – Príncipe de las Pampas (2009), el siguiente testimonio:

“El indígena ama mucho la familia. Vemos cuánto le tiene que haber costado a Ceferino esa decisión suya: ‘-Me voy a separar, me voy a alejar de ustedes para estudiar y ser útil después a mi gente’. Así se lo manifestó al padre y Manuel lo llevó a Buenos Aires.”

 

En ese mismo documental, el Padre Ricardo Noceti, cura párroco de Chimpay, cuenta que Ceferino le dijo a su padre:

“Papá, fijate que mal que estamos, nosotros que hemos sido los dueños de la tierra. Hay que hacer algo, esto no puede seguir así, quiero estudiar para ser útil a mi gente.”

Si bien estos dos últimos relatos parecieran manifestar la consciencia del pequeño sobre la situación de su pueblo, para luego elevarlo al plano de la fe como un acto de la providencia divina, la conversión del personaje histórico en figura santa, digna de veneración popular, es un fenómeno inscripto en una compleja trama del orden simbólico-mítico, donde intervienen múltiples relaciones y procesos políticos, sociales y culturales. Aún más complejo se torna este acontecimiento, si ponemos en consideración que la religiosidad del pueblo mapuche no reconoce en sus ancestrales tradiciones la existencia de los santos, en el sentido que lo entiende la Iglesia Católica. Sin embargo, esto no significa que su pueblo viera en Ceferino una figura sagrada, cuyo rol espiritual (cultural) representara la esperanza de recuperar la armonía cósmica perdida, la reconciliación del hombre con la tierra en la que vive.

En esta misma dirección, Rodolfo Kusch, en su obra Esbozo de una antropología filosófica americana, sostiene que la fe es parte de la cultura precolombina, es decir, de carácter previo y anterior a la evangelización cristiana y al mismo cristianismo. A diferencia del pensamiento filosófico eurocéntrico y la teología cristiana, en el campo mítico del pensamiento popular indoamericano lo sagrado consistente esencialmente en el “estar”, el mito como experiencia fundacional de lo sagrado no es un relato, sino una forma de vivir. Es lo que Kusch interpreta como un habitar en lo mítico, no un decir lo mítico sino un vivir lo mítico[37]. Desde esta perspectiva, mientras en Roma se llevan a cabo las investigaciones correspondientes para determinar la santidad del joven Ceferino, su pueblo lo venera, y al mismo tiempo reafirma su vínculo con la naturaleza. ¿Podemos pensar que para las comunidades mapuches, el indiecito representaba lo sagrado, incluso antes de su muerte?

Ceferino, por ser indio, “bárbaro” en sus hábitos y costumbres, no corrió la suerte del Papa Francisco, el cura Castelarín o el ex seminarista Villarreal. Su acercamiento a la Iglesia y el surgimiento de su vocación sacerdotal, estuvo condicionado por la necesidad de mejorar las expectativas de supervivencia de su pueblo. El hecho de haber ingresado al Colegio Pío IX, puede ser pensado como negociación política entre su padre, las autoridades políticas y la comunidad salesiana, más que a un “despertar de la fe católica”. No debemos olvidar que Ceferino fue enviado por el cacique para que, una vez culminados sus estudios, regresara a la tribu y ocupara el lugar de líder previsto por su padre. Grande fue el estupor de Don Manuel cuando tomó conocimiento de que su hijo se dirigiría a Italia para iniciar su carrera sacerdotal. Los curas salesianos debieron convencerlo de que era lo mejor para el muchacho, utilizando como argumento que durante el viaje podría avanzar en sus estudios, al mismo tiempo que tendría mayores posibilidades de recuperarse de su crónica enfermedad.[38]

Por otra parte, no es un dato menor que tras décadas de sangrientos enfrentamientos con el hombre blanco, y luego de firmar la rendición definitiva en 1883, el cacique Namuncurá se “resignara” a aceptar las imposiciones de la Iglesia Católica. Bautizó a sus hijos y debió elegir a una entre todas sus  mujeres para contraer matrimonio según la tradición cristina. De todas maneras, continuó practicando muchos de los rituales propios de su pueblo, como por ejemplo, la adoración a la Pachamama y sus ancestros, los cuales se mantienen intactos hasta nuestros días.

Se dice que Ceferino fue un estudiante ejemplar, primero entre los de su clase, aplicado, obediente y muy disciplinado. Los curas salesianos vieron como una virtud divina el modo en que el joven contenía las pasiones propias de los suyos. Sorprendente fue observar que un niño que sólo hablaba la lengua de su pueblo, en poco tiempo y con gran fluidez, aprendiera el idioma castellano, y luego el latín.

Mientras hay quienes se preguntan si no es un milagro el haber pasado desde los ranchos junto al Collon-Curá hasta la capilla Sixtina, decorada por Buonarotti, en el palacio de los Papas, junto al Tíber, otros nos interrogamos: ¿hasta qué punto no podríamos pensar que, durante los primeros años de su formación, la obediencia y disciplina del jovencito se debieron a la imperiosa necesidad de mantenerse dentro de la institución educativa de los salesianos?, ¿acaso la falta de obediencia podía hacerlo regresar a las tediosas tareas del trabajo manual en los talleres de la Armada, donde entendía que no podía ser útil a su gente?, si el pueblo mapuche no cree en los santos… ¿qué significa entonces para ellos la figura de Ceferino?

Estos y otros tantos interrogantes podrían ser objeto de nuevas investigaciones. En nuestro caso particular, sólo nos hemos propuesto plantear algunas reflexiones con la finalidad de poner en tensión aquello que la “historia oficial” de la Iglesia Católica Apostólica Romana entiende como la biografía autorizada de Ceferino Namuncurá, el indiecito santo de Suramérica.

[1] BOTTASSO, Juan Encuentros culturales en América del Sur a fines del siglo XIX y criterios de relectura desde la antropología en la actualidad. En: FRESIA, Iván A. – NICOLETTI, María A. – PICCA, Juan V. (compiladores) Iglesia y Estado en la Patagonia. Representando las misiones salesianas (1880-1916). Prohistoria Ediciones, Rosario, Argentina, 2016.

[2] Extraído del Diario de la expedición al desierto, 1822 de Martín Rodríguez. Citado por: BOTTASSO, Juan Encuentros culturales en América del Sur… , cit.

[3] Para el abordaje de la vocación sacerdotal, además de las entrevistas realizadas durante el trabajo de campo, se recogieron los testimonios de fe que aportaran diferentes hombres y mujeres de la Iglesia católica, los cuales se encuentran contenidos en las publicaciones que a continuación se detallan: PIRONIO, Eduardo F. Evangelización y liberación. 2da. edición. Editora Patria Grande, Buenos Aires, Argentina, 1977; RUBIN, Sergio – AMBROGETTI, Francesca El jesuita. Conversaciones con el cardenal Jorge Bergoglio, sj. Vergara, Buenos Aires, Argentina, 2010;  ALESSIO, Nicolás – OLMOS, Lucio – FRÁBEGAS,  Horacio – ALBERIONI, Elvio – VITALI, Adrián Cinco curas: confesiones silenciadas. Editorial Raíz de Dos, Córdoba, Argentina, 2011; LANUSSE, Lucas Cristo Revolucionario. La Iglesia militante. Vergara, Buenos Aires, Argentina, 2007.

[4] RUBIN, Sergio – AMBROGETTI, Francesca El jesuita. Conversaciones con el cardenal Jorge Bergoglio, sj. Vergara, Buenos Aires, Argentina, 2010, pp. 45-46.

[5] RUBIN, Sergio – AMBROGETTI, Francesca El jesuita…, cit., pp. 46-47.

[6] RUBIN, Sergio – AMBROGETTI, Francesca El jesuita…, cit., p. 48.

[7] Francisco El ex cardenal y primado de la Argentina Jorge Mario Bergoglio es el pontífice actual (elegido el 13 de marzo de 2013). Miembro de la Compañía de Jesús, ha elegido el nombre de Francisco, poniéndose bajo protección de Francisco de Asís, cuya pobreza de espíritu adopta con la voluntad de que la Iglesia lo siga por este camino de desapego del amor propio. Une en su proyecto teológico eclesial la teología del despojo individual con la opción por los pobres, orientación de la teología social de los obispos del Tercer Mundo desde la reunión de Puebla (1979), ratificada por las de Medellín (Colombia) y Aparecida (Brasil).

[8] RUBIN, Sergio – AMBROGETTI, Francesca El jesuita…, cit., p. 48.

[9] Padre Tomás Castelarín, realizada en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, los días 19/11/2009 y 30/04/2010.

[10] Padre Tomás Castelarín, entrevistas…, cit.

[11] El origen del barrio está ligado a la actividad portuaria y ferroviaria de la ciudad.  Se extiende entre las avenidas Pellegrini y 27 de Febrero, San Martín y el río Paraná. Según los relatos y testimonios de vecinos del lugar, el nombre “República de la Sexta” surgió en el año 1955, después del derrocamiento del presidente constitucional Juan Domingo Perón. Hasta ese entonces, se llamaba “La Sexta” por la comisaría que correspondía a esa seccional. De profunda raigambre peronista, y tras la intervención de las autoridades golpistas en el orden local, los vecinos del barrio se declararon independientes del resto del país. A través de este hecho político buscaron reafirmar su identidad política peronistas, manifestándose en contra del golpe cívico-eclesiástico-militar encabezado por los generales Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu. El barrio República de la Sexta fue un bastión de la Resistencia Peronista (1955-1973).

[12] Juan Carlos Villarreal, entrevistas realizadas en la ciudad de Granadero Baigorria, provincia de Santa Fe, 09/06/2011.

[13] MARTÍNEZ SARASOLA, Carlos Los hijos de la tierra. Historia de los indígenas argentinos. Emecé Editores, Buenos Aires, Argentina, 1998.

[14] Existe una vasta bibliografía especializada que aborda el avance hispanocriollo sobre las tierras indígenas de las pampas y Nordpatagonia y su ocupación final en las postrimerías del siglo XIX. En los últimos años se han publicado numerosos trabajos sobre las relaciones interétnicas y su vínculo con la formación de un espacio regional, lo cual ha propiciado importantes debates historiográficos y controversias académicas entre especialistas de diferentes disciplinas. Sin embargo, deseo destacar la investigación de Sebastián L. Alioto, Indios y ganado en la frontera. La ruta del río Negro (1750-1830), en la cual logra demostrar la debilidad de los fundamentos que aseveran el estereotipo del indio ladrón de ganado y pone en tensión algunos de los relatos y justificaciones ideológico-políticas de la conquista violenta. El trabajo está centrado en el profundo análisis de una copiosa documentación que da cuenta de los vínculos comerciales de ganado entre las ciudades de Valdivia y Carmen de Patagones, demostrando unas características de la economía nativa y del desarrollo del contacto en las fronteras muy distintas a los prejuicios ideológicos heredados del pasado conquistador.

[15] En el libro publicado por el filólogo Omar Lobos, Juan Calfucurá: correspondencia 1854-1873, el autor se propone presentar un recorrido histórico que abarca desde 1830, fecha aproximada de la aparición del cacique en las pampas, hasta 1884, año en que su hijo Manuel Namuncurá es definitivamente derrotado. Incluye 127 cartas del cacique entrelazadas entre sí por la transcripción (completa o fragmentaria) de otros 600 documentos de la época (extraídos por el mismo autor del Archivo General de la Nación, el Archivo Mitre, el Archivo Sarmiento y otros archivos fuera de Buenos Aires, como el de La Plata, el Salesiano de Bahía Blanca y el de Luján). Allí puede apreciarse la habilidad política del cacique, su inteligente estrategia de negociación y el incansable esfuerzo diplomático por mantener un vínculo permanente durante largos años con las autoridades del gobierno bonaerense. Pueden observarse también, rasgos distintivos de la vida cotidiana en los toldos y en la frontera en general: ceremonias como la abertura de orejas, los casamientos, el cuidado y el comercio de animales, cuestiones protocolares e inclusive la presencia de la música como forma de expresión artística, pues en reiteradas oportunidades el cacique pide que se le envíen guitarras o cuerdas.

[16] VICAT, Mariana Caciques. Indígenas argentinos. Ediciones Libertador, Buenos Aires, Argentina, 2008. p. 83.

[17] VICAT, Mariana Caciques. Indígenas argentinos, cit., pp. 83-84.

[18] RATTO, Silvia M. La frontera bonaerense (1810-1828): espacio de conflicto, negociación y convivencia. La Plata, Archivo Histórico de la  Provincia de Buenos Aires “Dr. Ricardo Levene”, 2003; Indios y cristianos. Entre la guerra y la paz en las fronteras. Colección  Nudos de la Historia Argentina, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2007; BJERG, María M. El mundo de Dorothea: la vida en un pueblo de la frontera de Buenos Aires en el siglo XIX. Imago Mundi, Buenos Aires, 2004.

[19] El religioso salesiano presbítero, Francisco Motto, sostiene que aproximadamente sobrevivieron en La Pampa y Patagonia alrededor de 27.000 indígenas sobre un total de 75.000 que poblaban esas tierras. Siguieron reduciéndose al ser tomados prisioneros y obligados a la esclavitud, además de otras causas como el alcoholismo y las enfermedades contraídas por el contacto con los blancos. Respecto a este tema puede consultarse uno de sus trabajos, el cual se titula El proyecto educativo-misionero de Don Bosco en la Patagonia, en el contexto teológico y cultural de su tiempo y hasta 1915, publicado en: FRESIA, Iván A. – NICOLETTI, María A. – PICCA, Juan V. (compiladores) Iglesia y Estado en la Patagonia. Representando las misiones salesianas (1880-1916). Prohistoria Ediciones, Rosario, Argentina, 2016.

[20] GÁLVEZ, Manuel El Santito de la Toldería…, cit., pp. 86-87.

[21] El diario de monseñor Espinosa ofrece muchos detalles sobre el viaje y la participación de los padres que lo acompañaron. Para mayores detalles se recomienda la lectura de los trabajos publicados en: FRESIA, Iván A. – NICOLETTI, María A. – PICCA, Juan V. (compiladores) Iglesia y Estado en la Patagonia… , cit.

[22] GÁLVEZ, Manuel El Santito de la Toldería…, cit., p. 126.

[23] GÁLVEZ, Manuel El Santito de la Toldería…, cit., p. 164.

[24] GÁLVEZ, Manuel El Santito de la Toldería…, cit., p. 172.

[25] Pío X, San (Riese, 1835 – Roma, 1914) De nombre Guiseppe Sarto, ocupó el solio pontificio de 1903 a 1914. Fomentó la disciplina eclesiástica y condenó el modernismo en la enclítica Pascendi (1907). Reactualizó la excomunión contra los pensadores sospechosos de heterodoxia. Buscando la colaboración de los laicos, aunque sin darles autonomía de acción, fue precursor de la Acción Católica.

[26] GÁLVEZ, Manuel El Santito de la Toldería…, cit., pp. 183-184.

[27] León XIII (Carpineto Romano, 1810 – Roma, 1903) De nombre Vicenio Gioacchino Pecci, ocupó el solio pontificio entre 1878 y 1903. Mantuvo relaciones con las primeras potencias y apoyó la aproximación a la iglesia anglicana. Fue artífice de las encíclicas: Immortale Dei (1885) y Libertas Praestantissimum (1888). Además, escribió la encíclica Rerum novarum (1891), en la que intentaba crear un orden cristiano basado en la “justicia social”, incluyendo una enseñanza sobre la propiedad privada y el derecho de los trabajadores a un justo salario, lo que incluye los derechos laborales y sindicales de estos. Se manifestó con este escrito como un adalid de la justicia socialmente aplicada, lo que le valió el título de “Papa de los obreros”. Promovió el estudio de la filosofía de Tomás de Aquino, a quien erigió en modelo de ortodoxia. Aceptó dentro de ciertas fronteras la teoría evolucionista, revalorizó la fe como vehículo del conocimiento religioso y aceptó determinadas discusiones filosóficas sobre aspectos parciales de la religión.

[28] GÁLVEZ, Manuel El Santito de la Toldería…, cit., p. 207.

[29] GÁLVEZ, Manuel El Santito de la Toldería…, cit., p. 211.

[30] Pío XII (Roma, 1876 – Castelgandolfo, 1958) De nombre Eugenio Pacelli, ocupó el solio pontificio de 1939 a 1958. Intervino en la Segunda Guerra Mundial como mediador  y organizador de labores humanitarias. Llevó a cabo una intensa labor doctrinal. Proclamó el dogma de la Asunción de la Virgen (1950) y en 1954 ensalzó en la encíclica Ad Coeli Reginam (“A la Reina del Cielo”) la Realeza de María. Celebró así un exacto siglo de teología creativa, a partir de lo que un descollante teólogo (Hans Küng) llama “extraño dogma” de la inmaculada concepción de María, jamás mencionado en la Biblia ni en la tradición católica del primer milenio. En los años 1953 y 1954 prohibió la experiencia de los seminarios y sacerdotes obreros, creada con el fin de evangelizar a la clase trabajadora, por temor a las influencias marxistas. En 1955, creó el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), reconociendo que el provenir del catolicismo occidental, al menos numéricamente considerado, se encontraba en América española y portuguesa.

[31] Paulo VI (Concesio, 1897 – Castelgandolfo, 1978) De nombre Giovanni Battista Montini. Colaborador de Pío XII, en 1954 fue nombrado cardenal-arzobispo de Milán. Por su obra episcopal en relación con los trabajadores fue denominado “el arzobispo de los obreros”. Como persona de confianza de Juan XXIII, desempeñó un notable papel en la prelación del Concilio Vaticano II. Fue elegido Papa en 1963, ocupando el solio pontificio hasta 1978, siendo el responsable de concluir el Concilio Vaticano II. Publicó la encíclica Ecclesiam suma (1965), donde abrió una puerta al entendimiento a través del diálogo. Desplazó con resistencia el latín por las lenguas vernáculas en la liturgia y confirmó de manera permanente el Secretariado para la Unidad de los Cristianos, y el Secretariado para las Religiones no Cristianas y los no Creyentes. Promulgó varias y difundidas encíclicas que buscaban actualizar el espíritu reinante del concluido concilio: Populorum Progressio (1967), sobre la justicia social; Sacerdotales coelibatus (1967), sobre la necesidad del celibato sacerdotal; Humanae vital (1968), con una postura firme contra los métodos de contraconcepción, escrito que tuvo una reacción internacional crítica en general, y Matrimonia mixta (1970), con algunas orientaciones sobre los matrimonios mixtos. Durante este pontificado se registró en Suiza la resistencia de monseñor Marcel Lefebvre y de sus adherentes a la reforma litúrgica.

[32] Benedicto XVI De nombre Joseph Ratzinger, ocupó el solio pontificio desde 2005 hasta 2013. Con anterioridad a su pontificado fue prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (1981-2005), el antiguo Santo Oficio, nombrado por Juan Pablo II, y dirigió asimismo las Comisiones Internacional de Teología y la Bíblica, también presidió la Comisión encargada de preparar el Catecismo de la Iglesia Católica (1993). Benedicto XVI dejó vacante la sede romana el 28 de febrero de 2013, a través de su renuncia, un hecho insólito en la historia de la Iglesia que hacía cinco siglos que no sucedía. En la actualidad vive en el recinto del Vaticano en el monasterio Mater Ecclesiae.

[33] D’ANGELO, Valeria Antropología, Políticas Públicas y Pueblos Originarios. Restitución de restos, recuperación de derechos: Un análisis del “drama social” de las Organizaciones Mapuches de Viedma, Río Negro. Tesis de Licenciatura en Antropología, U.N.R.-Facultad de Humanidades y Artes, Escuela de Antropología, Rosario, Argentina, 2013. (Extraído por la autora de: BAYER, Osvaldo (Coord.) Historia de la Crueldad Argentina. Julio A. Roca y el Genocidio de los Pueblos Originarios. Ed. El Tugurio, Buenos Aires, 2010).

[34] D’ANGELO, Valeria Antropología, Políticas Públicas y Pueblos Originarios…, cit. (Extraído por la autora de: VALKO, Marcelo Pedagogía de la Desmemoria. Crónicas y Estrategias del Genocidio Invisible. Ediciones Madres de Plaza de Mayo, 2010).

[35] D’ANGELO, Valeria Antropología, Políticas Públicas y Pueblos Originarios…, cit. (Extraído por la autora de: BUSTOS, Jorge -DAM, Leonardo Botín de Guerra. Museo Histórico Regional Emma Nozzi, Carmen de Patagones, (en prensa), 2012).

[36] GÁLVEZ, Manuel El Santito de la Toldería…, cit., p. 99.

[37] KUSCH, Rodolfo Esbozo de una antropología filosófica americana. Ediciones Castañeda, Buenos Aires, Argentina, 1978.

[38] En la biografía de Ceferino, Manuel Gálvez realiza un rastreo del intercambio epistolar de Manuel Namuncurá con las autoridades del gobierno y los padres salesianos, como así también, de la correspondencia del joven hijo del cacique a su padre. Allí pueden encontrase algunos indicios tanto de los acuerdos políticos en torno a la educación que recibirá Ceferino como de la obstinación de los padres salesianos por continuar su educación en Italia pese a la insistencia de su progenitor para que retorne a su tierra natal. Se suman a esta correspondencia los relatos de los compañeros de Ceferino que dan testimonio de los distintos aspectos de la corta vida del indiecito.